VALÈNCIA. Hace tres años, Miguel Peña Novo publicaba un libro titulado La Bodega. Última ronda en un bar de barrio, donde realizaba una crónica de los últimos momentos de un local en el vecindario barcelonés de Sant Antoni. La jubilación de su propietario, después de 35 años tras la barra, le sirvió al autor para rendir homenaje a los comercios locales que luchan “contra la uniformidad, la especulación urbanística y la gentrificación”.
Aquel texto que olía a vino de la Terra Alta, a barrejas, callos y sepia a la plancha, le sirve ahora de telón de fondo para la obra que del 23 al 25 de octubre representa en La Màquina Teatro, La taberna de los perros, sobre el dueño de un bar al que le sorprenden la instalación frente a su negocio de unos activistas del Sindicat de Llogateres para frenar un desahucio.
La existencia de zonas tensionadas, la subida del precio del alquiler y la dificultada para acceder a la compra de la vivienda en las grandes ciudades españolas ha sido algo palpable en los últimos años, pero sus propuestas escénica y literaria se han resignificado estas semanas. “Son temas que siempre han sido importantes para mí por experiencias que he tenido como inquilino y no le deseo a nadie: con juicios civiles y situaciones de ansiedad. Pero estos días, con el desahucio, las acampadas y la muerte de Mari Carmen, la actualidad ha vuelto a poner este problema en la agenda pública”, explica el dramaturgo e intérprete de la obra junto a Quim Frago, Paula Lozano, Òscar Bosch, Saïd Bosch.
Los protagonistas de esta tragedia costumbrista son un tabernero y su cliente más fiel, “dos seres que a priori no comulgarían con la ideología del sindicato, pero que sufren el mismo problema que les llogateres denuncian”.

Ecos de Carlos Arniches y de Valle-Inclán
La inspiración para perfilar a ambas figuras la encontró en los sainetes publicados en 1917 por Carlos Arniches en su libro Del Madrid castizo. Entre sus tramas, pobladas de personajes populares, Novo destaca un texto en el que los feligreses de una taberna conversan sobre la I Guerra Mundial como si se tratara de una cumbre diplomática.
“En los bares se habla de muchas cosas, y a mí me hacía gracia probar que hay asuntos normalmente atribuidos a un cierto sector social que, en realidad, afectan a todo el mundo -desarrolla el autor-. Así que buscamos plasmar que la vida también puede ser un tema de cuñados y de gente de bar”.
La taberna de los perros rescata a personajes de aquel libro que le procuró el V Premio de Periodismo Literario de la Universitat Autònoma de Barcelona. En aquella publicación, su autor también se remontaba al momento en el que se construyó el edificio que alojaba el bar. Aquella contextualización le sirvió para relatar el auge de la industrialización en Cataluña y abarcar la historia del barrio del Eixample de Barcelona.

“La historia de un país y las trincheras que vertebran sus heridas se pueden ver en los bares, que a la vez, son espacios sociales donde confluyen gentes de diferentes formas de entender la vida, así que a través de estos locales se puede contar la historia de un país y también unificarse, tanto explicar como tender puentes”, expone el responsable de que, sobre las tablas, la historia humana detrás de un veterano y de su forma singular de entender el negocio y la vida se trencen con la interacción con sus clientes y el barrio.
Mientras que su libro se centraba en la desaparición de los locales de toda la vida, su pieza teatral lo hace en la desaparición de los vecinos de toda la vida. “Son las dos caras de la misma moneda: se desahucia a la gente de sus casas y a los comercios de sus barrios, y las urbes se convierten en centros turísticos. Da mucha pena”, se apesadumbra Novo para. a continuación, comparar la deriva de los paisajes urbanos contemporáneos con el Parque Europa del municipio madrileño de Torrejón de Ardoz, donde existen desperdigadas 18 réplicas de monumentos como la Torre Eiffel, la Fontana de Trevi, el Puente de Londres y la Puerta de Alcalá, amén de un fragmento del Muro de Berlín. “Tendemos a convertir las ciudades en un parque temático de cartón piedra y a excluir todo lo que de alguna forma ha constituido nuestro país y la memoria de nuestro país”, concluye.
La obra de teatro, coescrita entre Miguel y Axel Novo, quien además dirige, representa la resistencia vecinal en las figuras del tabernero y su cliente fiel, “esa persona que está apoyada en la barra del bar y parece que tenga moho de estar ahí todo el día tirado”. A los protagonistas les suman un manifestante y el borrachín tipo, tomado de Valle-Inclán, ese tipo de clientela que desaparecerá cuando el bar que habitan como un segundo hogar desaparezca.
El calor del humor en un bar

Sin llegar al esperpento y el escenario grotesco frecuentado por Max Estrella, la compañía Pecado Tarambana se las arregla en La taberna de los perros para extraer humor del drama.
La ecuación matemática básica de tragedia más distancia igual a comedia es difícil que funcione aquí, porque lo que se aborda es un problema del presente con víctimas diarias y una mártir concreta de la lucha contra los desahucios, una anciana de 87 años fallecida en el hospital y que ha dado nombre a un decreto sobre moratoria de desahucios hasta 2030, topes al alquiler y medidas fiscales tumbado en el Congreso por PP, Vox, Junts y UPN, Mari Carmen.
“Es verdad que ahora mismo es complicado arrancar risas, pero el humor es la herramienta que tienen los de abajo para contrarrestar las injusticias de los de arriba, así que puede hacerse comedia siendo muy honesto y, sobre todo, aprendiendo a reírse de uno mismo y siendo consciente de que no ha de ser gratuita, sino aspirar a cambiar algo”, desarrolla Peña Novo.
Su propuesta escénica ha coincidido este año con otra audiovisual acerca también de la gentrificación y la turistificación, Ravalear, en HBO, un thriller de seis capítulos inspirado en el cierre del centenario restaurante familiar del director Pol Rodríguez por culpa de un fondo buitre.
Esta coincidencia responde, según su responsable, al malestar frente a los desalojos y la especulación urbanística. “Es un tema que está ahí, en cualquier bar y a cualquier hora. El problema es que siempre llegamos al mismo punto: acabamos cabreados porque no tenemos una solución clara. Así que la gente que expresamos nuestra sensibilidad a través del teatro, del cine o de la literatura recogemos esta inquietud social y la plasmamos en una serie, en un libro o encima en un escenario -considera-. Hemos aplazado mucho este momento y ahora, tanto en las calles como en la creación, la crisis de la vivienda se ha convertido en una expresión de rabia”.
