Decadencia y degradación de Estados Unidos, el espectáculo: la tercera de Euphoria

Series y televisión

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

Los aspectos más lamentables y sórdidos de la sociedad estadounidense son convertidos en un show en el que, esta vez, se nos propone una salida religiosa

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VALÈNCIA. He vuelto a disfrutar enormemente una nueva entrega de Euphoria, aunque esta vez no me acordaba de absolutamente nada de lo que había ocurrido antes. Han pasado cuatro años desde la última temporada y eso, en términos audiovisuales, pueden ser fácilmente miles de horas de televisión consumidas que hacen que parezca del pasado remoto, de Antes de Cristo, nunca mejor dicho en este caso. 

La primera temporada me pareció una obra de arte por cómo recogía todos los clichés del cine indie de los 80 y 90, antes de la contradicción de que lo alternativo fuese plenamente mainstream, y los expresaba sin filtro alguno. Una cosa buena que tuvieron las plataformas digitales fue que, al no depender de la publicidad, podían hablar de sexo y drogas (y violencia) de forma no condicionada. Hoy vuelven a estarlo, como la televisión tradicional que agoniza.

La segunda temporada la disfruté muchísimo, pero consciente de que ya nos encontrábamos ante tramas estiradas para lograr un efecto culebrón, género que adoramos en esta casa, y que no estaba muy claro hacia dónde se dirigía. Con esta tercera, la respuesta está clara: hacia ninguna parte. 

Esta vez ya no está presente el recuerdo de un Todd Solondz o el primer Sam Mendes, sino que cae en los lugares comunes de la escuela Tarantino e incluso la autoconsciencia del último Paul Thomas Anderson. Si hay algo agotador que se repite una y otra vez en el audiovisual son los relatos sobre narcotráfico, mafia y criminales. Son los cantares de gesta de nuestra época. Fórmulas fijas, escenas prototípicas y paralelismos o situaciones perfectamente intercambiables. 
 


Esta tercera de Euphoria lleva todo eso. Los cargamentos de droga, los capos de personalidad singular y extravagante, los engaños, la policía y sus micrófonos, persecuciones y muertes espectaculares. Es como el western, pero el spaghetti western

Y sin embargo, me gusta. El magnetismo de Rue sostiene el chiringuito. La pena es que ahora lo estilizado es la violencia, se ha perdido esa exaltación emocional tan adolescente que la hacía especial, sobre todo por canciones como la de Labrinth, verdaderamente inmortales. Pero el personaje protagonista mantiene el carisma y el interés. Bien por Zendaya

No obstante, lo verdaderamente llamativo no es que la serie haya querido desembocar en la mediocridad del género negro actual, sino que pone de manifiesto toda la degradación y decadencia de Estados Unidos, para luego ser también decadente y degradada al plantear la dualidad entre un mundo moderno lleno de nihilismo y desesperación con un mundo aislado, envuelto en la fe religiosa, como pacífico y sencillo. 

Uno de los análisis más certeros del inicio del declive de la civilización occidental en este siglo no fue ningún ensayo de politólogos de renombre, sino un personaje de South Park. Se llamaba Toallín, era una toalla de vídeos educativos que había dejado el mundo del espectáculo y se daba a la droga con facilidad. En un episodio memorable, le planteaban una disyuntiva, tenía que elegir entre un porro que le ofrecen o salvar a sus amigos, que van a caer sobre metal fundido al rojo vivo si los suelta. Toallín contesta: “I choose both!” (El doblaje dijo aquí: “Elijo todo”) y como Mr Fantástico alarga un brazo para coger el porro y con el otro rescata a sus amigos, consigue colocarse y a la vez hacer el bien. 

Los niños, los adolescentes e incluso los jóvenes siempre hemos sido así, pero el problema es cuando lo son los supuestos intelectuales o los creadores de opinión. Las últimas reflexiones sobre el cristianismo de JD Vance, que lo petó aquí y allí con su tramposa Elegía Hillbilly, dicen que todo principio moral debe cuestionarse si es beneficioso o perjudicial. Es decir, pretende afirmar el cristianismo, pero de forma utilitaria. Solo en lo que le venga bien. Elijo ser cristiano y no cristiano, según el interés de las elites que me financian ¡Es la rama Toallín del cristianismo!

Y ese espíritu también impregna la tercera de Euphoria en ese elogio que hace de la vida rural de una familia cristiana esencialista, que vive en mitad de la nada de forma humilde, pero en paz. Unos granjeros que marcan a Rue, que desde que los conoce leerá la Biblia. Está Toallín al mando, quiere modernidad y tolerancia sexual a la vez que fundamentalismo cristiano y familia sin posibilidad de elección para la prole.

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No deja de ser interesante la visión que Rue tiene de las escrituras. Dice que son historias de personajes rotos que fracasan una y otra vez y reciben una segunda oportunidad. Se siente identificada y empieza a creer en la existencia del perdón. Además, observa que la familia de granjeros vive con una paz que ella nunca ha llegado a alcanzar con el consumo de drogas. Entonces, el guiOn se corona identificando la fe con la felicidad. 

Es curioso cómo una serie que empezó retratando la filfa del sueño americano y la hipocresía de su sociedad, luego caiga en una interpretación tan superficial de la religión cristiana. Todo se reduce a una creencia esotérica a través de la cual se calma el espíritu y puede uno aislarse de todos los desencadenantes que le han conducido a la desesperación. 

La culpa de que Rue sea una adolescente adicta a las drogas es de ella, viene a decir, pero puede superarlo por fin gracias a la fe. Al fin y al cabo, lo que no tiene solución es la situación de su entorno, donde a las mujeres solo les queda ejercer o la prostitución o el proxenetismo, y las relaciones entre hombres se basan en peleas a muerte por los recursos, incluidos entre estos el lucrativo fentanilo, que va dejando un reguero de cadáveres. 

El desenlace viene a decir que hay que aislarse de la religión del dinero refugiándose en otra religión, pero eta vez basada en idealismos esotéricos. En realidad, el cristianismo es mucho más valiente que eso, no predica imaginarse cosas, sino darse a los demás y denunciar y combatir los abusos y la crueldad. Parte del pensamiento progresista estadounidense ignora esto porque sigue considerando la religión del dinero como lo normal y establecido, lo tienen tan interiorizado que no pueden ni cuestionarlo. 

Entretanto, tenemos un ejemplo más de cómo las miserias de ese país son convertidas en un show que se nos vende y compramos con alegría. Así que solo queda elogiar la audacia de Rosalía, que casualmente participó en este rodaje con aires de redención religiosa e inmediatamente después sacó un disco con la misma estética y pseudo-mensaje, pero antes del estreno de la serie. Al menos que todo esto, en su conjunto, nos arranque una sonrisa gracias al toallinismo take-it-all de nuestra compatriota. 

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