Espero que mis cinco lectores estéis disfrutando de los estertores del verano, hayáis sobrevivido al caloret y no sufráis de la recurrente depresión posvacacional. No es momento de recuperar a Horacio y a su «nunc est bibendum», porque entre el cambio climático, las guerras, los peluquines rubios delirantes, la idiotez artificial y la alegre compañía, los tiempos no dan para el regocijo. Por suerte, nuestro amado néctar sirve también para olvidar y aliviar penas.
Confío que, entre tanto músculo chamuscado lleno de garabatos estilo Rorschach y cuerpos otrora femeninos que llenan las playas de más silicona de lo humanamente reciclable, el enópata veraniego no haya sustituido la buena botella por una bebida isotónica a base de apio y pepino. El único desliz posible: un Spritz hecho con espumoso nacional, evidentemente, que de prosecco estamos hasta las narices. También se admiten el rebujito andaluz, el vasco kalimotxo y los universales tinto de verano/sangría en la ímproba batalla contra la malta fermentada.
El descorchador entregado, capaz de absorber un Ribera del Duero a 40 ºC, se habrá encontrado con el problema de tener que rehipotecarse para costear su pasión durante las vacaciones. Porque si alguien se ha acercado a las islas del Mediterráneo, se habrá percatado de que hace falta un comparador de precios 2.0 para encontrar el clásico gazapo que evite la humillante faena del friegue compensatorio. A pesar de los precios para magnates rusos o árabes, el champagne fluye a raudales, corroborando el principio de que lujo y ostentación son refractarios a las crisis (que por cierto nos golpean siempre a nosotros y raramente les afectan a «ellos»).
Los que se han aventurado en la Mitteleuropa (Europa central) en busca de un refrigerio cada vez más improbable, se habrán topado con la exigua presencia de vino español en las cartas de los restaurantes, invadidas por nuestros vecinos galos e italianos y con excesiva presencia del nuevo mundo, a pesar de la cada vez más alta calidad del producto nacional.
Sabemos que la consolidación de marcas vinícolas españolas en el extranjero es un asunto pendiente, aunque es cierto que los sommeliers foráneos, más duchos e inquietos, conocen la nueva hornada de productores repetidamente mencionados en estas páginas, que representan el cuerpo de élite en la conquista de mercados foráneos. Lástima que sea la punta de la pirámide y que el grueso de la producción se quede en unos inexplicables ocios de Capua. Me quedé sorprendido, en un reciente encuentro con productores italianos, por el desconocimiento hacia el vino español, aún más hiriente cuando las botellas de vino francés descorchadas fueron las de siempre, las que protagonizan las bacanales de los wine lovers autóctonos.
El descorchador entregado se habrá encontrado con el problema de tener que rehipotecarse para costear su pasión durante las vacaciones
Habrá que seguir luchando y trabajando duro para subir al anhelado podio franco-italiano (por suerte, no de solo fútbol vive Italia) y el 2026 igual nos puede echar un cable, porque, si el verano ha sido duro para los viticultores de la península, en Francia ha sido demoledor. Las olas de calor tempraneras y de una virulencia antes insospechable han hecho estragos en los racimos a principio de formación y van a dificultar las labores de vendimia. Lo analizaremos en los próximos capítulos, pero dudo mucho que esta cosecha permita salvar los muebles. Lo preocupante es que la excepción se vuelva norma y que la dinámica de veranos tórridos se asiente en el continente europeo. Puede que lleguemos al triste momento de trasladar la producción de las glamurosas burbujas a la pérfida Albión y que la monastrell invada los crus de Borgoña, con buena paz de los instagramers y japoneses asentados en Beaune.
Ya veremos lo que nos depara la vuelta al cole, de momento me consolaré con mis últimos tintos ligeros para despedir el verano.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza