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EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

La razón por la que 'Abandonados' de Carles Porta es una genialidad de documental

El último documental de Porta se aleja del true crime para entrar en terrenos mucho más interesantes y difíciles de contar

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VALÈNCIA. Hace pocos años un amigo me vino presumiendo de que tenía un porcentaje de ADN judío. Le dije que yo, por alguno de mis ocho apellidos, seguro que tenía más. Apostamos y me salió que no tenía nada, que era cien por cien ibérico. Tal cual: 100%. Luego, con las actualizaciones de myheritage me han salido unos porcentajes ínfimos de Cerdeña y Portugal, pero insuficientes para no llevar ya un tiempo largo aguantando chistes sobre mi iberismo, como el embutido, etc… 

Sin embargo, la broma de enviar las babas a Estados Unidos me dieron también otra sorpresa. Me apareció una mujer con la que compartía bastantes segmentos de ADN. Le pedí su foto y era clavada a mi familia. Dijo que era huérfana y que había sido adoptada en el País Vasco. Me puse a interrogar a la familia y en un proceso, no exento de reticencias por parte de algunos, vi que era imposible seguir la pista. A partir de primos segundos, en el pueblo y en los años 40, era muy complicado. No pude ayudar a esa mujer, y ya lo siento, pero llevo años dándole vueltas a qué habrá podido pasar con su caso mientras sigo flipando con su parecido. 

Por esta vivencia, cuando he visto que en el documental Abandonados, de Carles Porta en Disney+, los protagonistas recurrían a myheritage me he sentido identificado a pequeña escala y he visto los cuatro capítulos con los ojos como platos. Quizá sea una impresión subjetiva, pero si por algo me ha encantado es por lo mismo que me pasó a mí, por tratar de imaginar qué pudo ser lo que no se sabe que fue. 

No siga leyendo si no quiere destripes. Abandonados cuenta la historia de dos niños y una niña, hermanos y ahora adultos de cuarenta y tantos años, que fueron abandonados en la Estación de Francia de Barcelona. Fueron adoptados por un matrimonio catalán que no podía tener hijos biológicos y tuvieron una vida plena y feliz. Pero de mayores, al ser madre la niña, le empezaron a rondar fantasmas por la cabeza sobre quiénes eran sus padres biológicos, los abuelos de su hija, y por qué se habían separado de ellos, hasta que no pudo resistirse a iniciar una búsqueda. 

Las hipótesis de la investigación que inician es lo más emocionante. Lo más probable era que sus padres fuesen delincuentes, que estuviesen en una banda o en algún tipo de mafia. Las imágenes y la hemeroteca de esa época, que ya se le ha olvidado a algunos españoles que venden una nostalgia que ni ellos mismos saben cuál es, son impagables. Las averiguaciones conducen hasta un señor, español, que se dedicaba a atracar bancos, y su mujer, que lo acompañaba donde le llevaban los palos. 

Habían huido de España porque en uno de sus golpes le habían metido un tiro a un guardia civil. En el extranjero, habían seguido haciendo lo mismo, robar y robar, asociados en bandas de españoles que se dedicaban al crimen en la Europa opulenta. Ya que es muy difícil que la gente lea cómo era su país hace medio siglo, al menos que sirva este documental para mostrarlo. Y también para que quede patente que nosotros fuimos muy buenos en eso de lo que hoy se acusa miserablemente a la inmigración. 

Pero eso es lo de menos, aunque haya que decirlo. Por el rastro de las fotografías que los hijos fueron descubriendo sobre sus padres biológicos, se ve que eran una familia bien avenida, feliz, que estaba enamorada de sus críos, pese al problema de tener que vivir al margen, de forma clandestina y huyendo de país en país. 

No sabemos cómo fue ese itinerario con los niños ni por qué exactamente se produjo, al margen de la huida de España, pero imaginárselo es apasionante. Tenemos solo imágenes, como que había armas de fuego en casa, coches de lujo y que, en algún momento, algo no iba bien porque al padre le partieron la cara delante de su hijo, o al menos así lo recuerda él, que le rompieron las dos cejas en un night club.  

Esos fogonazos en la memoria de un niño, lo que aparece en las fotos –reuniones con gente que parecía de su gremio- y los pocos datos que se llegan a descubrir sobre esa gente, impulsan a que el espectador se imagine qué puede haber pasado. Tanto los mossos como algún familiar y un antiguo compinche del padre consideran que lo más probable es que hubiera un ajuste de cuentas mafioso y el matrimonio desapareciera de la faz de la tierra sin ser encontrados o sin poder ser identificados. 

Los hijos creen que, de haberse escapado, habrían vuelto en su busca y no parece descabellado. Pero ese espacio oscuro en el que no se puede saber qué pasó, eso que les ha intrigado durante años, lo comparten con el espectador que se queda igual. Elucubrando qué ocurriría en esos bares de copas de los primeros ochenta, entre hombres con la camisa abierta hasta la mitad del pecho y collares de oro, elegantes pero armados, que se movían en Jaguar y eran originarios de la piel de toro. Es una historia mafiosa increíble sin historia mafiosa.

Muy culpables del hechizo magnético de este enigma son sus tres protagonistas, que de niños eran encantadores en la primera fotografía que hay de ellos y, ahora, bastante majos. Conquistan al público con su historia y los interrogantes se vuelven más intrigantes aún porque te caen bien. No ha debido ser una relación catódica solamente, porque desde que su caso fue emitido en RAC1, se les unió un ejército internacional de investigadores voluntarios que se pusieron a echar horas para tratar de conseguir pistas. 


Hay personajes, como una mujer detective que vive en una caravana, que merecerán por sí solos una serie documental. La factura visual, por otra parte, es la habitual de Crims, una marca asentada ya, que ha conseguido convertir las crónicas de sucesos en un formato estilizado y atractivo. En este caso, posiblemente, han conseguido firmar la más elegante de todas sus entregas, porque no tenemos una propuesta atractiva porque hay un crimen, sino una historia humana muy emocionante y emotiva cuyo origen se desconoce, pero probablemente se trate de un crimen. Es muy distinta una cosa de otra. 

De hecho, si leemos las críticas nos encontramos que se subraya que el equipo de Porta se ha distanciado del género true crime, agobiantemente de moda e imperecedero. Afortunadamente, no vamos a recordar Abandonados por detalles escatológicos propios de la crónica de sucesos, sino por el precioso amor de unos padres a sus hijos adoptivos, por lo mismo pero de los hijos hacia esos padres. Y también por el verdadero misterio que se desvela en los cuatro episodios, que no es ningún caso policial ni ningún asesinato, sino algo mucho más importante como es averiguar que no fueron abandonados, sino que algo pasó, nunca lo sabremos, que les separó de sus padres biológicos. Resolver un caso así es mucho más edificante que la casquería que, por acumulación, agota del citado género. 

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