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el cudolet / OPINIÓN

Saquemos músculo de la Sanidad pública valenciana

15/02/2020 - 

Un país que precie el estado de bienestar debe respaldar sin dilaciones sus servicios públicos, cuidarlos y protegerlos ante la intromisión de un feroz capitalismo que carece de sistema nervioso. Mi padre fue funcionario de la Seguridad Social, opositó para ello obteniendo la plaza de por vida. Se la ganó a pulso trabajando cada mañana que fichaba en el edificio de la calle Jesús o en la Casa del Chavo. Mis abuelos maternos, Pedro y Amelia, enseñaron y formaron a varias generaciones concebidas antes de la Guerra Civil, los nacidos bajo un pa negre. Fueron maestros nacionales en las escuelas de su Galicia natal. En casa hemos comido y bebido, entre otros, de los ingresos del Estado. Una parte de nuestras vidas está en gratitud con la Administración Pública, que a la vez la forman sus ciudadanos con sus contribuciones vía impuestos. Era otra España, la de Cuéntame, la España que viajaba en un Seat, la del gran Paco Martínez Soria, el país de los rombos, la tele de la censura. Por desgracia, el tipismo o la sátira española a veces es maliciosa, perversa y acaba riendo el chiste fácil de la función del funcionariado, menospreciando el trabajo de los que engrasan la cadena diaria del buen hacer cotidiano.

Pese a haber salido en alguna ocasión malhumorado o con alguna magulladura dialéctica de alguna de las ventanillas de atención al ciudadano, por creer no haber sido atendido correctamente por el trabajador de turno, me siento orgulloso de los servicios prestados. La empresa pública es muy extensa, dinámica y variopinta. Controla absolutamente todo lo que el “mercado” necesita, no hace falta más, cubre las necesidades de los necesitados, atiende sus pliegos, impone sus oraciones, busca soluciones e intenta paliar los agujeros negros. Sin estado, un país dejaría de ser patria, y sin patria, un estado no podría ondear su bandera al viento. Navegaría sin rumbo afligidos en un permanente dolor. Al final de la corrida, el estado siempre acude en auxilio rescatando a los náufragos. No hace falta recurrir a la teoría, escuchando las matemáticas de los falsos profetas, de que el mercado se autorregula solo, las profecías nunca llegan a cumplirse, o por lo menos la llevada a cabo en el rescate financiero tras la crisis del 2007, es un claro ejemplo de lo que hablo. Necesitamos servicios públicos. Necesitamos estado. 

Por desgracia, los trabajadores públicos son casi siempre víctimas de nuestras embestidas. De una irracionalidad contenida en un improperio diario, víctimas de un inconformismo encolerizado por no acatar nuestras órdenes. Maldecir reiteradamente a los servicios públicos es de ingratos. Nunca llueve a gusto de todos. Nunca estamos contentos con la labor que realizan cada mañana. El romanticismo español queda siempre atrapado en el azote del color de una bandera. Todo o casi todo lo reducimos a la patria de los colores, cuando deberíamos vanagloriarnos de nuestro sistema público, de sacar músculo de él. Los servicios públicos son el verdadero estandarte, ícono, referente, de un país que abandera una democracia limpia y segura. Apenas he visitado en tres o cuatro ocasiones los quirófanos de los centros hospitalarios para ser intervenido. La más prematura, en una Casa de Socorro, a los pocos años de edad, haciendo pasar a mis padres la mayor de las vergüenzas, el mayor de lo ridículos, brotando de las mechas de mis cabellos rubios ríos de Mercromina impregnada (una falsa herida) y alguna cirugía menor en los últimos años.

En el mes de enero, indirectamente, pero directamente he tenido un íntimo contacto con la sanidad pública valenciana. Sin colas, sin lista de espera, con rapidez y brillantez. En concreto con la Unidad de Atención Hospitalaria de curados paliativos del Doctor Peset Aleixandre. Mi madre ha padecido una corta pero intensa enfermedad. Incurable, sin tratamiento reconocido que el de intentar dejarla ir sin el menor de los dolores y sufrimientos posible. El control de su bienestar en los últimos días de su vida lo han manejado con una gran serenidad, seriedad y puntualidad los servicios de esta Unidad de atención domiciliaria, que ha cumplido los 24 años de edad. La doctora Concha González, al frente de un equipo secundado por sus lugartenientes, Amparo Montesa, Carmen Sanchis y Concha Geraldo, trataron diariamente a mi madre, les estoy eternamente agradecido. 

Todos los días, sin peros, sin reparos, allí estaba el equipo médico visitándola, controlando su tensión, vigilando la medicación, velando por ella, comprendiéndola, interesándose por su salud, ayudándonos a entender lo que se nos venía encima, la crónica de una muerte anunciada. Ante tal amarga y peliaguda situación personal, uno no sabe quién es el vivo o quién es el muerto. Cada vez que les abría la puerta me decía a mí mismo, este servicio, es impecable, y debe costarle un ojo de la cara al Estado. En esos momentos tan duros es cuando uno se da cuenta de lo importante que son los servicios públicos en la vida orgánica de los ciudadanos. Nos ha costado mucho llegar a ellos, poder disfrutarlos, no los perdamos. Son patrimonio colectivo, estos abanderados, en las Olimpiadas de la vida. Que no nos confundan con seguros y compañías. La sanidad debe ser gratuita y universal. ¡Estoy orgulloso de los servicios públicos de mi país! Qué nada ni nadie nos los arrebate.

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