VALÈNCIA. Existe un subgénero en el cine policíaco y la novela negra que sustituye a las mafias urbanas por la marginalidad de Miami y de los Cayos, el Florida noir. Su padrino fue John D. MacDonald, autor de docenas de tramas donde la crueldad se transpiraba al calor asfixiante y la humedad del llamado Estado del sol. Una de sus obras cumbres fue The Executioners, un relato desasosegante y violento de 1957 sobre un preso que al salir de la cárcel por una condena de violación y maltrato, movido por un odio irredento, se dedica a acosar a la familia del hombre que testificó en su contra.
Este librito que en formato de bolsillo ronda las 200 páginas se ha hecho enorme en el audiovisual hasta en dos ocasiones. La primera, en 1962, bajo la dirección de J. Lee Thompson, con Robert Mitchum y Gregory Peck como protagonistas. La segunda, en 1991, con Martin Scorsese a los mandos de un elenco liderado por Robert de Niro, Nick Nolte, Jessica Lange y Juliette Lewis.
La tercera adaptación se acaba de estrenar en Apple TV y ha caído en manos de uno de los chicos de oro del cine de terror actual, Nick Antosca, cuyas antologías Channel Zero y The Act, y sus miniseries Nuevo sabor a cereza y Candy: Asesinato en Texas, están muy marcados por la atmósfera fantasmal del profundo sur que lo vio nacer.
“La película de Scorsese en particular tiene una cualidad pantanosa y febril, lo que la hace truculenta y terrorífica, pero también se caracteriza por sus colores brillantes y vivos. Eso me encanta, porque le da una especie de cualidad operística y de pesadilla”, comparte el showrunner de la serie de 10 episodios que ha definido como un giallo sureño. Otro subgénero del thriller, pero en este caso, nacido en Italia y sangriento.

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Su Cape Fear está ambientado en Savannah, a una media hora de Florida. Pero la localización no deriva tanto de la cercanía con respecto a la ubicación geográfica de su materia prima, sino de la condición de esta urbe de Georgia como la ciudad más embrujada de Estados Unidos. Su estatus paranormal se deriva de siglos de incendios y huracanes, epidemias de fiebre amarilla y cruentas batallas de la Guerra Civil.
“Tiene esa cualidad gótica a la que ayudan las bromelias y una sensación de tranquilidad y comodidad, pero donde también sientes que la violencia puede estar a la vuelta de la esquina. Eso encajaba a la perfección con la historia de Max Cady aterrorizando a los Bowden”, explica Antosca.
Para los papeles que en el pasado interpretó la nobleza del cine, ha escogido un trío con carisma: Javier Bardem en el rol del exconvicto, y Amy Adams y Patrick Wilson en los del matrimonio formado por la abogada defensora y el fiscal del juicio que lo llevó a la cárcel.
Nuevos tiempos, nuevas familias y sistemas de justicia
Tanto la novela como las películas son propuestas culturales muy respetadas por mérito propio. En el fondo, MacDonald escribió una historia muy simple, la de una familia aterrorizada por un maníaco.
“Para mí, lo más aterrador es ver cómo desmantelan a un clan metódicamente, asistir a cómo una fuerza externa se infiltra en ese grupo familiar sin saber de dónde viene el peligro. Tener varios episodios para contar esa historia era algo muy emocionante desde el punto de vista creativo”, expone Antosca, quien, no obstante, sí se arriesgó a una nueva lectura es porque sentía que el original siempre ha resonado en la época en la que se ha contextualizado.
En cada acercamiento al texto en la pantalla, los miedos se han ajustado a su tiempo, y las ideas sobre la familia y la justicia han variado. En este caso, la madre y el padre ejercen sus profesiones a un mismo nivel de implicación y éxito, y en su desarrollo, Cape Fear aborda la profunda desigualdad racial que aqueja al sistema judicial en Estados Unidos, con una mayor tasa de personas negras y latinas encarceladas y condenas de mayor duración por cometer los mismos delitos.

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“Quería hacer una versión donde los temores, la paranoia y la ambigüedad moral del momento cultural actual se filtraran en la historia. También sentí que el espacio narrativo que te da una serie iba a ser muy interesante como vehículo para explorar esas inquietudes”, comenta el creador.
En ese giro en el guion, Max Cady se muestra más como un síntoma de un sistema roto a simplemente un monstruo.
Mano a mano con el Nuevo Hollywood
Cape Fear ha mantenido la banda sonora compuesta por Bernard Herrmann en 1962. Esta obra maestra del terror psicológico forma parte del ADN del proyecto, y los productores ejecutivos de esta nueva entrega, Steven Spielberg y el mismísimo Scorsese, lo solicitaron ex profeso.
También hay guiños, sin abusar, al ya clásico contemporáneo firmado por el director de Malas calles (1973) y Uno de los nuestros (1990), como el arranque del segundo episodio, con un Bardem en el gimnasio de la cárcel, realizando gimnasia boca abajo. El arranque, preludio de una violentísima pelea, replica la secuencia en la que De Niro hace una llamada telefónica mientras está colgado de una barra de ejercicios.
“Queríamos honrar el lenguaje cinematográfico de las películas anteriores, y en la versión de Scorsese había demasiado material genial de dónde elegir, pero nunca quisimos que diera la impresión de ser un simple homenaje, sino que fuera juguetón y orgánico”, aclara Antosca.
Otra cualidad amenazante de los originales mantenida en la miniserie es la abundancia de tatuajes sobre la piel del asesino, obra de un artista llamado Scott Campbell, entre cuyos clientes se hallan Robert Downey Jr., Courtney Love, Orlando Bloom, Marc Jacobs y Sting.
“Los tatuajes son una combinación de los que el personaje de Javier Bardem tenía antes de entrar a prisión y los que se hizo dentro una vez que adoptó la santería. De hecho, a través de esos dibujos se cuenta la historia de cómo creó su propia versión de esta religión para justificar sus intenciones de venganza”, observa el director y guionista nacido en Nueva Orleans.
La implicación de Scorsese y Spielberg en el proyecto podía haberse convertido en una situación incómoda, pero Nick Antosca asegura que no fue así. Ambas leyendas vivas del Nuevo Hollywood leían los guiones y veían los montajes. A veces, el primero se conectaba por Zoom o FaceTime para hablar de los cortes de edición y daba sugerencias; “Estaba muy entusiasmado y era muy preciso. Sugería cómo alargar un plano o mover un poco un efecto de sonido”.
De hecho, en la escena citada previamente, rodada en blanco y negro, y donde Bardem observa boca abajo cómo un grupo de reclusos se aproxima a él, Scorsese sugirió pequeños ajustes en el golpe en la cabeza que Max Cady le asesta a uno de sus contrincantes “para que tuviera un impacto mucho más visceral”.