Observo con resignación los más de mil quinientos correos no leídos en la bandeja de entrada. Hoy va a ser el día en que los borre todos. Es uno de mis numerosos asuntos pendientes. No es posible ignorar el desperdicio energético que supone recibir cientos de mensajes innecesarios y dejarlos en barbecho durante años, como si algún día los fuéramos a necesitar. El impacto ambiental de usar la inteligencia artificial lo abordaremos otro día.
Calculan los expertos que enviar un correo electrónico genera entre un mínimo de 0,3 —ese OK o el educado y escueto gracias— a 4 gramos de CO2. Con adjuntos pesados puede llegar a los cincuenta gramos. Eso decían los expertos en los tiempos en que se hablaba bastante de la huella de carbono, últimamente demodé ante tanto derroche generalizado e incontrolado. Cuentan ahora que una acción tan habitual para los aficionados al té y al mate como calentar agua supone un mayor consumo de electricidad que el envío y almacenaje de mil correos. El ahorro de emisiones de mandarlos a la papelera (y vaciarla) es más o menos la misma pequeña cantidad que generaría nuestro equipo en media hora encendido para ejecutar la purga. El objetivo ha de ser eliminarlos de un plumazo: seleccionar todos y fuera, porque ir uno a uno por si se nos escapó algún mensaje crucial en nuestra vida cuesta más que dejarlos donde están. Es cuestión de mentalizarse del mismo modo que aprendimos a no dejar luces encendidas si no es realmente necesario.
Mi hartazgo por la insistente petición de contestar a los cuestionarios de satisfacción es proporcional al número que recibo
Ir acumulando correos se produce casi de forma natural si tenemos en cuenta los que nos tocan de entre los más de 376.000 millones que circulan al día, más de tres millones por segundo. Lo peor es que la mayoría son basura: intentos de estafas, ofertas, falsos premios y requerimientos tan inútiles que hasta el propio sistema los detecta y lanza a un vertedero. A pesar de la existencia de esta carpeta de spam, la imprudencia al registrarnos en webs y el uso mafioso de nuestros datos suponen un desafío para los filtros de correo no deseado. Lamentablemente no pasan la prueba y cada mañana aparecen cientos de comunicaciones de marketing automatizadas, que se mezclan con los incontables newsletters de diarios y revistas, cartelera de cines, teatros, ofertas de viajes, novedades editoriales y muchas más posibilidades de lectura que en algún momento deseamos recibir. Entrar en uno de esos boletines de los que podemos prescindir para cancelar la suscripción exige al menos un par de minutos: siempre hay que explicar por qué te vas. Mi motivo es «recibo demasiados correos», muchos de ellos encuestas de satisfacción.
Por cada insignificante servicio o producto que consumimos nos llega la preceptiva solicitud de robarnos tiempo para evaluar el proceso de compra desglosado en diez pasos. Mi hartazgo por la insistente petición de contestar estos cuestionarios es proporcional al número que recibo. Estoy en modo killer y los tiro todos sin abrir.
Otro cantar son los sondeos de opinión. Los primeros que recibes hacen gracia, pero ahora me declaro objetora de conciencia y solo entro por curiosidad periodística en los que consultan sobre acontecimientos de actualidad como la guerra de Irán, la subida del IPC o los sentimientos profesados a Pedro Sánchez. Es interesante percatarse del fuerte sesgo ideológico de las preguntas que te llevan a adivinar qué medio las ha encargado. Mis preferidas son las flash, esas que caducan a las pocas horas.
Entre unos y otros correos, unidos a los de la cuenta personal y la profesional, puedes pasarte horas ahí metida. Otro dispendio inasumible. Y antes de cerrar el artículo he cumplido con lo anunciado en el arranque. Ya no tengo ningún correo por leer en negrita. He vaciado una papelera con más de tres mil mensajes y me he sentido digitalmente más ligera.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza