VALÈNCIA. Ha llegado el momento de despedirse de unos cuantos personajes inolvidables. Deborah Vance, Ava Daniels, Carmen Berzatto, su primo Richie (queremos tanto a Richie), Sydney y toda su troupe nos dicen adiós. Y es que Hacks y The Bear, dos series de referencia, de esas que marcan época, además de acaparar todos los premios y reconocimientos posibles, han finalizado, ambas en su quinta temporada. Y merecen una despedida a la altura de su relevancia. Por su originalidad, por su calidad, por su indudable personalidad.
Hacks permitió que el enorme talento y carisma de la veterana Jean Smart brillara como nunca, en un personaje lleno de aristas, humanidad y complejidad. Y, además, descubrimos a Hannah Einbinder, haciendo inevitable que nos enamoráramos de ella en la serie primero y en la vida real después, con su inteligencia y su compromiso. La dinámica entre ambas, que sostiene la serie, ha sido uno de los mejores espectáculos de los últimos años. Constituye un auténtico placer ver su viaje conjunto hacia la amistad más profunda y verdadera, descubriendo en el camino quiénes son de verdad.
Es un tema recurrente este de la amistad entre contrarios, esa historia de dos seres muy diferentes obligados a relacionarse, que se van conociendo, desafiando y respetando y pasan de adversarios a cómplices entre enfrentamientos y afinidades, haciendo de la necesidad virtud. Pero es bastante nueva en las series esa relación entre una mujer mayor en el ocaso de su vida y una joven treintañera, básicamente porque es bien extraño encontrar ficciones protagonizadas por señoras de setenta. Solo por ello, ya habría que agradecer la existencia de Hacks.
Pero hay más. A poco cariño y ganas que se le ponga, y aquí sus creadores, Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statski, y su equipo han puesto muchísimo de ambos, las historias ambientadas en el mundo del espectáculo funcionan bien. Nos encanta conocer los entresijos de ese universo fascinante, donde conviven la grandeza y la miseria, el negocio y el arte, el éxito y el fracaso como en ningún otro lugar. Queremos saber más de esas personas, artistas y creadores, que dedican su vida a hacer la nuestra más bella y llevadera, gracias infinitas por existir.
Hacks es un perfecto ejemplo, y a ver si se enteran de una vez los que mandan en esto, de que lo importante es construir buenas historias y buenos personajes, series bien escritas y realizadas, con protagonistas de todo tipo, edad y condición. Y aunque no siempre ha mantenido el nivel de sus dos primeras y brillantísimas temporadas, deja para la historia a sus dos personajes principales, Deborah y Ava, y un final maravilloso, en el que demuestra que la posibilidad de hacer un buen chiste, la capacidad de crear humor con lo más doloroso, puede salvar una vida.

- -
The Bear ha sido una de las grandes series de los últimos años, con legiones de seguidores e infinidad de premios. Si siguen esta columna sabrán que no estoy entre esa legión, lo cual no impide reconocer su importancia y unas cuantas bondades. Confieso que a pesar de que algunas temporadas, como la segunda, me costaron lo mío, que en esa y la siguiente la serie no hacía más que dar vueltas sobre sí misma, encantada de haberse conocido, y de que, a ratos, me resulta terriblemente irritante en su exceso melodramático y estético, a cada nueva tanda de episodios ahí estaba para verlos, aunque solo fuera para comprobar si seguían por el mismo camino o se habían inventado algo nuevo. Por si volvían a aparecer episodios maravillosos como el del repostero en Dinamarca, el de Richie en su aprendizaje en otro restaurante o el dedicado a Tina (queremos tanto a Tina), todos ellos fuera del grand guignol de las reuniones familiares de los Berzatto y de la cámara hiperactiva, del plano secuencia agotador y del montaje agresivo para epatar.
Como me dedico a esto de analizar obras audiovisuales y tengo que entender por qué son como son, me pregunté por qué volvía a la serie, aunque me hubiera defraudado. Supongo que lo habrán adivinado, porque la respuesta es fácil: sus personajes. Encariñada con ellos irremediablemente, quería saber qué les pasaba a Marcus (emoticono de corazoncito aquí), a Tina, a Nathalie, a Sydney, a Richie. Incluso al pesado de Carmen, más bien insoportable. Que el último plano de la serie no sea de él, sino de Richie, con una preciosa media sonrisa mezcla de orgullo y esperanza hacia el futuro, me parece justicia poética y una muestra de que su autor, Christopher Storer, ha entendido bien la evolución de su propia serie.
Así que, con toda su irregularidad y sus excesos, toca despedir con cariño y alabanzas una creación que sido capaz de ofrecernos personajes que nunca olvidaremos. Gracias.