VALÈNCIA. Hija de James Joyce, novia de Samuel Becket, pupila de Raymond Duncan, alumna de Alexander Calder, musa de Man Ray, paciente de Carl Jung. Lucia Joyce ha pasado a la historia como el apéndice de algunos de los hombres más influyentes del siglo XX, pero Karlik Danza Teatro se ha propuesto rescatarla de la letra pequeña de la Wikipedia. Los próximos 6 y 7 de noviembre, la compañía estrena en la Sala Russafa un espectáculo con su nombre.
Con este montaje, la formación extremeña cumple 35 años de trayectoria. En su celebración han querido rendir un homenaje a la vanguardia de la danza, y de ahí la selección de la figura de Lucia Joyce, que se formó con Margaret Morris y colaboró en el cortometraje dadaísta Ballet Mécanique (Fernand Leger, 1924), la primera película abstracta de la historia, que incorpora un baile visual de mecanismos y objetos cotidianos.
Ese tributo se plasma en varias de las secuencias coreografiadas por la directora de la obra, Cristina D. Silveira, y su intérprete, Carla González. En la pieza que ejecuta con la camisa de fuerza hay un guiño a Martha Graham; durante su encierro, a La danza de la bruja de Mary Wigman; y durante la sesión de psicoanálisis con Carl Jung, a La consagración de la primavera de Pina Bausch.

La vida de esta precursora de la danza moderna es en gran parte una incógnita por el acto consciente de destrucción que llevaron a cabo en su entorno. Beckett pidió que se destruyera la correspondencia mantenida con la que fue su pareja y muchos documentos, cartas e informes fueron eliminados a instancia de su sobrino, Stephen Joyce.
“Hemos ido uniendo estos hilos cortados, y esas partes veladas las concretamos en un contenido ficcionado, donde hay ideas soterradas y que fantasmean porque no conocemos la realidad exactamente”, expone la directora de escena.
Un ser hermoso, implacable y salvaje
Silveira ha tomado como base en su investigación el libro de Carol Loeb Shloss Lucia Joyce: To Dance in the Wake, donde la escritora reconstruye la complejidad de su existencia y apunta que su sujeto de estudio creció en los mundos imaginarios creados por el autor de Ulises.
James Joyce describió a su hija como un “ser fantástico”, hermoso y salvaje, cuya mente era “tan clara y tan implacable como un relámpago”. Para ayudarla a superar una crisis emocional, recurrió a los médicos más avanzados de Europa, entre ellos Jung, quien concluyó que ambos, padre e hija, se deslizaban al fondo de un río, pero mientras que él sabía bucear, ella se hundía sin remisión.
“A ella le dieron distintos diagnósticos, catatonia, delirio, esquizofrenia, pero su locura era infelicidad acumulada. Si a Lucia la hubieran dejado seguir bailando quizás el arte podía haber sido la cura, como así parece que le sucedió a su padre”, concluye Cristina D. Silveira, quien comparte que el arrebato que terminó con ella en el primero de los nueve sanatorios en los que estuvo ingresada, sucedió durante el cumpleaños de su padre. Cuando sus hijos descubrieron que sus progenitores nunca habían estado casados, Lucia le tiró una silla a su madre.

La crueldad de la psiquiatría a mediados del siglo XX
Entre los centros en los que tuvo ingresada se encontraba la maison de Ivry-sur-Seine, donde también estuvo el dramaturgo francés Antonin Artaud. En este asilo siguió recluida durante l Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi, ya que su familia huyó a Suiza dejándola atrás. Permaneció encerrada en diferentes centros durante más de 50 años.
“Eran los principios en la investigación de la esquizofrenia, así que fue sometida a burradas como inyecciones de sal y de hormonas de animales”, detalla la directora.
Uno de los trastornos que le atribuyeron fue el de delirio de observación, una certeza falsa de que la vigilaban constantemente que, en opinión de la directora, se derivaba de la mirada omnipresente de su padre, que la convirtió en su musa. En el último libro de James Joyce, Finnegans Wake, precisamente emerge un personaje aquejado de inestabilidad mental inspirado en Lucia, el de la hija de los protagonistas, Issy.
El arranque de Lucia Joyce se enmarca en el sanatorio donde permaneció hasta su muerte, el hospital St. Andrew's en Northampton, Inglaterra. Allí le dirige una carta a su padre la víspera de fallecer, a los 75 años. Se trata de una misiva donde repasa su vida.

Su versión anciana está interpretada por Memé Tabares en una videocreación que también juega con la fijación de Joyce con que la estaban observando. La grabación se proyecta sobre unas cortinas que sirven tanto de lienzo como de mampara en la consulta psiquiátrica y pared en la que proyectar la sombra de los hombres que la amedrentaban.
La obra se ha representado en Irlanda. En el Samuel Beckett Theater de Dublín, además del Festival Internacional de Teatro Eugene O'Neill, en New Ross. En su entorno le han dicho a Silveira que es una valiente por llevar un tema tan controvertido a la patria de James Joyce, pero la directora asegura que su planteamiento sobre “las ascuas que deja atrás el fuego del genio del patriarcado” ha sido recibida con mucho interés y debate.