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EL CUDOLET / OPINIÓN

Rita Barberá se quedó sin la Champions

22/09/2018 - 

Corrían nuevos tiempos en el Cap i Casal y desde el edificio consistorial todo pilotaba en torno a la organización de los grandes eventos. Con un horizonte económico halagüeño la burbuja seguía inflándose. València debía reconocerse internacionalmente ¿cómo podía ser que unas fiestas como las Fallas fueran menos reconocidas que la Tomatina de Buñol? Nadie lo entendía.

València aprobaba un plan de ordenación urbana engordando su fisonomía. Se inyectaba a la fachada arquitectónica de la ciudad un grisáceo clembuterol aumentando en talla su cintura de norte a sur y de este a oeste. El barrio de Mestalla en el distrito del Pla Real, se abrigaba de mantas de cemento y vigas de hierro custodiadas por grandes grúas. Mestalla se ampliaba. España aprobaba la ley del suelo. España iba bien. València recibía al Rey emérito, sin la sombra de Corinna, con alfombra roja y con la casa a medio barrer, albergaba una final de copa en 1998, que reportó grandes beneficios a la ciudad y a las arcas del club.

Aquel encuentro copero lo disputaron dos equipos mediterráneos, más bien parecía fútbol de otra época, de entreguerras, tiempos de República con sede en un puerto periférico, el de València, con su faro emitiendo destellos de luz y guiños a la centralidad mesiánica como bien mitineó Antonio Noguera, presidente del banco de los ahorros de la burguesía valenciana el día de la inauguración de la sede central de la calle de las Barcas. Aquella final reavivó los sueños y obsesiones de Rita Barberá por su ciudad.

Los nuevos escenarios, Gol Gran, Grada la mar y Gol Xicotet certificaron el final de obra de un estadio que acabó enfrentando a vecinos contra vecinos. Los tribunales pusieron orden y vinieron las sentencias. Hoy sobre Mestalla pesa una triste orden de derribo, imperdonable.

Cambiamos de siglo con la lección bien aprendida de Saint-Denis, en este caso París no fue una fiesta. Al aterrizar en el xicotet aeropuerto de Manises, Barberá con su particular oratoria, extremó su discurso virando a la necesidad imperiosa de crear la panorámica de una ciudad moderna y acogedora. El clásico tipismo valenciano del pensat i fet. Rita seguía en sus trece, quería una final europea.

Acertó, València no fue sede, pero si finalista por segundo año consecutivo. La volvimos a perder. Dos finales consecutivas de alta costura y enfrente dos equipos prêt-à-porter, Real Madrid y Bayer de Munich. El Valencia desfilaba por Europa sin la mano de Francis Montesinos. 

Parafraseando a Merchina Peris, el Valencia ha sido el propio embajador de su propia ciudad. No nos hacía falta estar presentes en Fitur. No hacía falta levantar una pasarela, la de Calatrava ya estaba en uso y arrimaba el pasado al presente. El fútbol acaparaba la vida social de toda una ciudad. No se hablaba de otra cosa más que de fútbol.

Pasamos del plato de cuchara al arroz de caldereta, y es que reunirse a principios de siglo en un restaurante con un plato en la mesa de arroz de bogavante era sinónimo de prosperidad y bonanza, daba igual que lo sirvieran seco o meloso. Cien años atrás comíamos arroz y viajábamos en tartana.

La generación del bogavante presentó la maqueta del nuevo Mestalla en un escenario de película, en el Museo Príncipe Felipe. En el siglo anterior un Francisco (Roig) había vestido de cemento Mestalla, en el nuevo siglo, otro Francisco (Camps) desvestía el telón que cubría la maqueta del nuevo Mestalla, si, aquel Francisco, no el que dirige actualmente como puede la Iglesia Católica, aunque la izquierda más reaccionaria del Turia, bautizara al molt honorable como el curita.

Aquella maqueta sin alma era pura fanfarronería. Cualquier voz disonante en oposición al disparatado parque temático diseñado por el clan Soler & Soriano era secuestrada. Delirios de grandeza a la siciliana. Algunos creían que los amos de la economía y propietarios de la política valenciana poseían los derechos de copyright sobre los símbolos identitarios y dominarían a perpetuidad la voluntad de miles ciudadanos de Mestalla, pero las hipotecas basura pusieron fin a una frágil entelequia.

La maqueta se acabó rompiendo. Ni con el viejo ni con el nuevo Mestalla, Rita que abarrotaba plazas, daba mayorías absolutas, no pudo ver cumplido su sueño. Lo cumplió a su manera, levantado copas y botando junto a la plantilla de jugadores del Valencia desde el balcón del ayuntamiento que bajo su mandato consiguió un palmarés eléctrico.

Algunos debieron aprender del buen cine de Berlanga que al menos la familia Leguineche pudo vender su palacio. Las parcelas de nuestro patrimonio, el de Mestalla,  siguen en venta. Apelo al sentido común y no descabellada idea de recuperar y fortalecer el debate sobre la municipalidad del estadio de las cortes valencianas por el beneficio común de club y ciudad. Rita, la que fue alcaldesa de España, fue abandonada a su suerte cuando el Titanic político naufragó y las gaviotas dejaron de revolotear al son de los palmeros de turno.

Como si se tratara de un adelanto electoral, a casi dos años de su necrológica, le rindo homenaje por su empecinamiento en ubicar a València en Champions o a la Champions en València. Rita se quedó sin la suya, yo me quedé sin las mías.

Rita, el debate sobre la reanudación de las obras vuelve a estar encima de la mesa y el Valencia ha iniciado esta semana su desfile por Europa, parece que esta vez van en serio. Rita algún día llegará nuestra Champions de una forma u otra. ¡Que bote Mestalla!

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