Paloma Sanbasilio: "En Eurovisión hay voces espectaculares pero mucha coreografía gratuita, rollo cosmético y mucho epatar"

Entrevista

Teatro y danza

La cantante, escritora, pintora y actriz visita Carlet para interpretar el musical Dulcinea, donde solo está acompañada por un piano en directo

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VALÈNCIA. Una artista no elige a sus seguidores. En sus más de cuatro décadas de trayectoria, de Paloma Sanbasilio (Madrid, 1950) se ha prendado Donald Trump, que recibió calabazas cuando quiso visitarla en su habitación después de verla actuar en uno de sus hoteles en Atlantic City. También Shakira, que en la entrega de los Grammy en 2006 recordó como la española la animó de niña a cantar, y el director y dramaturgo Juan Carlos Rubio, admirador de su voz desde que de joven compraba sus discos y autor de la obra que este 2 de octubre la acerca al Teatro Giner de Carlet, Dulcinea. Una obra que, en sus propias palabras, “no es un monólogo ni un concierto, juega con la parodia, con las identidades y perspectivas”.

- En varios momentos de tu carrera has anunciado tu despedida o periodos de retiro para dedicarte a la pintura, a la escritura o a la familia. La más reciente, tu gira Gracias, que cerraste en Miami este pasado abril, ¿a qué responden estos amagos?

- Todo son etapas en las que vas evolucionando, encontrando nuevos lenguajes. Con Gracias, lo que estaba cerrando eran tantas citas de conciertos. Lo que siempre hago es transitar a otros sitios. Ahora, por ejemplo, un texto dramático para un solo personaje. Dulcinea es una pequeña joya que Juan Carlos me ha puesto en la mano, diciéndome: "¿Tú quieres hacer teatro? Pues aquí lo tienes. Hártate”.

- ¿Qué es lo que te sigue ofreciendo el directo que no te dan otras prácticas artísticas?

- Es un encuentro catártico y emocional con el público. Todo lo que pasa es allí y en ese instante. No hay nada parecido. Esa sensación de espontaneidad, de fluidez, de que algo empieza y termina, va ligado a las transiciones y las emociones del personaje. Además del encuentro que supone con la palabra, de que hay miles de formas en las que se puede expresar una frase.

- Juan Carlos Rubio ha trenzado fragmentos de El Quijote con pasajes de La Galatea, las Novelas ejemplares y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, para rematar con textos de Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno. ¿De qué forma dialoga toda esa gran tradición literaria con tu propia sensibilidad como lectora?

- Es un texto difícil de aprender, para el que he tenido que estudiar mucho, pero esa dificultad es la que luego te permite la grandeza, porque te lleva al descubrimiento, a sacar partido de las frases. En último término todo tiene contenido, nada es cosmético ni superfluo, sino una enorme proyección humana, hacia las necesidades que a fin de cuentas en cada sociedad se repiten. Ahora mismo, el texto digo es tan vigente, que todos los días me emociono en la última parte y la gente llora porque estoy contando algo que no les es ajeno, que está pasando ahora: la necesidad de recuperar la armonía, la coherencia, la ética y de no conformarnos, de no dejar que los demás solucionen las cosas y seguir como sujetos pasivos de nuestra historia. Es muy bonito reconocer en El Quijote que hay demasiada gente sacando tajada de las debilidades humanas y que hace falta alguien dispuesto a que le den palos y a que le dejen hecho polvo por sus ideales.

- ¿Qué te despierta saber que la generación Z está marcando la agenda política al plantarse en la calle para acabar con la crisis de la vivienda?

- Han tardado mucho, porque habría que salir por muchas causas. Habría que salir también por Ceuta: no hay derecho a que una de nuestras ciudades esté sometida a este escarnio y a que la gente no pueda salir a la calle. Hay muchas causas que se han ido dejando de lado. Hay miles de personas desahuciadas que se tienen que ir, que necesitan más ayuda incluso que la que se ha convertido un poco el detonante. No hay que esperar a que aparezca un símbolo, porque son situaciones que vemos todos los días. La movilización es importante. Mi generación tuvo mucha suerte, porque había mucho que hacer, mucho que romper, muchas barreras que quitar. Muchas veces partimos de cero y conseguimos llegar a algo. Entonces pudimos comprarnos una casa con 25.000 letras de hipoteca, pero es que ahora no pueden. ¿Cómo van a nacer niños si padres con una carrera y un sueldo de 1000 y pico se están quedando en una habitación por 500 euros? Cada vez pagamos más impuestos y la capacidad de ahorro del ciudadano medio ha desaparecido. Antes se compraba un piso, lo alquilaba y tenía una rentita. Ahora entran los fondos buitre y se compran un edificio entero y pueden hacer lo que les dé la gana. Yo tenía inquilinos y hablabas con ellos e incluso a veces no te podían pagar. Era una relación distinta con la propiedad. Ahora son depredadores. Estamos en un mundo capitalista y no voy a ponerme estupenda: tienen todo el derecho a invertir para ganar su dinero. Pero no sé qué se ha hecho durante todos años para mejorar la calidad de vida de la gente, para pensar en las oportunidades de los jóvenes, para no cargar tanto de impuestos a la gente. Es un sistema muy tóxico, corrupto, injusto y te diría que perverso, porque la gente confía y luego no sirve para nada.

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- Otro aspecto que también explora el espectáculo es la voz silenciada de las mujeres. Últimamente hemos asistido a la revisión de grandes mitos como Fedra, Medusa y Electra. ¿Cómo ha sido para ti contar la historia de Dulcinea desde su propia mirada?

- Es un lujo. Evidentemente, el riesgo es cero, porque como nunca habló, tampoco vas a traicionar su palabra. Nunca vas a mentir. Siempre tienes todo por crear. Mucha de las cosas que digo están en los textos de Cervantes, no se las ha inventado Juan Carlos, porque el autor de El Quijote era un hombre tremendamente culto, muy adelantado a su tiempo, y vivía rodeado de mujeres, con lo cual su relación con lo femenino era distinta de la de la mayor parte de los hombres de la época. Por eso hace alegatos feministas, como el monólogo de la pastora Marcela, que creo que se halla entre los escritos para mujeres donde se defiende con más contundencia, más sentido, autoridad, libertad. Sin odio, con razonamientos. Durante muchos siglos la mujer ha sido un bulto sospechoso. No tenía ninguna capacidad de decisión. En la obra señalo que a la mujer con ansias de libertad, solo le estaba permitido el convento y la mancebía. Es muy fuerte y era verdad. Es maravilloso ver cómo, a pesar de todo, hemos sobrevivido y hemos podido salir.

- Además de cantar y actuar, has publicado varias novelas, como El océano de la memoria y La niña del café a la vela. ¿En qué medida te ha ayudado esa introspección a sumergirte en la psicología de tus personajes sobre el escenario?

- Escribir es es una maravilla. Me gusta desde muy pequeña. Mi primera novela era un poco más autobiográfica, pero aunque las otras dos no, mis personajes tienen mucho de mí, porque les hago dialogar sobre temas importantes como la duda, la búsqueda, la pérdida, la esperanza y la lucha por encontrar luz al final del túnel. Estudié psicología porque me gusta el alma humana: es un templo donde está todo resumido, es un pozo que no se acaba nunca, y el teatro te sirve para esa introspección, porque cualquiera de los personajes te encuentra hurgando en rincones de ti misma.

- Tu voz ha sido tu herramienta de trabajo durante más de cuatro décadas. ¿Cómo ha cambiado tu relación técnica con ella a lo largo del tiempo?

- Yo no quiero que mi voz como cantante domine a la persona que soy, sino que sea un instrumento más, como puede ser pintar, contar una historia o escribir, porque caes el riesgo de quedarte atrapada en esa voz, que no es la misma con 30, con 40 y con 50. He tenido una buena voz, que ha ocupado mucho espacio, con tantos discos y conciertos, de modo que casi te vampiriza. Tienes que ir con ella, pero no te puede marcar ni encerrar. 

- ¿Descubres hoy matices que quizás no tenía a los 30 años?

- Sí, por supuesto. Mi manera de cantar y de frasear no tiene nada que ver. Cuando empecé era muy joven y tenía mucha potencia vocal. Incluso creo que mis inseguridades de aquella época me hicieron apoyarme mucho en tonos fuertes, altos, agudos, para mostrar constantemente que yo tenía una voz y que merecía estar ahí. Pero, fíjate, qué curioso, con el tiempo he ido a todo lo contrario, a utilizar la voz como parte de mi emociones, de mi lenguaje, mezclándola con una voz muy suave cuando es necesario. Ahora es una relación distinta. He descubierto tonos medios, bonitos, así como alguno grave, que antes no usabas. Todo eso te ayuda mucho dramáticamente cuando estás haciendo algo como Dulcinea, en la que pongo la voz al servicio de ese personaje y se crea una simbiosis. Es muy bonito dejar que tu voz también tenga distintas formas de ensancharse con las emociones.

- Una de las canciones del espectáculo la firma tu hija Ivana. ¿Cómo impacta en ti una composición de alguien que te conoce tan íntimamente?

- Su canción se llama Mi querido Don Quijote, es la única con letra original, y es una pasada, porque es casi un lamento, como un grito de de ayuda a Quijote para que le ayude a sanar las heridas, a cargar el peso. Siempre que compone para mí, lo hace desde el sentimiento. Es muy buena haciendo textos y como tiene una calidad vocal brutal, la composición nunca es lineal, siempre va creciendo, subiendo, bajando. Me conoce muy bien y siempre da en el clavo.

- En tu trayectoria has dado vida a mujeres icónicas como Evita, Eliza Doolittle y Norma Desmond. ¿Qué lugar ocupa Dulcinea en esa galería?

- Es como una colección de todos ellos. Al principio tiene esa parodia de My Fair Lady, como también, luego, esa violencia agresiva de Evita cuando Aldonza dice que no es una furcia, y del final de Norma Desmond cuando dialoga con Alonso Quijano y con Quijote, preguntándoles por qué nunca le dijeron que la querían, por qué nunca la tomaron de la mano. Es un abanico de sentimientos muy curioso, donde también hay mucho de Paloma, porque de vez en me salto la cuarta pared. A la gente la llevas un poco de un lado  otro (risas). Aburrirse no se aburren.

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- Fuiste pionera en traer el gran formato del musical estilo Broadway o West End a España. ¿Cómo ves la evolución del género en nuestro país?

- Yo lo hice porque me propusieron hacer Evita y cuando empecé a trabajar con Jaime Azpilicueta el desarrollo del personaje, concluí que quería apostar por el musical. Me gusta grabar y cantar canciones, tengo treinta y tantos disco, pero cada cierto tiempo, tengo que venirme a un teatro para seguir creciendo y aprendiendo. En aquel entonces fue como poner una pica en Flanders, porque resultaba difícil incluso encontrar un elenco que supiera bailar, cantar y hablar.

- Nada que ver con la infraestructura teatral de ahora.

- Lo que pasa es que era un género un poco denostado, se consideraba menor, pero es al revés: para hacer un musical has de tener una voz impresionante, educada, trabajada y afinada, y usarla a diario; hace falta un entrenamiento como actor o como actriz; tienes que saber bailar... Es el género más exigente y más hermoso porque te puedes mover por distintas disciplinas sin pedir permiso. Ahora parece que la gente lo ha entendido por fin. Me alegro tanto de ver a tantísimos chicos y chicas estupendos trabajando con ese nivel de preparación... Yo amo el teatro, qué quieres que te diga. Se me nota mucho.

- En 1985 representaste a España en Eurovisión con La fiesta terminó. Hoy en día, el concurso televisivo ha vuelto a convertirse en un fenómeno masivo para las nuevas generaciones. ¿Te hubiera gustado que fuera así entonces?

- Ahora ha vivido un reverdecer maravilloso. Pero, mira, vamos a ver: yo fui a a Eurovisión porque estaba grabando un disco con Juan Carlos Calderón y la compañía nos propuso ir con una canción. Como lanzamiento estuvo muy bien, pero si no, yo no hubiera ido, porque no creo mucho en los concursos, sino en el espectáculo. Ahora mismo es brutal, así que no me extraña que haya fans porque el nivel de producción es increíble, apabullante. Aunque hay cosas con las que yo no comulgo, como la ausencia de músicos. Hay gente maravillosa, con voces espectaculares, pero mucha coreografía gratuita, mucho rollo cosmético, mucho epatar, y se pierde el objetivo, que es un certamen de canciones. ¿Dónde se quedó la música en directo?

- La coreógrafa afincada en València Cristina Gómez estrenó justo hace un año su obra Bailar o morir, para la que tu éxito Bailando fue uno de sus grandes motores creativos. ¿Qué sientes al comprobar que tus canciones trascienden el ámbito musical e inspiran a creadores de otras disciplinas?

- Es una responsabilidad añadida con la que no contabas. Es muy bonito saber que lo que haces tiene una repercusión. ¿Hasta dónde llega?¿A cuánta gente ayudas? El otro día me pidieron que mandara algo a una pareja que llevaba toda la vida bailando Juntos en la cocina en el cumpleaños de ella. Y cómo no la iba a mandar... Yo empecé en esta profesión porque tenía que trabajar, era muy inquieta y me gustaba el escenario. Allí encontré un sitio, pero nunca tuve ni idea de lo que pasaría después. Hay un peso importante en saber que lo que digas también puede ayudar a la gente e influir en su pensamiento. Hay una responsabilidad grande que no podemos eludir.

- ¿Sientes orgullo o cierto reparo cuando alguna de tus canciones suena en tu presencia en una verbena o en un karaoke?

- Es muy gracioso. Cuando estábamos haciendo Víctor o Victoria en la Gran Vía, había detrás un karaoke, donde fuimos todos un día y eligieron Juntos. Un grupo de chicos y chicas entró en ese momento y se pusieron a hacerme la ola delante del micrófono. No se creían que era yo. En otra ocasión, una amiga que se estaba separando se ponía todos los días de camino al trabajo Hay un largo camino para la libertad. Fuimos a la feria de San Lucas de Barrameda y al subir a la noria pusieron la canción. Nos pusimos a cantarla. Fue un momentazo.

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