VALÈNCIA. La dramaturga y clown Patrícia Pardo, una de los oráculos de Guadalupe Sáez cuando pergeña un texto, asegura que aunque la alicantina lo niegue en una plaza pública con un altavoz en mano, la obra con la que visita los días 14 y 15 de noviembre el Teatro Rialto, Tinc un bosc al cervell, es un thriller.
La temporada pasada, Sáez recibió una de las Ayudas Benet i Jornet de la Sala Beckett para desarrollar un escrito teatral. La inspiración la asaltó en el lugar menos pensado: era Navidad y se fue con su hijo al castillo hinchable más grande del mundo, en el Centro Comercial Bonaire.
“Cuando llegué a esa monstruosidad de colores fascinante, lo primero que pensé fue que en dos segundos iba a perder a mi hijo, que no le había apuntado el teléfono en el brazo y no se lo sabía de memoria”. Ese instante especulativo de pérdida y pánico inspiró una escritura poblada de muchas voces que deriva de la estampa del disfrute familiar hacia el pavor absoluto con el que ahora
- La obra aborda el miedo a perder un hijo, el miedo a perderte como madre, el miedo a ser una mala madre, la presión para construir una familia perfecta y la de tener una relación de pareja perfecta. ¿La enmarcarías en el género de terror psicológico?
- Podemos hablar de una obra de tensión, aunque para mí también es una obra muy íntima, porque luego intenta volar hacia otras cosas y habla también sobre cómo nos sostenemos y acompañamos en lo pequeño y en lo dedicado.
- El director de la Sala Beckett, Toni Casares, ha declarado que te explayaste con 18 personajes porque te había advertido que no se representaría. ¿Te coartas entonces habitualmente al escribir?
- Obviamente, cuando trabajas para otras compañías o para la tuya, la precariedad en la que estamos instaladas te condiciona, pero esta obra la escribí por el gusto de escribir, por el placer de sentarme con el sostén y el soporte de una institución como es la Sala Beckett, que junto al Centro Dramático Nacional, son dos grandes soportes a la dramaturgia. Me pareció muy interesante tener muchas voces en un aparcamiento de un centro comercial, poder ir adelante y atrás en el tiempo, hacer acotaciones poéticas imposibles de montar.
- Según Casares, tu propuesta entronca más con la tradición germánica que con la anglosajona, ¿te lees así, en alemán?
- También me lo dijo la directora, Alícia Gorina, pero yo no sé lo que quiere decir eso. Siempre había pensado que era de Alicante. Creo que estoy dejándome llevar y siguiendo una evolución natural. Si te lees los primeros textos que escribí y llegas hasta ahora, hay un momento donde se produce un salto, pero en lo que se refiere a temáticas, las mujeres como personajes protagonistas, maternidades e historias pequeñas, están todo el rato. Quizás lo que cambia es la estructura.

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- Foto: Sala Beckett
- Tu respuesta me ha hecho pensar en la nueva ola de cine femenino en nuestro país, en cómo en los últimos años se están abordando historias pequeñas, íntimas, que se elevan a colectivas y terminan adquiriendo un peso social. ¿Consideras que hay un teatro escrito por mujeres coetáneo a ese movimiento en nuestro país?
- Las creadoras siempre hemos estado ahí. Desde el feminismo y desde reconocerme feminista entiendo que nuestra mirada es otra, una que durante mucho tiempo no ha tenido espacio ni cabida en los grandes circuitos ni en las grandes apuestas de los centros de creación. Pero poco a poco, nos hemos ido haciendo hueco, también a base de políticas de obligación, de apoyar los cupos y cuotas de autoras que están haciendo verdaderas maravillas. Ahora mismo, por ejemplo, pienso en una propuesta que vi hace nada de Julia Irango que me parece una creadora bestial. Llevan ahí muchos años, siguen trabajando y deberían estar ocupando espacios inmensos ahí fuera. Tenemos un nivel de creadoras en el País Valenciano que es espectacular.
"Tenemos un nivel de creadoras en el País Valenciano que es espectacular"
- Quizás ese entronque germánico tiene que ver con tus lecturas infantiles. Tu padre os decía que en literatura podíais gastar todo lo que quisierais, ¿lo has trasladado a tu vida familiar?
- En comprar libros podíamos gastar todo lo que quisiéramos; en unos pantalones caros, igual no. Mi padre ha sido clase obrera toda su vida, ha trabajado mucho y ha tenido muy poco dinero para lujos. Entonces, para él, la educación y la formación eran algo que no te iba a quitar nadie jamás. Y yo, en mi casa, intento hacer un poco lo mismo: soy de esas personas que acumulan libros y los van leyendo. Algunos los tengo comprados durante un año, pero sin leerlos. Están ahí y me parece que es bonito dedicar dinero a algo que no es una necesidad productiva o no tiene una utilidad económica directa. El beneficio pasa por otro lado.
- ¿Qué opinas de los cuentos aleccionadores para niños, esos que se enraízan en los terrores primarios?
- A mí el cuento me interesa mucho. De alguna forma, desde Com l'amor del llop pels corders, siempre se me va colando: hay algo de estas mentiras primigenias que trasladamos a los hijos y a las hijas. También es cierto que esta pieza tiene que ver no solo con la pérdida de un hijo o de que una persona desaparezca, no volver a saber de ella y por tanto, que no se pueda producir un luto porque estás en un limbo extraño, sino también con las relaciones más cercanas y con la sensación de perder constantemente al otro que tengo actualmente.
- ¿Me desarrollas ese temor?
- Estamos cada vez más aislados y más solos y nos cuesta más querer al otro y seguir a su lado. Es una sensación de pequeños vacíos que no se pueden recomponer nunca y no sabes cómo curar, para los que tampoco tienes palabras para poderlos verbalizar.
-¿Se podría decir que cuando no puedes verbalizar algo escribes teatro?
- Sí. Se podría decir que cuando necesito entender algo o no lo consigo, escribo, porque el teatro consiste en hacerse preguntas y dudar todo el tiempo.

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- Foto: Sala Beckett
- ¿Eres una dramaturga de interrogantes o de puntos suspensivos?
- De puntos suspensivos. Por eso te decía que no creo tener ninguna certeza. Me aparecen temas que me interesan o hay imágenes que de repente me golpean y empiezo a pensar sobre ellas, pero muy pocas veces llego a tener una respuesta. No suelo escribir textos que te den una solución después de verlos o leerlos, porque no la tengo y porque creo que muchas veces las respuestas y las soluciones vienen desde lo comunitario y lo asambleario. En ese sentido, el teatro me parece un espacio maravilloso para llegar ahí. Pero, claro, una sola desde su casa es muy difícil que sea capaz de tener esa lucidez.
- Antes escribías en bares, pero ahora te cuesta trabajar fuera de casa, ¿cuál es el rincón donde te concentras?
- Pues mira, contra todo pronóstico, hoy estoy en una cafetería. También es cierto que durante la pandemia me acostumbré a escribir en mi casa y la siento como un espacio de seguridad.
- ¿Tienes la disciplina suficiente para no escribir fuera de los horarios de trabajo marcados?
- Me gustaría decirte que sí, que lo he conseguido, pero no. De hecho, el viernes estaba escribiendo de noche en mi casa y pensaba: "Son las 2 de la mañana, igual debería irme a dormir". Intento tener un horario. O sea, es verdad que conforme me voy haciendo más mayor y una señora más vieja, escribir por las noches y por las tardes me cuesta mucho, así que intento aprovechar las mañanas, porque si no, el cerebro no me va. También es verdad que me encantaría decirte que tenemos unos trabajos superguays, que nos permiten hacer 70 cosas a la vez y que es todo muy ordenado, pero no sería cierto. Estamos todas un poco en el pluriempleo precario para salir adelante, comer y, preferiblemente, cenar todos los días, y lo vas haciendo cuando puedes: en épocas con más carga de trabajo todo el rato y en otras, con menos y un poquito más de organización y libertad.
- Has practicado la autoficción en Para que no te me olvides, a fin de mantener vivo el recuerdo de tu padre; en La lengua incompleta, sobre la comunicación con tu madre; y en Nínive, sobre tu abuelo. En el caso de tu hijo, ¿has preferido tirar por la autoespeculación?
- Y también de cosas pequeñas que nos pasan. Dice Alícia Gorina, que esta historia tiene muchas capas y que puedes hacer diferentes lecturas de la misma pieza. Para mí, hay, sobre todo, una serie de personajes que están muy solos con un dolor muy profundo. En ese sentido, la maternidad me atraviesa como persona y como autora todo el tiempo. Y es cierto que hay muchas cosas que me planteo que no sé explicarle a mi hijo, muchas pérdidas, de una forma constante. Cualquier obra parte de lo personal. Yo escribo de las cosas que no entiendo y que no sé explicar.
- Al respecto de la autoficción, en nuestra última entrevista me dijiste que no podemos avanzar “si no conocemos lo que sucedió en el pasado”, ¿crees que avanzamos si anticipamos lo que nos puede deparar el futuro?
- No lo sé, no tengo ni idea. Si lo supiera, seguramente no escribiría teatro, sino que estaría haciendo otros trabajos mucho mejor remunerados. Lo que creo es que los seres humanos somos, en general, muy parecidos unos a otros y constantemente necesitamos darnos explicaciones o intentamos sentirnos seguros, protegidos, a salvo, sostenidos y acompañados. En ese sentido, necesitas entender de dónde vienes para saber a dónde vas e intentar prever dónde vas a estar para encontrarte preparada para lo que te viene, aunque ninguna de las dos cosas es posible del todo.

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- Foto: Sala Beckett
- Hablando de trabajos mal remunerados, estudiaste Periodismo, pero en cuarto de carrera tuviste una crisis de fe, ¿sigues, no obstante, atenta a la narración de la verdad?
- Lo dejé porque empecé a trabajar en medios y me di cuenta de que hay muchas cosas que no puedes decir por cuestiones que tienen que ver con muchos intereses, así que empecé a pensar que mejor contaba yo las historias. De repente, en la libertad del relato, encontré la posibilidad de contemplar muchos puntos de vista que muchas veces, en una crónica periodística, no tienen cabida.
- ¿Cómo llevas esta época de posverdad o directamente de mentiras?
- La situación periodística me pone muy triste. Yo le tengo mucho respeto al periodismo y mucho cariño a esta profesión: me parece súperimportante que existan medios plurales, libres y que tengamos claro que no todas las opiniones tienen cabida en los medios o no deben tenerla. Pero ahora mismo hay un clima de hostilidad muy bestia que no nos deja pensar, y todo va demasiado rápido como para pararse a hacer reflexión de nada, ni los propios periodistas, porque algunos trabajan en condiciones lamentables, cuando el derecho a la información es básico.
“Si la ultraderecha gana las elecciones, nos irá muy mal: el otro acabará desapareciendo, y eso me asusta muchísimo”
- ¿Qué noticia preferirías no haber leído?
- Ahora mismo, siendo terriblemente política, preferiré no leer el día 30 de noviembre que la ultraderecha ha ganado las elecciones, porque creo que nos irá muy mal. Muy mal. En esta posible noticia, el otro acabará desapareciendo, y eso me asusta muchísimo.
- ¿Consultaste cifras de desapariciones infantiles para esta obra?
- Como te decía, empecé escribiendo como un juego, poniendo muchos personajes a hablar al mismo tiempo, especulando sobre los juicios externos sobre la maternidad, pero le di a leer el texto a Patrícia Pardo y me preguntó: "¿En serio estás hablando de niños que desaparecen?”. A partir de ahí, tuve una conciencia absoluta de que estaba hablando de algo mucho más serio de lo que pensaba en principio y empecé a consultar la web del Ministerio sobre personas desaparecidas de forma compulsiva durante semanas, refrescando la página, viendo si las fotos se actualizaban... Desde ese momento fue una lucha constante con el texto por intentar huir de ese lugar. De hecho, la historia de la desaparición del niño no se cierra de una forma clara, porque como autora tenía la necesidad de irme a otro lado con otro personaje y salir de una realidad que en mi cabeza no tiene ningún sentido: ¿Cómo es posible que haya personas que desaparezcan y sigamos adelante?
- En tus obras siempre intentas incluir puntos de fuga. Por favor, asegúrame que en esta los hay.
- Hay un punto de ternura, tanto en el personaje de la madre como en la del padre. Y algo delicado que tiene que ver con cómo mantener esa memoria, cómo continuar, cómo volver a sostener los silencios y poder decir te quiero a otra persona. Yo siempre encuentro esperanzas muy sutiles, porque lo pequeñito es lo que realmente consigue hacer grandes cosas después.
- La actriz protagonista, Rosa Boladeras, afirma que en tu texto no solo hay dolor sino también culpa, una carga muy femenina, que en sus propias palabras, “es el arma que ha utilizado el heteropatriarcado para mantenernos invisibilizadas y en silencio”. ¿Eras consciente de ese segundo elemento en tu drama?
- En el texto es más la culpa externa. Creo que a las mujeres se nos enseña a soportar el juicio constante y con nosotras se es mucho más dura que con ellos. Y cuando lo que te atraviesa es la maternidad, las formas de criar, cómo lo vives, cómo lo haces, si estás siendo una buena o una mala madre, si dejas o no tu carrera, todo eso está de una forma constante, terrible y muy dolorosa y no somos conscientes de esa culpa que nos ponen encima: simplemente intentamos seguir como buenamente podemos. Son personajes que con todo, con el fracaso, con el dolor, con la pérdida, con el miedo y no saber lo que están haciendo, siguen todo el rato.
- ¿Todavía duele la pérdida de la Sala Ultramar?
- Nos va a doler siempre. Que cierre un espacio de encuentro, un espacio de comunidad en cualquier sitio, es un fracaso del sistema y un fracaso personal. Hablo con muchas amigas de esto y creo que tiene mucho que ver con la conciencia de ser clase obrera y de ser precarias. Cuando eso ocurre, no dispones de un tiempo para pararte a pensar, sino para seguir sobreviviendo. Ojalá el mundo funcionara de otra forma y ojalá el tiempo fuera otro, pero de momento es el que es. Entonces, pues sí, seguimos, Begoña.
- Acabamos con una pregunta que debería haber sido la primera, ¿qué bosque tienes hoy en el cerebro?
- Hoy le estoy dando vueltas a un texto que tengo entre manos gracias a una beca de la Generalitat de Cataluña y otra del Ayuntamiento de Barcelona. Cataluña nos quiere. Tiene que ver con la arquitectura hostil y con mi propia hostilidad. Así que le estoy dando vueltas, por un lado, a cómo están cambiando las ciudades y mi propio barrio, y por otro, a cómo estoy cambiando yo con relación a las personas con las que me vinculo y con las que comparto tiempo. Quizás por eso estoy ahora en una cafetería, porque necesitaba ver ciudad y salir de mi hostilidad, sentirme en comunidad.