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CRÍTICA DE CONCIERTO

Se le quedó a Fischer mucho Mahler en el tintero

Agridulce sabor el que dejó Ádám  Fischer con la Novena de Mahler que dirigió a la Sinfónica de Düsseldorf. Porque frente a momentos realmente impactantes, hubo muchos otros donde la lectura pareció desorientada y hasta apática, sin una dirección clara que guiara al oyente en la escucha

18/01/2019 - 

VALÈNCIA. Aparecía este concierto, de hecho, como uno de los más atractivos de la temporada. Presentaba el Palau de la Música a Ádám Fischer, una destacada batuta centroeuropea, que ha dirigido, por otra parte, a las mejores orquestas de este ámbito. La formación que traía a València (Sinfónica de Dusseldorf), sin pertenecer a la primerísima fila, tiene a sus espaldas una larga historia. Es, además, la agrupación que trabaja actualmente con Fischer en la grabación de la integral sinfónica de Gustav Mahler. Figuraba en el programa la Novena, una obra que supone, de alguna manera, la culminación de la trayectoria del compositor en el ámbito sinfónico, puesto que la Décima quedó inconclusa.

Y, sin embargo, no acabaron de cuadrar las cosas. Fischer no consiguió transmitir ese sentimiento de despedida, a veces dulce, brutal otras, que subyace en la partitura de Mahler. Entre otras cosas, porque la formación de Düsseldorf no resultó todo lo impecable que cabía esperar: la sonoridad, turbia en demasiadas ocasiones, impidió percibir con claridad las abruptas y voluntariamente desquiciadas líneas de la polifonía. 

Tampoco Fischer pareció preocuparse demasiado en obtener un tejido sinfónico donde se hiciera visible todo lo que hay, y hay mucho. Pero, más que nada, fue la rutina interpretativa el elemento más dañino para la obra, especialmente en los dos movimientos centrales. De mayor interés resultaron el primero y, sobre todo, el último, donde el fraseo y la dinámica se utilizaron para desvelar, al menos en cierta medida, la ternura y la desesperación del adiós que Mahler deja a sus oyentes.

Foto: EVA RIPOLL.

El compositor escribió esta sinfonía en los años 1908 y 1909, cuando ya era consciente de la enfermedad cardiaca que padecía, enfermedad que acabaría con su vida en 1911. Otras desgracias se abatieron sobre él en sus últimos años, no siendo la menor la muerte de su hija María en 1907. La muerte, ya antes de esto, fue siempre para él un tema que le ocupaba y le preocupaba, y está casi siempre presente, de una u otra forma, en su obra sinfónica. También en la liederística. La óptica con que se la mira, sin embargo, varía. Y quizá la Novena Sinfonía es el punto culminante, donde la aceptación se une a la rebeldía de una forma verdaderamente milagrosa. Por eso se necesitan unos intérpretes capaces de transmitir la complejidad y los elementos contradictorios que habitan esos pentagramas, facilitando al público el acercamiento a tales vivencias.

Ya se ha dicho antes que Fischer no pareció preocuparse lo suficiente de clarificar lo abrupto de la polifonía, que roza muchas veces la atonalidad. Se perdió así uno de los elementos que más dramatismo aporta, pues proyecta la discordancia entre la angustia y el placer, entre la muerte y la vida. Las secciones de la orquesta tampoco se mostraron demasiado límpidas al respecto. Muy patentes fueron esas carencias en el tercer movimiento, un Rondo-Burleske que se brindó enmarañado y sin nexos con los dos anteriores y el Adagio final.

El segundo, un Ländler que hubiera podido ser una cierta reconsideración. una mirada más tranquila a la Naturaleza después de la inquietud del Andante inicial y antes de la aspereza del Rondo, tampoco se sirvió con la elasticidad y la sencillez deseadas, pasando sin pena no gloria.

Fueron los mejores, sin duda, los movimientos extremos. En el Andante comodo que abre la sinfonía, a pesar de algunos desajustes, se escucharon unas sonoridades graves espectaculares, que atenazaban el ánimo, y unos pianísimos llenos de infinita tristeza. El contrapunto se ejecutó aquí con algo más de limpieza, y aunque el ajuste tuviera puntos débiles, no se perdió el dramatismo de la música.

En el último, que parece girar todo el tiempo sobre un breve motivo que se repite y se transforma sin parar, abundando en ese carácter obsesivo tan frecuente en los adagios mahlerianos, hubo momentos de verdadera tensión, con Fischer entregándose a fondo para conseguir un final donde la música se desvaneciera imperceptiblemente, logrando unas transiciones delicadísimas, atendiendo a los detalle de la sonoridad y logrando, por fin, seducir a un público que, en buena parte de la sesión, no había encontrado lo que había ido a buscar: la última sinfonía de Mahler ejecutada por unos intérpretes de verdadera altura.

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