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LA MANO INVISIBLE / OPINIÓN

So long, my friends

Foto: ROBER SOLSONA/EP
28/09/2022 - 

Me voy a poner intensa. Ya estáis avisados.

A las estrellas supernovas les pasa una cosa curiosa: cuando están muriendo, primero, revientan, con un brillo fulgurante que hace que, desde fuera, parezca que asistimos al fenómeno opuesto. Un canto del cisne celestial. Así morirá el capitalismo tal cual lo conocemos; con unos beneficios récord para todas las empresas grandes de la economía. Parecerá que el modelo no tiene freno, que no tiene fin, que podemos seguir eternamente en este crecimiento acelerado extrayendo recursos de un mundo cada vez más irreversiblemente exhausto. Luego, de repente, se hundirá llevándose muchas cosas consigo porque no hemos sido capaces de encauzarlo a nuestra conveniencia o necesidad. (Y probablemente de la mano de una socialización de pérdidas a costa de magníficos rescates públicos).

Igual nosotros no somos testigos. Yo, que soy parte de la juventud más lozana (mimmimimimi, sí lo soy, ¿qué pasa?), honestamente, y a diferencia de otros acontecimientos (la III República española como jefatura de Estado definitiva), preferiría perderme este espectáculo de voladura no controlada.

El otro día estaba en un seminario sobre sostenibilidad y competencia -percibo el conflicto, bajad un par de grados vuestra sonrisa socarrona-, y en otro, hace un poco más de tiempo -me doy cuenta de que asisto a demasiados seminarios con una temática aparentemente contradictoria- sobre sostenibilidad y bienestar del consumidor. Un manco podría contar con los dedos de sus manos las veces que se mencionó el “decrecionismo”. Y no es por ignorancia, me temo. Estuvimos hablando, con los datos climáticos en la mano y prácticamente siempre proyectados como si fuera una cuenta atrás del cataclismo en gráficas de colores brillantes, durante horas sobre teorías acrobáticas que permitieran verdecer el capitalismo, confundiendo innovación y eficiencia con sostenibilidad, como si fueran conceptos perfectamente intercambiables. Y esto es una falacia lógica grave. Es gracioso (o, más bien, psicótico) que se ignore la cuestión central cuando la Economía es la ciencia de la escasez. José Manuel, baja la ventanilla de tu SUV un momento que quiero contarte un secreto: los recursos no son infinitos por mucho que separes la basura. ¡Es la premisa sobre la que descansa tu religión! Que no eres Jesús, José Manuel. No puedes multiplicar los panes, los peces y el silicio.

Foto: ROBER SOLSONA/EP

Los factores de producción tienen rendimientos decrecientes, especialmente si se considera que la economía no pasa en el vacío, sino en un medio con recursos finitos. Y esto es algo que ya sabían Ricardo, pero también Marx y … Malthus. El único correctivo que ha estirado más allá de lo previsto los recursos es (redoble de tambores) la tecnología. Dicho lo cual, por favor, si me queréis, ahorradme la fantasía de la huida hacia delante arguyendo que la innovación tecnológica es un mesías que viene a salvarnos del punto de saturación de absorción de contaminación y que, por eso, lo que hay que hacer es seguir creciendo indiscriminadamente para que, en algún momento, por ensalmo, la solución aparezca burbujeante en algún proyecto inesperado. De momento la fe no es un argumento en ciencia, la ineficiencia es el gran enemigo del capitalismo y estamos demasiado cerca del colapso como para, sin necesitar medicación, jugarnos el cuello a una única carta que, de momento, no se atisba en el horizonte. Esta propuesta consistente en correr hacia un muro a toda velocidad con la esperanza de que la pura necesidad haga que nos crezcan alas (un lamarckismo curioso) es casi tan singular como los planteamientos de la filosofía “post-capitalista” digital, con su evolución hacia la desmaterialización de los productos y servicios, pero manteniendo tal cual el capitalismo de dominantes… Me duele la cabeza sólo de pensar lo absurda que es la utopía tecnológica que plantean confundiendo costes marginales tendentes a cero con costes totales tendentes a cero. Que la realidad no estropee tu sueño, supongo.

La búsqueda del crecimiento económico indiscriminado -el PIB como fórmula oscurantista que mide lo que les sale de la flauta dejando fuera cosas que no interesan por lo que sea e incluyendo otras marcianadas- a través de una producción y consumo desaforado puede que nos salve de una crisis económica a corto, o más exactamente que nos saque de una en la que se nos ha metido previamente y de la que salimos con menos derechos y calidad de vida a cambio de sobrevivir a los shocks que cíclicamente causa el modelo cuando encuentra un tope que tiene que reventar para seguir colonizando. Pero esto no equivale necesariamente a progreso.

Y ahora viene una renuncia personal que me duele profundamente. La solución *tampoco* es el capitalismo de Estado. Cambiar la titularidad de los medios de producción, ya sea hacia los trabajadores, ya sea al Estado, está bien, supongo. Y soluciona algunas cosas o facilita transiciones. Pero persiste un problema, que es igual de importante: es un sistema que sigue estando orientado hacia el crecimiento, aunque con un modelo de distribución distinto, eso es cierto. Los recursos esenciales continúan, sin embargo, sin reproducirse por gemación y lo consumido, en la mayor parte de ocasiones, no se puede recuperar. Se ha perdido.

Foto: EDUARDO MANZANA

Dicho lo anterior, y por quizás el sesgo de confirmación que padezco, lo que sí creo es que es un paso indispensable para democráticamente decidir, con un reparto de renuncias comme il faut, dónde empezamos a meter tijera (de cada cual según su capacidad) y dónde seguimos desarrollándonos (a cada cual según su necesidad), lo cual no sólo exige una discriminación por industrias, sino también geográfica y social.

Decrecer no es cerrar todos los grifos de la economía desordenada e inequitativamente. Por eso no se trata de una recesión y los efectos no serán los mismos que en una crisis, aunque así se presente. Eso es un simplismo insultante y un ejercicio de demagogia olímpico. Se trata de cerrar aquéllos que no suman (o lo hacen sólo para determinados accionistas) para dar corriente y presión a otros que sí ayudan. Y antes de que me acuséis de moverme entre vaguedades, lo digo: no se trata de reducir anárquicamente y de forma individual, como cada uno entienda, el consumo que menos le duele. Eso es limosna medioambiental. Es un proceso global, planeado y dirigido, especialmente afectando a las economías destructivas y parasitarias. Y va a requerir sacrificios, desde luego.

Hay racionalmente convencidos que, sin embargo, sostienen que es una idea políticamente difícil de vender. Como los DDHH, señor. Subordinan la economía y su reconocimiento y garantía hace que determinados seres humanos vayan a vivir peor. Pero la mayor parte de gente va a verse ampliamente compensada. Por eso hay que insistir en que la buena noticia es que las renuncias han de ser proporcionales. La mejor, es que la calidad de vida va a incrementarse porque vamos a seguir invirtiendo en sanidad, educación, agricultura y ganadería sostenible y de proximidad, recursos compartidos, etc. No hay que volver al medievo de subsistencia o reducir los estándares de calidad de vida.

Va, voy a decir lo obvio, lo mejor es una combinación de un decrecionismo público o eminentemente público. Porque lo pequeño, es hermoso (con todas las matizaciones que queráis hacerle al pobre Schumacher). Pero si es público, lo es aún más.

Y ya está. Esto sería todo más o menos lo que quería contar. Supongo que muchas gracias a quien ha leído, con aprecio o desprecio, la columna. Nadie tiene la verdad absoluta y de todo se aprende. Yo no he aprendido nada, por supuesto, porque soy muy impermeable al conocimiento. Aunque a la vista de los acontecimientos actuales, algunas afirmaciones quizás las matizaría un poco menos. Pero espero que vosotros sí. Especialmente José Manuel, que somos un poco todos.

En realidad, lo que yo querría idealmente es que, si alguna cosa se ha de recordar de este viaje relámpago, a fuerza de haberla repetido machaconamente, sea lo siguiente. En primer lugar, que el capitalismo en su diseño actual es sólo uno de los sistemas posibles. No creo que sea el mejor ni inevitable, pese a que es innegable que ha traído consigo unos aumentos de calidad de vida brutales a la larga para gran parte de la población -aunque habría que deslindar el crecimiento económico, que quizás ha sido la causa de esto, del capitalismo, que es el modelo económico en el que se ha producido-. Pero es el que la mayoría piensa que es mejor y contra eso aún no se puede luchar. La imaginación, no obstante, ha de permitirnos pensar otros que sean compatibles con una existencia de calidad y sostenible. Porque, si no, menudo embargo de imaginación tenemos. Y nos va a tocar hacerlo más pronto que tarde. Pero si nos empecinamos en mantenerlo indebidamente y con un coste no asumible no sólo para generaciones venideras (que parece que llevemos una guerra cuyo enemigo son los humanos del futuro y estemos sirviéndonos de la táctica de tierra quemada), sino para la vigente, pese a la que se nos viene encima, y puestos a reventar el mundo, lo mejor que se puede hacer es moderar las externalidades e internalidades negativas que tiene, que son muchas. A ver si conseguimos retrasar algunos años el desenlace fatal para salir ordenadamente de esta trampa inequitativa inter, pero también intrageneracional.

Lo segundo, por supuesto, es que “De la -bochornosa- Corona” tiene que desaparecer de nuestra Constitución. Y no es que dé exclusivamente vergüenza por quién se encuentre ostentando el cargo en el momento de turno. Es una abominación la institución en sí misma que nos empuja a un vasallaje impropio de ciudadanos libres de un Estado democrático moderno. 

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