el billete / OPINIÓN

Un 'finde' en Morella

La convivencia de los consellers en el pueblo de Ximo Puig dará más resultado en el plano personal que de trabajo, a pesar de su intensidad  

10/01/2016 - 

Las jornadas de Morella, calificadas por Ximo Puig como “ejercicios espirituales” –no son tales desde el momento en que los participantes no se despegan del teléfono móvil–, son una excelente iniciativa cuyo antecedente más cercano es el retiro celebrado con sus ministros hace un mes por el nuevo presidente argentino, Mauricio Macri, en el arranque de su mandato (el dirigente argentino permitió esta vez tener a mano el móvil, no como en 2007, cuando incomunicó en un hotel al Gobierno de Buenos Aires que presidía).

Cuando se forma un gobierno no caemos en la cuenta –tampoco quienes lo nombran– de que el nuevo equipo es una suma de recién llegados de distinta procedencia que en algunos casos ni siquiera se habían visto antes. Unas personas que desde el primer día trabajan por separado y sólo se reúnen en actos públicos y, en privado, una vez a la semana durante dos horas para aprobar normas y propuestas que el equipo de coordinación –los subsecretarios– les ha dejado encima de la mesa. Eso no es un equipo y así les va a muchos gobiernos.

El de Puig, de coalición, empezó a la greña por el reparto de competencias y mantiene una cohesión cogida con alfileres, amenazada por los intereses diversos de PSOE y Compromís en distintos ámbitos. Así que, seis meses después de formar gobierno, el president cogió a su equipo y se lo llevó a su pueblo –Morella, ideal como escapada de fin de semana– para unas sesiones de trabajo y convivencia.

El resultado del trabajo, que ha sido intenso en horas, será mucho menos importante que el de mejora de la relación personal entre unos consellers condenados a entenderse. Bien lo saben los empresarios que organizan este tipo de fines de semana para directivos y empleados, que dedican más tiempo al ocio que al negocio.

Allí, cerca de tierras catalanas, ha sorprendido al Consell el desenlace del proceso de elección del nuevo presidente de Cataluña en la persona de Carles Puigdemont. Una decisión que tendrá lecturas distintas por parte de Puig (PSPV) y Oltra (Compromís), pero que debería tener una sola desde el punto de vista del Gobierno valenciano, al que le interesa que España tenga un gobierno cuanto antes.

Es previsible que, con el nuevo Ejecutivo catalán volcado hacia la independencia, aumente la presión sobre Pedro Sánchez para que facilite la investidura de Mariano Rajoy, a quien el otro día reiteró su no rotundo. Lo cual podría llevar a una solución a la catalana, con Sánchez exigiendo la retirada de Rajoy y éste designando un sucesor que sí sería apoyado por el PSOE.

Un escenario en el que Compromís pintaría menos de lo esperado en política nacional, tenga grupo parlamentario o no, y Ximo Puig todavía menos, después de su exagerado apoyo a Susana Díaz para desbancar a Sánchez. Exagerado e innecesario.

Tradiciones

Un domingo de febrero de principios de este siglo, el concejal de Fiestas de Valencia organizó a las 7.30 de la mañana una despertà en el centro de Valencia que no tenía ninguna tradición pero fue muy bien acogida por el millar largo de falleros que participó. El concejal Félix Crespo prometió repetir al año siguiente y así nació la “tradicional” despertà del día de la Crida, cuya raigambre nadie osa discutir. Leí con avidez la prensa local de aquellos días y sólo encontré una crítica –la mía en el diario 20 minutos– a la instauración de esta ruidosa celebración tan alejada de la tradición como del día de San José.

Esto me llevó a pensar que uno puede tener razón pero la mayoría tiene la mayoría, o dicho de otra forma, que las tradiciones nacen, crecen, se reproducen y mueren en función de los gustos de la mayoría en cada momento. La historia de las Fallas es el mejor ejemplo.

Que Joan Ribó reciba y salude en el balcón de la ciudad a las tres magas de una cabalgata nada tradicional en Valencia organizada por una asociación con mucha tradición no solo es coherente con la apertura de la Casa Consistorial a todos los vecinos y visitantes, sino que es mejor que un titular como: “El alcalde se niega a recibir a...”, que esperamos no tener que escribir nunca.

Las burlas o las críticas de quienes se han sentido molestos con la llamada cabalgata republicana son tan necesarias para la ciudad –el debate es progreso- como la repulsa a los insultos homófobos y machistas que han recibido sus protagonistas.

Sin haberla visto más que en fotografías, a mí la cabalgata de las magas me pareció simpática, nada pretenciosa –se ha exagerado su importancia– y sin punto de comparación con la de los Reyes Magos. Lo que me sigue molestando es que me despierten un domingo de febrero a las 7.30 de la mañana, pero me aguanto. Todo sea por la tradición.

Noticias relacionadas