'El castillo': cómo filmar la violencia contra las mujeres y la explotación sexual

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VALÈNCIA. El castillo es la serie de la que todo el mundo está hablando y, para que no quede ninguna duda desde el principio, sí, merece todos los elogios que está consiguiendo. Seca, cortante y dolorosa, ofrece un retrato implacable de la trata y del mundo de la prostitución, de esos proxenetas que se llaman a sí mismos con orgullo empresarios de la noche, solo que su mercancía son mujeres esclavizadas, migrantes sin papeles mayormente. 

La serie está creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva y dirigida por Elena Martín y Sandra Romero, a partir del libro de no ficción El proxeneta, de la actriz y directora Mabel Lozano, quien lleva muchos años investigando y denunciando estas cuestiones. El relato se estructura a partir de tres puntos de vista: el de los proxenetas, encabezados por un Raúl Arévalo impresionante; el de las mujeres prostituidas, encarnado en el personaje que interpreta estupendamente Valentina Vidal, en su debut como actriz; y el de la policía, especialmente el dúo formado por Omar Ayuso y Laia Marull, excelentes también. 

Lo sé, lo sé. El cine español, aunque no solo él, está lleno de personajes de prostitutas y de puticlubs de carretera, pero háganme caso: ninguno de esos relatos se parece a esta serie. Aquí no hay glamour o blanqueamiento alguno de un mundo tremendo, sórdido y trágico. Los locales no están amueblados con bellos sofás de terciopelo, solo escay, ni están bañados en bonitas luces de neón que crean escenográficos contrastes de luz sobre los cuerpos de las mujeres. Tampoco les lleve esto a pensar que estamos ante eso que se ha dado en llamar porno miserabilista, ese convertir la miseria en espectáculo que tantas películas de contenido social mantienen, a veces sin querer y con toda la buena intención, pero lo hacen. Nada de eso.

Por supuesto, no hay ni rastro de ese modelo de prostituta encantadora, feliz y complaciente, colega entrañable de sus clientes y refugio y consuelo de hombres heridos, que ha llenado el cine y la literatura, pensemos en Bigas Luna, Álex de la Iglesia o Vázquez Montalbán, por ejemplo. Lo que vemos en El castillo es lo que hay: puticlubs de carretera cutres, propietarios aún más cutres y despiadados, puro negocio, sordidez, esclavitud, violencia contra las mujeres, a veces sorda y a veces muy visible. Y realismo, una sensación asombrosa de que ahí hay verdad, de que nos hemos colado en una reunión real de los proxenetas, hombres mediocres y vulgares con sus puros, su forma de hablar, de sentarse, de medirse unos a otros. Si han visto anteriores trabajos de Peña y Villanueva, como la serie Antidisturbios (2020) o la película El reino (2018) dirigidos ambos por Rodrigo Sorogoyen, saben a lo que me refiero. 

Quizá es buen momento de poner aquí cifras y datos para saber de qué estamos hablando. España es el primer país de Europa y el tercero del mundo (por detrás de Puerto Rico y Tailandia) en consumo de prostitución. Un país de puteros, vaya. Más del 80% de las mujeres prostituidas en España lo hacen de manera forzada, según demuestran los informes policiales. La trata de mujeres con fines de explotación sexual no fue delito en nuestro país ¡hasta 2010!, una realidad social, policial y judicial que queda muy bien reflejada en la serie, ambientada en los años 90 y primeros 2000, de 1994 a 2004. Es durísimo ver cómo las únicas detenidas en las redadas son las prostitutas y cómo los policías no se plantean, ni siquiera entienden, hasta que no hay evidencias clarísimas e irrefutables, la situación de esclavitud y la realidad en la que viven estas mujeres. 

Cero sensualidad, cero romantización, eso es El castillo. Las directoras, muy conscientemente, tomaron una decisión: no contribuir con la cámara y la puesta en escena a la hipersexualización del cuerpo femenino ni a la espectacularización de la violencia contra ellas. Y así, en las escenas de sexo, hay muy pocas, se mantiene la cámara en el rostro y el cuerpo del putero y deja fuera de campo a la mujer. Es insólito, forzado y, precisamente por ello, incomoda enormemente, y obliga a preguntarnos eso que muchísimas mujeres nos hemos preguntado siempre: ¿por qué un hombre hace eso? ¿qué le lleva a comprar a una mujer a la que sabe explotada y violentada, de la que sabe con toda certeza que no siente placer, sino todo lo contrario? Una mujer que no quiere sexo y a la que, por supuesto, no le interesa lo más mínimo el tipo que tiene encima, algo de lo que es plenamente consciente el putero. Además, dejar fuera de campo a la mujer expresa de forma directa dos cosas fundamentales: coloca a la prostituta en el lugar que ocupa en la sociedad patriarcal, esto es, ninguno, la invisibilidad absoluta y, al mismo tiempo, revela a la perfección la alienación y el desdoblamiento que la mujer está sufriendo en ese ejercicio de poder y deshumanización que es la explotación sexual. 

Otra opción de las directoras es nunca filmar el cuerpo troceado de las mujeres. Esto es básico para evitar la cosificación y la hipersexualización. No sé si recuerdan el inicio de Anora (2024), la premiadísima película de Sean Baker. Fondo negro, luces parpadeantes, desde el culo de una mujer bailando de forma sensual frente a un hombre sentado arranca un travelling horizontal en el que aparece otra mujer, está de frente y desnuda, en tetas, en la misma actitud; sigue el movimiento de cámara mostrando el trasero de otra hasta llegar a una última mujer, la protagonista, de frente, en tetas, bailándole al cliente. Ahí el plano se mantiene en su rostro, mientras salen los títulos de crédito. Más de una arqueamos la ceja ante semejante exhibición al inicio de una película que venía precedida de todos los parabienes. 

También pueden recordar otra serie española reciente, Sky rojo (Álex Pina, Esther Martínez Lobato, 2001), que es el perfecto ejemplo de lo que no hay que hacer si lo que quieres, como decían sus creadores, es denunciar la explotación sexual. No puedes hacer con la cámara aquello que estás denunciando, es decir, explotar los cuerpos femeninos, convertir a las mujeres en objeto y hacer espectáculo de la violencia que sufren. Aquí hay de todo: troceamiento del cuerpo, cosificación, hipersexualización, erotización máxima. Como esto ya lo expliqué una vez en estas mismas páginas, les remito al artículo en cuestión. Solo añado que El castillo es todo lo contrario de aquella infausta serie: todo lo que en ella estaba mal, aquí está bien. Como lo estaba en The Deuce (2017), la magnífica serie de David Simon con la que, sin duda, se puede emparentar El castillo y no, no es una exageración. Aunque duele y dan ganas de ducharse después de cada capítulo no dejen de verla, es una de las mejores series del año. 

 

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