Entrevista

Teatro y danza

Yolanda García Serrano: "Es mentira que las personas tengamos muy poco papel en la historia"

La ganadora del Goya en 1994 al mejor guion original coescribe la obra 'Música para Hitler', programada este fin de semana en el Teatro Olympia

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Desde hace décadas, Yolanda García Serrano (Madrid, 1958) ocupa un lugar discreto, pero impactante en la cultura española. Guionista, directora de cine y de teatro, fue una de las voces que renovaron la comedia española en los años noventa con títulos hoy emblemáticos como Salsa Rosa (1992) o Todos los hombres sois iguales (1994) firmados junto a Joaquín Oristrell y Juan Luis Iborra y dirigidos por Manuel Gómez Pereira. Aquellas películas, aparentemente ligeras, escondían ya una mirada afilada sobre las relaciones humanas y los roles de género. 

Su trayectoria no puede entenderse sin tener en cuenta las dificultades de abrirse camino en un oficio con escasos referentes femeninos. Ella misma reconoce que, durante mucho tiempo, vivió esa desigualdad con cierta inconsciencia. “No me sentía una mujer en un mundo de hombres, para nada. Yo era una guionista”. 

Sin embargo, cuando el tándem correspondiente lidiaba con productores cinematográficos, siempre se dirigían a uno de sus compañeros masculinos -y no a ella- para hablar de condiciones económicas o de cambios en las propuestas. Dentro del equipo de guion, dice, nunca la trataron de forma distinta; en los despachos, sí. “Eso no ha cambiado -sentencia-. Solo te tratan de tú a tú cuando la conversación es con una productora”.

En el teatro, apunta, no existen esos espacios donde se toman decisiones a puerta cerrada. Relata situaciones que rozan lo insólito, como viajes de producción a los que se invita solo al guionista hombre, no por mala fe, sino “por omisión”. “Ni siquiera lo han pensado -expone-. Entonces toca recordarles que el guion lo firman dos personas y que una soy yo. Al menos ahora se disculpan. En algo hemos avanzado”.

Su última incursión escénica, en ese ámbito creativo donde se siente tratada como una igual,  es el melodrama Música para Hitler, coescrito con Juan Carlos Rubio y que se representa del 15 al 18 de enero en el Teatro Olympia.

La complicidad creativa entre ambos guionistas no es nueva. Se remonta a los años noventa, cuando coincidieron en Farmacia de guardia. “En ese trabajo nos dimos cuenta de que coincidíamos en las cosas que nos gustaban y en las que no, y descubrimos que teníamos tanta complicidad que parecía que fuéramos hermanos”, explica. Esa sintonía ha llegado a tal punto que, como han señalado ambos, a día de hoy, hay ocasiones en que ninguno de los dos sabe qué escenas escribió el otro. Para este año ya están trabajan juntos en un nuevo proyecto, “un drama sobre relaciones personales”.

Para ti no, bicho

Música para Hitler parte de un hecho real: la negativa del director y compositor catalán Pau Casals a tocar para el régimen nazi. En 1933, el violonchelista de Tarragona rechazó la invitación de Wilhelm Furtwängler para actuar con la Filarmónica de Berlín, y en 1943, ya exiliado en Francia, recibió en su casa la visita de dos oficiales nazis que intentaron doblegar su voluntad. 

A partir de ese episodio histórico, García Serrano y Rubio se permiten amplias licencias creativas. Lo que ocurrió dentro de aquella casa pertenece al terreno de lo desconocido, los dramaturgos no saben cómo se desarrolló aquella conversación y lo han fabulado en esta ficción.

 En el montaje, los autores han decidido condensar en un solo personaje la presencia alemana. “Era más práctico e intenso”, explica García Serrano. También inventan los diálogos y las tensiones que articulan la pieza. Saben que Casals vivía con su pareja, con la que nunca se casó, y que era “un hombre muy tímido, muy concentrado en su música”. Lo describen como alguien absorbido por su vocación hasta el extremo, capaz de tocar durante horas, sin reparar en las necesidades de su persona más allegada. “Estas cosas que tienen algunos hombres genios, que están un poco en la parra. Para lo del corazón son un despiste y un desastre”, reflexiona García Serrano.

También introducen a la sobrina de Casals, cuya presencia no está documentada en ese momento concreto, pero que resulta eficaz para generar fricción y temor entre los personajes. Todo es inventado, insiste, salvo dos certezas fundamentales: “Solo sabemos que él dijo que no y que no lo mataron. Y eso ya nos permite tomarnos todas las libertades creativas”.

La figura de Casals aparece en la obra como la de un hombre profundamente comprometido con sus principios. Durante su exilio en el sur de Francia, organizó conciertos benéficos para ayudar a los refugiados republicanos españoles, muchos de ellos internados en campos de concentración. “Vivía con frío y con hambre en una casa precaria, pero no estaba dispuesto a traicionarse. Era un hombre tan auténtico y honesto con sus ideas que no se podía traicionar ni aunque se lo pidiera la persona que más amaba en el mundo. A pesar de que le ofrecieron marcharse a Estados Unidos o a países de Latinoamérica, Casals se negó. ”.

Ese compromiso tenía un coste personal enorme. Casals fue un hombre sensible, atravesado por largos periodos de depresión, un rasgo que los autores incorporan a la dramaturgia. En la obra, la visita del oficial nazi coincide con uno de esos momentos de profunda oscuridad interior. Desde ese punto bajo se construye un viaje del héroe muy particular, en el que la victoria no consiste en imponerse al enemigo, sino en mantenerse fiel a uno mismo. “Su remonte es que aunque Hitler pueda dar la orden de matarle, no va a tocar para un loco”.

La autora matiza, sin embargo, esa idea de la locura asociada al mal. “No creo que las personas que hoy en día gobiernan el mundo sean unos locos, pero el orgullo, la soberbia y la ansia de poder les lleva hasta límites insospechados”. En ese contexto, García Serrano no duda: “Pau Casals hoy en día haría lo mismo que hizo en ese momento, no tocaría para Hitler ni para ninguno de los líderes autoritarios que hay ahora en el poder”.

Invitado por Kennedy a la Casa Blanca

La semilla de este montaje surgió, de hecho, de una idea inicial para una serie sobre la vida de Casals que le encargaron a Juan Carlos Rubio, una existencia larga y fértil, llena de episodios con potencial dramático. A García Serrano le emociona especialmente uno sucedido el 13 de noviembre de 1961, “el momento en el que fue a tocar para las Naciones Unidas, a la Casa Blanca. Me habría encantado estar allí”. También su juventud, marcada por una entrega absoluta a la música: “Decía que cada día descubría algo nuevo en las notas, a pesar de llevar años tocando”. 

No es casual que la obra esté vertebrada por la Suite nº1 para violonchelo en sol mayor de Bach. Casals estuvo tocando un movimiento cada día, durante años. Hoy, para García Serrano, esa música ya no es solo Bach: “Para mí ya siempre va a ser Música para Hitler. Pau se tomaba la música tan en serio que ha hecho que yo me tome muy en serio la música en la que él se volcaba”. 

Reivindicar hoy la figura de Pau Casals es, para ella, una necesidad moral. “Llevamos pocos días de 2026 y han cambiado tanto las cosas y pueden cambiar tanto que da miedo”, confiesa. Frente a esta inquietud extendida, el músico clásico encarna un modelo de humanidad. 

El segundo mandato de Trump bien merece una secuela

Aunque la estructura de la obra sea clásica, con planteamiento, nudo y desenlace, la pareja de guionistas se ha enfrentado a la dificultad de ser fieles a la verdad histórica y, al mismo tiempo, emocionar. “Este hombre necesitaba una dramaturgia que le subrayara sus virtudes”. Así, Casals aparece como “un héroe pequeñito enorme”, alguien que ejerce su resistencia desde lo íntimo, “en una casa con deficiencias estructurales y donde pasan hambre”.

El texto obtuvo el Premio Mandarache en Cartagena, un galardón que conceden más de 4.000 jóvenes. Cuando García Serrano y Juan Carlos Rubio supieron que su obra competiría con una novela juvenil y un cómic, la autora pensó que no tenían nada que hacer. El resultado la desbordó. Ganaron “por una aplastante mayoría”. Aquella experiencia desmontó muchos prejuicios: “Es mentira que la gente joven solo esté pensando en los videojuegos. Claro que piensa, pero has de darle herramientas… Fue precioso ese premio. Lo tengo como una de las cosas más bonitas que me ha pasado nunca”.

Esa conexión con el público en formación enlaza directamente con uno de los grandes temas de la obra, la sensación de pequeñez del individuo frente a una realidad que lo sobrepasa. En Música para Hitler, Pau Casals se pregunta: “Europa se desangra, ¿y qué hago yo para evitarlo? ¿Tocar el violonchelo?”. García Serrano reflexiona sobre esa idea y la lleva al presente: “Los pequeños, si tienen al lado a otros pequeños, se convierten en algo grande”.

Para ella, la historia no la cambian solo los grandes nombres, sino la suma de voluntades aparentemente insignificantes. “Es mentira que las personas tienen muy poco papel en la historia. Mi consejo es hacer lo que esté en nuestras manos”. En su caso, escribir. 

Recuerda que ya dio protagonismo a Donald Trump en una obra durante su primer mandato. No descarta volver a hacerlo objeto de sus dardos. De hecho, después de Música para Hitler, ha escrito algunos relatos que tienen que ver con el momento presente. La clave, insiste, no es dejarse paralizar por la sensación de insignificancia: “No es sentirse pequeño, es reconocer tu posibilidad de decir, de escribir, de hacer música, de pintar un cuadro. Lo que yo pueda es lo que tengo que hacer. Ahora hay que ser valiente”.

El texto también plantea de forma directa el dilema ético al que se enfrenta cualquier ser humano cuando se le invita a colaborar con una causa perversa. García Serrano reconoce que es una pregunta incómoda, porque solo puede responderse desde la experiencia. “Ahora, desde mi zona de confort, diría que no”, explica, aunque recuerda situaciones de su juventud en las que ya tuvo que plantarse ante la injusticia. 

El humor y el desamor 

En concreto, alude a un episodio adolescente, cuando se enfrentó a su jefe por un trato desigual aun a riesgo de perder el trabajo. No la echaron de su puesto, y años después aquel mismo hombre le pidió disculpas. “Creo que hoy en día también sería capaz de decir que no, aunque sufriera las consecuencias”, concluye, aunque introduce un matiz: “Si está implicada tu familia, a lo mejor ahí te lo piensas”.

Pese a la gravedad del tema, la pieza sobre Pau Casals no es una obra completamente ajena al humor. El personaje de Titi, interpretado por Kiti Mánver, y su relación con el protagonista, al que da vida Carlos Hipólito, funcionan como un matrimonio cascarrabias. “Es una pareja que lleva muchos años juntos y tiene una relación que provoca mucha risa en el público -explica-, pero luego, cuando viene el nazi, ya no tiene puñetera gracia”. 

El desamor ha sido el elemento común en todos sus trabajos. También en este caso. “Creo más en el desamor que en el amor”, confiesa. Desde ahí construye sus historias. Se declara escéptica con los grandes relatos románticos, aunque disfruta de ellos como espectadora. En lo que escribe, sin embargo, siempre hay “mala leche”, conflictos y mujeres que luchan por encontrar su lugar en el mundo. “Cuando me digo que quiero hacer algo cariñoso, no puedo. No está en mi naturaleza”.

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