Teatro y danza

Tendencias escénicas

Tres vestidos para contar una vida 

La compañía uruguaya de títeres Coriolis representa en Espacio Inestable un tríptico para adultos

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VALÈNCIA. Como la animación, los títeres se asocian, única y erróneamente, a un público familiar. Pero hay compañías, caso de la malagueña Espejo negro o de los uruguayos Coriolis, cuyas propuestas no están concebidas para la infancia. Los segundos visitan los días 11 y 12 de abril Espacio Inestable con su producción Pasos largos, un tríptico en tres lapsos temporales sobre los hitos de una vida. 

La formación sudamericana sostiene haber dedicado un trabajo de militancia y permanencia para convencer a la audiencia de que el teatro de objetos es un arte para todas las edades, de la misma forma que la literatura y el cine.

El título de su pieza tiene un anclaje biográfico en la infancia de su dramaturga y titiritera, Maru Fernández. De niña, ya que tenía las piernas largas, sus padres solían instarla a dar zancadas para seguir el ritmo de los adultos. La anécdota doméstica se convirtió en el motor de una búsqueda artística sobre el uso del cuerpo en el teatro de objetos. Es lo que los artesanos de este oficio llaman cuerpo objetivado. Esto es, la anatomía de la intérprete se integra en la narrativa de manera no convencional. En concreto, en su caso, las piernas se suman al uso de títeres de boca y vestidos.

Un vestido por cada estación de la vida

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En el montaje, esos pasos largos se convierten en una metáfora del crecimiento: un primer paso vinculado a la niñez, un segundo a la adolescencia y un tercero a la vida adulta. Para simbolizar cada una de esas etapas vitales, la intérprete se sirve de un atuendo.

El vestuario se aleja de la concepción tradicional de la prenda de vestir y adquiere un rol protagónico. Cada uno de los tres vestidos fue diseñado en colaboración estrecha con la responsable de vestuario, Mariana Dosil, de modo que funcionaran como dispositivos escénicos. El hecho de que uno de ellos se pinte y otro se transforme en vivo frente al público refuerza la idea de la obra como un organismo vivo que se construye y deconstruye en vivo sobre el escenario.

En el diseño de la puesta en escena, la plástica y la técnica se dan la mano. Fernández, encargada también del esbozo de los títeres, optó por el papel como el material que recorre toda la obra. La elección responde a su capacidad de transformación, a su manejabilidad y a su fragilidad, pero sin olvidar que su atractivo estético no estuviera reñido con su resistencia funcional para aguantar los movimientos en cada representación. En la creación de los objetos, también se sirve de gomaespuma, metales, madera, telas y elásticos.

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Tanto el humor como las temáticas abordadas “no son una propuesta infantil adaptada”, sino que están desarrollados de manera específica para una sensibilidad mayor de edad, desde la que se aborda la complejidad de la vida en pareja o la del proceso de "armarse y volverse a romper que define la pubertad, esa etapa en que no sabemos quiénes somos y nos estamos un poco transformando”, concreta Maru Fernández.

La intérprete da vida a todos los personajes sobre el escenario. En ocasiones hasta a tres a la vez, lo que pasa “por una disociación de la cabeza y el cuerpo que lleva un tiempito”.

La iluminación, a cargo de Lucía Tayler, completa esta atmósfera de transformación. A diferencia de otros espectáculos de objetos que suelen ser estáticos o de pequeño formato, esta pieza ocupa la totalidad del escenario y recurre a movimientos cercanos a la danza. 

La luz acompaña este despliegue a partir de cambios de tonalidades que identifican cada una de las estaciones vitales. El refuerzo lumínico se completa con enfoques puntuales y “chiquitos” alternados con una iluminación expansiva que abarca todo el espacio.

Río de la Plata con lago al fondo

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La universalidad de Pasos largos ha quedado demostrada en la gira internacional de Coriolis, donde sus representaciones han superado las barreras del idioma. Una de las experiencias más curiosas, relata Maru Fernández, ocurrió en Canadá, donde la obra se presentó en castellano sin subtítulos en el Festival Internacional de Teatro de Mont-Laurier en Québec.

El público tradujo la historia a su propio contexto, y la creadora descubrió en el periódico al día siguiente que las referencias al pequeño cerro junto a un arroyo en su barrio de Montevideo había sido traducido por el crítico de teatro con las hechuras de un paisaje abierto canadiense, con su montaña junto a un lago. Paradójicamente, la obra ganó dos premios, los de mejor espectáculo y a la mejor actriz.

Para Fernández, el teatro de objetos tiene una capacidad evocadora única, pero no solo en esa traslación errada a imágenes, sino en general, al otorgar vida a lo inerte. “Lograr que un objeto cobre vida y sostener esa ilusión ante el público es, en sí mismo, un acto evocador que llama al público a ese juego y mueve ciertos resortes poéticos”, celebra la titiritera.

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