VALÈNCIA. Que de Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad y Better call Saul, podíamos esperar lo mejor era evidente. Pero que iba a ofrecernos una de las series más originales e imprevisibles de los últimos tiempos no lo vimos venir. Una joya, eso es Pluribus, su nueva creación disponible en Apple TV.
Gilligan nos lleva al territorio del fantástico o la ciencia ficción, algo que no le pilla de nuevas, puesto que fue guionista de 30 episodios de Expediente X, donde también ejerció, a lo largo de muchas temporadas, diversos roles de productor. En Pluribus nos sitúa en el presente, ante la llegada de un virus alienígena que transforma a toda la humanidad en un único ente, algo así como una mente colmena, en la que no hay individuos ni identidad. No hay yo, solo nosotros. Cada habitante de la Tierra tiene acceso instantáneo a todo el conocimiento acumulado y, así, cualquiera de esos habitantes puede realizar una operación quirúrgica, construir una máquina compleja o cocinar una delicatesen. Ese ente, la humanidad, vive en el amor y la felicidad permanente, es incapaz de hacer daño y, mucho menos, matar. Ni a una mosca, y aquí no es una frase hecha. Por no matar, ni siquiera arrancan los frutos de su árbol y, para alimentarse, solo recogen los que han caído por su propio peso, porque toda forma de vida es sagrada. En puridad, no debería emplear ese adjetivo que alude a la religión, porque en la serie no hay la menor referencia a ella, pero no hay otro modo de decirlo.
He dicho que el virus ha transformado a toda la humanidad, pero no, no es así. A toda no. La protagonista, Carol, es inmune al virus. Y ahí arranca la historia. Carol contra el mundo. Un mundo igualitario y pacífico, lleno de felicidad y amor, pero sin conciencia del yo, esto es, sin individuos ni identidad y, por lo tanto, sin que exista el concepto de libertad. No se trata de que se viva en una falta de libertad, es que el concepto en sí no existe. Es innecesario. No hay clases sociales, no hay propiedad privada ni dinero, nadie ejerce el poder, no hay estado, no hay dioses ni cultos, no hay desigualdad ni explotación. Solo amor, empatía, colaboración y felicidad.
Y frente a esa nueva realidad, la fascinante protagonista de la serie. Una mujer madura ya entrada en los cuarenta, exitosísima escritora de novelas comerciales de romance y aventura, lesbiana, enamorada de su pareja y correspondida. Lo tiene todo y, a pesar de ello, es arisca y antipática, vive permanentemente enfadada y hace gala de un cinismo constante. Eso, antes del virus. Después del cataclismo, Carol se muestra todavía mucho más enojada y huraña frente a ese ente atento siempre a sus deseos y necesidades, empeñado en que sea feliz y se sienta querida. Pluribus, entre otras muchas cosas, es la historia de una mujer desafiante y rebelde, empecinada en que nadie la quiera. Un personaje extraordinario creado especialmente por Gilligan para Rhea Shehorn, una actriz soberbia, como demostró en Better call Saul, que aquí está maravillosa. Y no es el único personaje fascinante. Hacia la mitad de la serie hace su aparición Manousos Oviedo, otro individuo inmune al virus, interpretado, muy bien y con mucho poderío, por el actor colombiano Carlos Manuel Vesga.

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Con esa magnífica premisa de partida, Gilligan ofrece una serie imprevisible, con giros inesperados, pero no gratuitos ni frívolos, porque son fruto de una profunda coherencia narrativa y emocional. El relato, como en sus series anteriores, es minucioso, sostenido en gestos cotidianos, en el seguimiento detallado de las acciones. En parte por la propia naturaleza de la historia, pero también como opción estética deliberada, hay muchos momentos sin diálogo, episodios en los que se pronuncian muy pocas frases. Esto lo habíamos visto tanto en Breaking Bad como en Better call Saul, series con las que mantiene no pocos puntos de contacto, aunque aquí estemos en el terreno del fantástico. En todas ellas tenemos protagonistas enfrentados al mundo y empeñados en moldearlo a su conveniencia, y esa puesta en escena meticulosa, en la que seguimos a los personajes centrales en sus acciones cotidianas. Otro elemento común es el uso del paisaje, no solo porque las tres ficciones tengan lugar en Albuquerque, y compartan una luz y una orografía. Se trata de una concepción expresionista de la relación entre la figura y el espacio que logra transmitir el sentido, desde lo estrictamente visual, en un juego estético desarrollado en términos de forma y color: amenaza, ansiedad, desequilibrio y, sobre todo, soledad, uno de los temas principales de Pluribus, también esencial en las otras dos series. Son esos casi no lugares, impersonales y repetitivos, como la urbanización donde vive Carol, el supermercado, los parkings, el hospital, los edificios de oficinas, donde el cuerpo humano, el individuo, encaja de un modo muy problemático.
Y, para acabar, dejo por aquí una de las grandes cuestiones que suscita Pluribus: si todo el mundo es feliz y pacífico, no hay conflictos ni violencia, y solo dos personas, exactamente dos personas, están en contra de ese orden de cosas, ¿estamos ante una distopía o una utopía? Este no es Un mundo feliz de Aldous Huxley, no hay alfas y épsilons, no hay soma, ni un Estado mundial que organice a la población. Si lo miramos desde los ojos de Carol, a quien amamos con toda su misantropía, o desde nuestra propia convicción en la libertad, el yo, la identidad y la voluntad, sin duda. Pero desde el nosotros que la serie construye, ese ente que ha dado a 800 millones de personas un estado permanente de amor y felicidad, no. Esperamos con ansia una segunda temporada que nos permita responder algunas preguntas y plantearnos otras nuevas.

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