VALÈNCIA. En la pista de baile, el cuerpo insiste. Repite, aguanta, se aproxima al límite sin llegar a romperse. Desde un patrón que se prolonga hasta el agotamiento, la coreógrafa y bailarina Candela Capitán construyó en 2018 The Death at the Club. Una pieza que, ocho años después, regresa a La Mutant sin perder filo. Aquello que entonces intuía Capitán —la alienación y el control de los cuerpos, la ilusión de comunidad en espacios atravesados por la tecnología—, el tiempo lo ha convertido en un reflejo incómodo.
La obra podrá verse los días 20 y 21 de marzo en La Mutant. El viernes lo harán varios bailarines, y el sábado lo hará en un solo, su formato original.
—Presentas The Death at the Club en La Mutant, una pieza que en realidad llevas girando desde 2018. Esa intuición inicial a la hora de abordar la pieza —que tiene tanto que ver con la cultura club y con el cuerpo dentro de ese espacio— ha ido mutando. Desde 2018 han cambiado muchas cosas: estaban unos cuerpos ocupando esos espacios, llegó la pandemia y todo se resignificó, y ahora parece que vuelve a hacerlo. ¿Cómo sientes que ha evolucionado esa investigación que empezaste con la pieza?
—La pieza tiene algo de premonición. No creo que la pandemia llegara más tarde y la resignificara, sino que ya podíamos ver cómo la sociedad y los cuerpos se estaban aislando cada vez más. La pieza habla de cómo unos cuerpos entran en una rutina, y hay momentos en los que quieren salir pero el cuerpo nunca sale; y hay una especie de gozo o de diversión dentro de ese control que supone el patrón de movimiento de la pieza.
Fue mi primera obra después de una performance que casi no tiene movimiento. En esta pieza no se lee tanto cómo la tecnología ha influido en el cuerpo —de hecho, creo que es la única obra mía en la que no aparece de forma directa—, pero sí está ese principio de aislamiento, que tiene que ver con el control abusivo de los cuerpos que viene de la tecnología.
—¿Qué papel juega la música electrónica? Se puede entender como una música asociada a la evasión o la disociación, pero también hay movimientos repetitivos y ciertas dinámicas dentro del club que no son tan positivas. ¿Qué te interesaba de esa materia prima?
—En el momento en que la hice, yo empezaba a salir de fiesta y a conocer la cultura club. Tenía una pareja que era DJ y me chocaba muchísimo cómo el cuerpo intenta llevarse casi hasta la muerte, cómo lo llevamos al extremo, pero nunca llega a morir. Eso es algo que se puede ver en casi todas mis piezas: llevar el cuerpo al límite y encontrar cierto gozo en ese límite.
—¿Y el contexto del club?
—Me interesaba mucho la conexión que sucede en la escena del club, sobre todo en Europa, porque aquí creo que no se da de la misma manera. El mensaje es un poco antagónico: por un lado están los cuerpos desfasados, llevados al límite, y por otro hay una conexión total con el ritmo de la música y con la comunidad.
Aunque el cuerpo está completamente aislado —no hay conexión de mirada ni de contacto entre ellos— sí hay una conexión completa con lo que pide la obra y con el ritmo de la música. Por eso decía que no hay un mensaje único: son dos cosas que se contradicen, pero ambas están presentes.
—En València presentas la pieza en formato solo y otra con más intérpretes. ¿Cómo se resignifica según el formato?
—Una es un solo y la otra la harán solo chicos y yo no estaré. Tengo muchas reglas a la hora de crear y una de ellas es que las piezas no pueden cambiar una vez se han presentado; pero en este caso me la salté, porque fui añadiendo cuerpos a la obra (aunque la pieza en sí no ha cambiado).
Decidí que solo fueran hombres porque me interesaba ver qué pasaba con los diferentes géneros. Cuando la hicimos en el MNAC la programé tres días: uno lo hacía yo, otro las chicas y otro los chicos —entendiendo el género de forma amplia, pero agrupando a intérpretes que se sienten más cercanos a lo masculino o a lo femenino.
La pieza cambia muchísimo, porque solo tiene un movimiento, bastante brusco, y se percibe de manera muy distinta según el cuerpo que lo ejecuta. También cambia si la interpreto yo o si lo hacen otros intérpretes. En mi caso hay una dimensión más performática, conectada con cómo entiendo mi trayectoria.
Los intérpretes tienen unas reglas mucho más codificadas y tienen que estar pendientes del grupo, mientras que cuando la hago yo, al haberla performado muchas veces, soy quien toma decisiones en el momento.
—Decías antes esta idea, que atraviesa otras piezas tuyas, de llevar el cuerpo al límite. Quería preguntarte qué sientes tú en ese proceso, qué significa ese goce; y si, al llevar el cuerpo al límite, te fundes de alguna manera tú como creadora y el personaje de la pieza.
—Es una pregunta complicada. Yo entiendo que todas mis interpretaciones, tanto si las hago yo como si las hacen las intérpretes, están muy conectadas con lo que me sucede a mí o con lo que pienso en el momento presente. Cuando transmito la pieza a las intérpretes, también tiene mucho que ver con lo que pienso que está ocurriendo hoy. No trabajo desde el personaje.

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—¿Y de qué manera las circunstancias de cada día modifican esa sensación de llevar el cuerpo al límite? Puede ocurrir que las condiciones no te permitan llegar a ese goce del que hablabas.
—La pieza te da esa libertad. Con los intérpretes hay pautas, pero no es como enseñar una coreografía cerrada. No es como en un solo, donde todo está definido desde que entras hasta que sales del escenario. En The Death at the Club hay una regla que tiene más que ver con la construcción de la performance.
En este caso, los intérpretes tienen permitido parar en cualquier momento del espectáculo y también no realizar determinados movimientos, como las volteretas. Hay una construcción completamente libre a la hora de componer con lo que te sucede ese día. Lo que pasa es que la propia estructura te propone un juego: no vas a tirarte al suelo desde el segundo uno, pero sí hay algo que te empuja a llevar el cuerpo al límite de verdad.
— Decías que en esta pieza no abordas directamente la influencia de la tecnología —como sí ocurre en trabajos posteriores—, pero no sé si sientes que, en estos ocho años, aunque sea de forma indirecta, la evolución de las redes ha podido influir en las lecturas de The Death at the Club.
— Es imposible mirar mis piezas ahora sin tener en cuenta toda la evolución de las redes sociales desde Solas hasta hoy. Pero también puede suceder lo contrario: creo que ahora hay muchas ganas de consumir lo inconsumible, de buscar lo que genera comunidad. A veces, incluso como espectadora de la obra, lo que me interesa leer es la parte emocional: cómo conectan los cuerpos, cómo se relaciona la coreografía, qué ocurre entre ellos sin necesidad de vincularlo a los dispositivos.