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el muro / OPINIÓN

Se busca presidencia

2/10/2022 - 

VALÈNCIA. El Consell Valencià de Cultura (CVC) busca nuevo presidente/a para cubrir el huego del científico Santiago Grisolía fallecido recientemente. Al parecer, la opción que actualmente se baraja como prioritaria es encontrar a una mujer de prestigio. Lo que sí parece decidido es que no habrá promoción interna. Así que se optará, como afirman desde la institución, por alguien externo y sin experiencia en el organismo a fin de que dé un nuevo aire a una institución que en los últimos años ha perdido cierto fuelle y presencia exterior.

Aunque a Grisolía le tocó moderar un organismo que venía de conflictos internos políticos de cierta magnitud a causa del pacto por la lengua, lo bien cierto es que la gestión del científico jugó un papel decisivo en la pacificación, que no control político, de una institución que se convirtió en presidencialista, algo que por un lado fue positivo pero por otro ahuyentó el debate interno de calado y su independencia de pensamiento.

El CVC nació inicialmente en su día como un organismo, más tarde reconocido en el Estatuto de Autonomía, que debía ser el Pepito Grillo de las instituciones valencianas desde la independencia de sus miembros y su altura intelectual. También, como una institución que debía de servir para refrendar políticas culturales gracias a la autoridad de sus miembros. Sin embargo, las circunstancias políticas fueron fagocitando las expectativas. El choque frontal con la Administración autonómica se produjo con Eduardo Zaplana en la presidencia del Consell después de que en una de las rendiciones de cuentas anuales, el entonces presidente abandonara el pleno molesto por las críticas que el CVC hizo a su gestión y sobre todo el uso partidista de la extinta Radio Televisión Valenciana. A partir de ese momento, entró en un declive político, social y cultural que le costó cierto ostracismo y pasó a ser un mero instrumento en manos de los grupos de la cámara valenciana.

Bien es cierto que el CVC jamás ha tenido por sí mismo capacidad real de influir en las decisiones de concelleres, consellerias u organismos. Sus informes, por muy críticos que hayan sido o benévolos, jamás han tenido la capacidad de ser vinculantes e influyentes. Mejor no molestar al poder e ir a la marcheta interna. Así fue y ha sido durante lustros hasta caer abiertamente en manos de los grupos políticos y ser utilizado como espacio de colocación de excargos públicos a los que no se sabía dónde situar.

Eso le dio la puntilla definitiva y lo sumió en un espacio lánguido y tolerante, según el sesgo de sus miembros que más allá de actuar como independientes han terminado siendo la voz del partido y el cupo de representación que correspondía.

No parece que la nueva presidencia vaya a llegar my pronto. Más bien pasarán meses. La proximidad de unas elecciones autonómicas y municipales y los otros organismos también pendientes de renovación estatutaria así parece indicarlo.

Pero más allá de pensar en nombres, lo más importante es que su nueva renovación y cambios en su cúpula principal debería de servir para darle un renovado impulso a una institución que ha de ganarse de nuevo su presencia y autoridad en la sociedad valenciana. Al menos, así debería de ser. Tener un organismo que cuesta lo suyo de mantener y hasta dispone de un palacete como sede no puede continuar siendo un organismo en manos de los partidos políticos sino en un foro de análisis y reflexión en torno a los problemas culturales de nuestra sociedad, que son muchos y variados.

Ese era el principal cometido cuando fue creado: unir la disparidad política o ideológica de sus miembros para sumar ideas y generar consensos comunes con los que crear ciudad y autonomía.

Actualmente el CVC apenas pinta en los debates culturales, salvo como presencia institucional. No existen en otras autonomías órganos como él y menos sometidos a la acción o la decisión política, algo que le ha ido restando credibilidad, como los propios perfiles de algunos de sus miembros que han formado parte de él durante los últimos lustros.

La renovación o la nueva presidencia deberían de velar por lograr esa independencia del poder político. Sólo así conseguirá respeto y credibilidad cultural y social que debería de aportar como conciencia de una sociedad civil que vive al margen de su realidad por muchos deberes que ellos mismos se pongan para cubrir el expediente de su existencia y coste económico. Si es que importa algo, por ejemplo, en estos tiempos de crisis y extrema intromisión política.

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