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crítica

Sensacional sinfonía 'Leningrado' de Heras-Casado con la OCV

19/10/2020 - 

VALÈNCIA. Acepto que establecer un paralelismo entre la sinfonía Leningrado, su significación, las circunstancias en que fue concebida- les recomiendo que indaguen sobre ellas- y la batalla que la humanidad entera actualmente libra frente un enemigo casi invisible, es un recurso demasiado evidente, pero es que es así en cuanto al contexto general; aunque no del todo, puesto que la sinfonía es también una reflexión sobre la naturaleza humana y su poder de generar desolación y vacío. De hecho, el propio autor ruso en sus memorias refiere también las purgas stalinianas en dicha ciudad previas a la guerra cuando habla de su Séptima. El Palau de Les Arts, habida cuenta lo que supone esta obra en cuanto descriptiva de la asombrosa capacidad del hombre ante el peligro que supone quien, desde fuera, pone en riesgo su propia integridad, la inscribe en su programación abriendo un ciclo sobre la resiliencia ante la pandemia que estamos sufriendo y que está empeñada en cambiar nuestras vidas.

Se llenó el auditorio superior en todas las butacas que permitían su asiento, lo que, una  vez más, nos permite mencionar que con medidas como las adoptadas por nuestros teatros y auditorios es innegociable el hecho de que el espectáculo de la cultura deba continuar. 

La colosal sinfonía precisa de efectivos propios de las grandes obras mahlerianas y del Richard Strauss más aparatoso, es decir, un centenar de músicos sobre las tablas, con lo que se dispusieron mamparas transparentes para aislar a unos profesores de otros que en esta ocasión, dado el gran contingente, deben permanecen a poca distancia unos de otros. Heras-Casado, en esta ocasión se acompaña de partitura, pero no se le vio pegado a esta, sino que la empleó como guía de esta compleja y extensa obra. El granadino desarrolló una magistral dirección llena de intensidad en la que profundizó en los aspectos más líricos y reflexivos, sin dejar de potenciar la sobrecogedora fuerza expresiva de esta gran sinfonía.

Foto: MIGUEL LORENZO.

Tras la descripción apacible de la vida en la ciudad que marca la introducción, se hace presente la llegada en lontananza de las tropas enemigas con un engañoso atractivo pero lo que convierte esta música en aterradora bajo la dictadura del ritmo impuesto por una caja que nos estremece junto con la fantasmal compañía de la flauta, marcando ambos el implacable ritmo que han de seguir las tropas. Todo el obsesivo y prolongado crescendo, que nos remite al Bolero de Ravel como recurso formal, fue traducido con maestría tanto por parte de Heras-Casado, quien recordemos ya estuvo entre nosotros el año pasado con la orquesta de Valencia y una sensacional tercera de Bruckner, y, como no, por una entregada y excelsa OCV convenientemente reforzada para la ocasión. 

Fabulosos todos los primeros atriles, sin excepción, que, ya desde el primer movimiento, tienen señaladas intervenciones solistas: flautas, flautín- fantástico su solo junto con el violín en el primer movimiento último reducto al lirismo antes de que las tropas inicien su asalto a la ciudad- la fabulosa caja en su comprometidísima labor, oboe, clarinetes, en especial el clarinete bajo (excelente en su sinuoso lamento del moderato en compañía del arpa), fagot, violín…

El original coral de las maderas, en cierta forma religioso por el carácter de órgano que nos evoca, y la entrada de las cuerdas en un tema lleno de tragedia y desolación abren un adagio que supo conducir Heras-Casado por los terrenos de la belleza más desolada sin abandonar, de nuevo, la evocación a la guerra y su crueldad. Sería imposible mencionar los innumerables detalles y recovecos que contiene esta partitura.

Foto: MIGUEL LORENZO.

La intensidad se va acumulando hasta culminar en una espectacular coda fue llevada por los comparecientes con una prodigiosa brillantez, a la par que control, sin caer en un exceso de fuerzas desaforadas que nos condujese, irremediablemente, a una espectacular banalidad que Shostakovich ya deja muy claro en la partitura cuando la pretende y cuando no. Aquí se trata de una coda de liberación del ser humano tras un terrible episodio de resiliencia, no el triunfo ni celebración de nada, puesto que no hay nada que celebrar.

Éxito formidable, más que merecido, que obligó al director a salir en varias ocasiones y, en una de estas a levantar, para recibir su premio, a cada uno de los atriles solistas. Permítanme finalmente señalar algo positivo entre todo este desastre, y es que, por obra y gracia de las obligatorias mascarillas las toses e incluso los más leves carraspeos han desaparecido de las salas como por arte de magia. Ya nadie tiene la necesidad de aclararse la garganta entre movimientos, y nadie rompe la magia de un solo instrumental o un silencio en la partitura, y es que el ser humano puede presumir de  esa tendencia natural a hallar entre tanta adversidad ese resquicio que el horror le permite a la felicidad y a la belleza. 


FICHA TÉCNICA

17 de octubre, Palau de les Arts

Dmitri Shostakóvich, Sinfonía nº7 “Leningrado”

Orquesta de la Comunitat Valenciana

Pablo Heras-Casado, director musical

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