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'DTF St. Louis': ¡Vivan las buenas series raras, originales y heterodoxas!

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VALÈNCIA. Tan desconcertante como su muy poco comercial título, ese DTF St. Louis incomprensible, la serie de Steve Conrad que puede verse en HBO no debería pasar desapercibida. Es diferente y rara, en el mejor sentido de la palabra. Tiene una personalidad única, no es acomodaticia y, en estos tiempos de fórmulas repetitivas y series trazadas con plantilla, es admirable el riesgo y la originalidad con que está pensada, escrita y realizada. Ah, y es buena, claro. De hecho, muy buena. 

Así, a bote pronto y de forma fácil, lo primero que sale es decir que se trata de una mezcla de thriller y humor negro. Que ustedes dirán: ¿una más? De estas ya hemos visto unas cuantas. Es verdad, la combinación no es nueva y nos ha regalado grandes títulos como Fargo, tanto en su versión cinematográfica como serial. Solo que esto no es Fargo. Cierto es que el espíritu de los hermanos Coen o el del David Lynch de Terciopelo azul o Twin Peaks, parece invocarse en muchos momentos de la serie, pero es otra cosa distinta. No tira por lo grotesco, aunque muchas situaciones lo son, ni por la caricatura, y da para ello. Es turbia como pocas, pero hay un poso de ternura en el tratamiento de los personajes que resulta desarmante. Es algo indefinible en el que se amalgaman la incomodidad, lo que hoy llamamos cringe, la ternura y una falta absoluta de cinismo, tan de agradecer entre tanto relato (y tanta realidad) que lo enarbola (el cinismo, me refiero), como si fuera un valor a defender y un signo de calidad. 

¿Y de qué va esta serie rara, incómoda y extravagante? Es difícil de explicar. En lo básico, es la historia de la amistad de dos hombres de mediana edad, bastante diferentes entre sí, pero que coinciden en sentir una insatisfacción, no siempre identificada, con lo que es su vida. También es la crónica de un triángulo amoroso poco convencional. Y es el relato de una investigación policial para descubrir cómo y por qué ha muerto uno de ellos (no es un espoiler, esto está en el primer capítulo). Con todo esto solo he esbozado el argumento, pero no he dicho de qué va, que supongo que a estas alturas todas somos conscientes de que son cosas distintas el argumento y el tema. El caso es que, como todas las buenas series, va de muchas cosas. De deseos incumplidos, vitales y también sexuales; de vacío existencial y de esa corrosión que provoca el pensar “¿y esto es todo?”; de qué diablos es eso de ser normal, ¿acaso existe la normalidad?; de masculinidades desconcertadas; de los límites de la amistad; de la necesidad de validación social. Y mucho más.

A estas alturas, ya habrán adivinado que lo que importa aquí son los personajes. Y los personajes son extraordinarios. Por mucha pesquisa policial y mucho whodunit que haya, la serie vuelve a demostrar que el thriller es una herramienta narrativa utilísima y muy flexible para crear y contar un mundo. Quizá también conviene aclarar que esta no es la típica historia en la que los secretos ocultos explican traumas y vidas enteras: hay secretos, claro, porque todo el mundo los tiene, pero su tratamiento, una vez más en esta serie, es inesperado y heterodoxo. Y es así porque nadie es solo su secreto o su trauma, como muchos relatos se empeñan en plantear: los seres humanos somos muy complejos, ya verán los de esta serie, y las relaciones de causa y efecto vienen bien para las ficciones facilonas y de consumo rápido, pero no se dan tan claramente en la vida real ni en los relatos preocupados de verdad por contar eso tan indefinible que es el alma humana. 

Y por eso, muy pocas veces, me atrevo a decir que ninguna, hemos visto en una serie de televisión, pero tampoco en el cine, dos señores de mediana edad construidos como estos Clark y Floyd, encarnados maravillosamente por Jason Bateman y David Harbour, en sendas interpretaciones arriesgadas y expuestas. La historia de su amistad lleva hasta límites insospechados un tópico del cine, el bromance, esos relatos basados en la amistad inquebrantable y profunda entre dos hombres heterosexuales, una amistad que pasa por encima de cualquier otra cosa, sea el peligro, la muerte o las mujeres de las que se puedan enamorar, porque, sin ninguna duda, el amor de la vida de cada uno de ellos es su amigo. Lo hemos visto mil veces, antes y ahora, en el wéstern, en el cine de aventuras, en relatos bélicos o policiales y en muchos otros ejemplos. 

El bromance entre Clark y Floyd es sorprendente y llega a un nivel de intimidad y confianza insólitos en una pantalla: por cómo hablan entre ellos, lo que hablan, cómo se miran, cómo se tocan, cómo su relación les hace replantearse aspectos muy íntimos e identitarios, también en lo sexual, y lo que son capaces de hacer el uno por el otro, fuera de todo cliché que ustedes puedan estar pensando. En la muy necesaria deconstrucción de la masculinidad heterosexual hegemónica que se está produciendo tanto en la ficción como en la realidad, aunque no al ritmo y con la urgencia que debería, lo que plantea DTF St. Louis ocupa un lugar especial

Y luego está Carol, el personaje femenino central, magnífica también Linda Cardellini, que es, sin duda, el más desconcertante de todos. Así como los deseos de Clark y Floyd, incluso los más ocultos, los que ni siquiera se atreven a decirse a sí mismos, afloran en su extraña relación amistosa y quedan claros, los de Carol no, más allá de su necesidad imperiosa de seguridad económica y de garantizar el bienestar de su hijo adolescente. Arisca e intensa, como la definen varias veces otros personajes, su personalidad y sus motivaciones son las más elusivas, lo que no quita para que resulta fascinante. También lo son los policías encargados del caso, interpretados por el gran Richard Jenkins y por Joy Sunday. Se juega aquí la habitual baza del contraste de una pareja de investigadores opuestos; en este caso, un hombre mayor casi al final de su carrera y una joven novata; un hombre blanco y una mujer negra; un policía nada imaginativo, rutinario y convencional y una oficial que piensa y se mueve de un modo desacostumbrado, etc. Y se juega estupendamente bien y de forma nada trillada porque están muy bien escritos y la química entre ambos funciona de maravilla desde el primer momento. De hecho, vería encantada un spin off con ambos personajes resolviendo misterios en St. Louis o donde fuese

En fin, que échenle un vistazo y no se la pierdan: indiferentes no les va a dejar. 

 

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