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antonyo marest

Un rebelde en la cima del arte urbano

España le cerraba las puertas al muralista alicantino mientras él trabajaba por todo el mundo, pero pintar la sede de Spotify en Miami le ha dado una notoriedad que ha hecho explotar todas sus expectativas. Acaba de personalizar  la sede de Facebook en Madrid y ahora encara un proyecto del Parlamento Europeo con cinco intervenciones

13/07/2021 - 

VALÈNCIA.- Una de las últimas intervenciones del muralista Antonyo Marest (Villena, 1987) ha sido en su pueblo natal. Cuando llegó al lugar en que debía pintar vio que la policía local había acordonado la zona para que él pudiese trabajar. Accedió al perímetro con su vehículo, para el que también habían reservado un espacio de aparcamiento. «Es el coche del artista», decían algunos a su llegada. El sargento se presentó y un concejal le explicó al agente de quién se trataba. «Es Soc», dijo el edil. Antaño pintaba bajo ese apelativo, durante la adolescencia. «¡Con el tiempo que hemos ido detrás de ti!», exclamó el policía dirigiéndose al muralista, antes grafitero. «Llevo sin pintar aquí doce años, así que todo eso ha prescrito», contestó Marest. Las vueltas que da la vida. «Antes me perseguían y ahora me acordonan la zona», ironiza. 

Más de una década después de haber salido de su tierra en busca de más experiencias, vuelve convertido en todo un artista internacional. Salió de Villena con dieciséis años, cuando sentía que se le quedaba pequeño el municipio. «Tenía la necesidad de vivir más cosas de las que estaba viviendo», recuerda. Por eso se unía a grupos de gente de más edad, con quienes se iba de viaje, y después decidió salir a estudiar fuera. «Realmente seguía viviendo allí, pero yo me iba a pintar o a estudiar y después volvía», explica.

Coincidiendo con el inicio del Plan Bolonia, comenzó Diseño de Interiores en Orihuela, donde descubrió a uno de sus mayores referentes artísticos, el grupo Memphis, el colectivo italiano de arquitectura y diseño industrial con gran influencia en los años ochenta. «Me lo descubrió una profesora y es lo que más me marcó, pero el resto de la enseñanza que se impartía no me convencía», recuerda Marest, que después decidió probar suerte en Murcia con la carrera de Arquitectura. «Tampoco me gustaba, así que busqué la forma de marcharme y accedí a una beca Séneca con la que me fui a Barcelona», relata. Allí estudiaba de forma intermitente porque ni aquello le conquistó. 

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Inconformista donde los haya, siguió buscando alternativas para seguir saltando de ciudad en ciudad. «Conseguí una beca para ir a Nueva York, donde conocí a gente superinteresante del mundo de la arquitectura y el diseño», cuenta, esta vez sí, satisfecho. Sin embargo, eso duró poco. Un mes después tuvo que volver y prefirió hacerlo con destino a Alemania, donde sus contactos le habían recomendado. No compartía los métodos y eso le llevó a algún que otro castigo. No se lo pensaba dos veces antes de discutirle al maestro. La medida de su nivel de impaciencia e hiperactividad la da con una anécdota. Y es que, a raíz de una explicación sobre el ladrillo, se enfrentó a una profesora con una performance para la que se plantó en clase con un saco de cemento y unos cuantos bloques.

«siempre que presento un proyecto, lo primero que me suelen decir es que es una locura»

Finalmente acabó en Rumanía a través de una beca Erasmus. «Elegí el sitio más random que vi porque pensé que jamás iría a un lugar así de no ser en ese momento», explica. Pero la dislexia mientras rellenaba los papeles le hizo plantarse en el sureste de Europa un mes antes de que se iniciaran las clases. Aquello no fue un problema. Tras la experiencia en Rumanía regresó a Alemania para cursar un máster. «Supuestamente, después de ir para arriba y para abajo, mi titulación es Arquitectura Efímera», explica. 

Una vez titulado, duró tres semanas trabajando en una empresa de arquitectura efímera para grandes eventos. «Me parecía un coñazo hacer siempre lo mismo», recuerda. En plena crisis económica, entre el año 2009 y 2010, el gerente trató de persuadirle para que se quedara, pero dejó lo que era un trabajo estable para organizar un gran evento con lo que había ganado. Después, ese gerente acabó convirtiéndose en el socio capitalista para ese tipo de fiestas que empezó a montar, siempre con éxito. «Le devolvía el dinero con intereses», apunta.

El miedo no va con él. Marest prefiere arriesgar… y suele ganar. Empezar de cero tampoco lo ve un fracaso, sino un aliciente. Lo hace cuantas veces haga falta y siempre de forma casi autodidacta, incluso aunque deba ir a contracorriente. Y es que su vida la resume con las técnicas del ensayo-error y del aprendizaje por imitación. «Me encanta que me enseñen, pero no que me coman la cabeza, por eso no me gusta ir a clase ni me gusta enseñar. Lo que sí me gusta es aprender practicando», describe. Cuando ha tenido que dar clases se ha limitado a pedir a los alumnos que imitaran sus pasos. 

La seguridad que desprende le llevó pronto a la profesionalización. Dedicarse a algo que no le entusiasmara no era una opción, así que el grafitero que organizaba fiestas y hacía sus pinitos en el diseño gráfico se convirtió al muralismo, casi de forma inconsciente. «La verdad es que no sé bien cómo hice esa transición del vandalismo al trabajo profesional», confiesa. Simplemente pasó. «Cuando un tipo me dio ciento cincuenta euros por pintarle una persiana de un negocio, pensé que sería algo que podría darme dinero, pero no que sería una profesión», afirma. Es evidente que supo explotarlo. Tan solo tenía dieciocho años, pero no ha parado de hacerlo desde entonces, cada vez en proyectos más ambiciosos. «Para que me salieran más trabajos, ponía en los murales mi número de teléfono, pero el problema era que los firmaba igual que cuando pintaba trenes», recuerda. Nunca le reclamaron nada y alega que no era consciente del delito. De nuevo, todo eso ha prescrito, aunque en Villena sigue quedando un mural con su número. El último vestigio del inicio de su profesionalización. 

Martínez Esteban: Marest

Siempre pragmático, del mismo modo que montaba sin saberlo sus propias campañas de marketing añadiendo su contacto en los murales, un buen día también decidió romper con todo aquello para crear su nuevo perfil artístico. Cortó por lo sano. Cambió de nombre en Nueva York, cuando por una de esas cosas bizarras de la vida coincidió con siete personas que se llamaban Antonio en la misma clase. «Ahí cambié la ‘i’ latina por la ‘y’ griega de York, pero además metí los apellidos por petición familiar y los mezclé», desvela el creativo. No suele contarlo, pero hace una excepción. De sus dos apellidos, Martínez y Esteban, nació Marest, que también hace referencia al mar del Este, su Mediterráneo natal que tanto adora y representa en sus obras.

«En Nueva York visitaba cada día cinco o seis galerías y me di cuenta de que todos los artistas son muy repetitivos y es que, para que te reconozcan, tienes que repetir mucho las cosas», explica. A su vuelta, en Madrid, encontró a un artista que pintaba parecido a él, algo que le horrorizó y le hizo romper radicalmente con sus inicios. Poco después se reencontró de forma casual con el libro del grupo Memphis que compró cuando estudiaba en la universidad, lo que le sirvió de nuevo como inspiración para ese salto evolutivo. Un cúmulo de casualidades del que nació su característico estilo actual. Una suerte de art déco contemporáneo en el que se repiten patrones y figuras ineludibles como el sol, el mar, las palmeras, las explosiones de color y geometría en colores tan vivos que deslumbran.  

En España, Antonyo Marest se ha dado de bruces con infinitas puertas a las que ha tocado para proponer proyectos. Esos mismos planes que sí le han aceptado en otras instituciones de fuera. Así, se cuentan por decenas las intervenciones que ha hecho solo y de forma colectiva por todo el mundo. París, Londres, Múnich, Miami, Los Ángeles, Nueva York, Lisboa, Berlín, Chennai, Calcuta, Ontario, Casablanca o México son solo algunas de esas grandes ciudades en las que ha dejado su huella artística. Mientras en el exterior le reclamaban su trabajo, aquí le rechazaban las propuestas que hacía. 

En España, Antonyo Marest se ha dado de bruces con infinitas puertas a las que ha tocado para proponer proyectos. Esos mismos planes que sí le han aceptado en otras instituciones de fuera 

Ha pintado varias veces en la feria Miami Art Week, pero una de sus intervenciones más célebres en la ciudad norteamericana fue en 2019, con motivo del Art Basel organizado por el Centro Cultural Español (CCE) de Miami, donde pintó un mural exterior de más de cincuenta metros en el patio de su sede. Una actuación que le dio al alicantino la suficiente notoriedad como para que fuera convocado años después para un concurso de ideas promovido por la iniciativa privada. The Oasis es el proyecto de una gran constructora que tiene innumerables planes en el distrito de Wynwood, donde se ha levantado un complejo de oficinas en el que Spotify ha implantado su nueva sede. Marest fue el escogido, con Miami Sunrise Tower, en un proyecto que se ha acabado convirtiendo en todo un icono pop de la ciudad y de la compañía.

Casi al mismo tiempo recibía la llamada de Facebook para pedirle que creara la imagen de su nueva sede en el paseo de la Castellana de Madrid, donde debía impregnar de un fuerte carácter de esperanza y alegría con la intención de convertirse en una fuente de inspiración para los trabajadores. Tropical Hub es ahora una obra de arte contemporánea con su característico toque tropical y con el propósito de mejorar cada momento que los empleados pasan en las instalaciones. Un proyecto que, junto al de Spotify, se ha convertido en un punto de inflexión en su carrera, disparando su nombre hasta el más alto nivel. De hecho, ha sido seleccionado para el proyecto Make Europe Bloom, organizado por la Unión de Federalistas Europeos (UEF) y financiado por el Parlamento Europeo, con el que pintará hasta cinco murales en distintas ciudades de toda Europa, empezando por València, donde se ha encargado de pintar la fachada del Museo Fallero, próximo a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. 

Parlamento europeo

Con Make Europe Bloom, Marest pasa a formar parte de la Nueva Bauhaus Europea, la iniciativa creativa e interdisciplinaria anunciada por Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, que se engloba en el plan de recuperación por la covid-19 con setecientos cincuenta mil millones de euros de la Unión Europea y que pretende unir sostenibilidad y diseño para crear una nueva forma de habitar ciudades. Un espacio de encuentro para diseñar futuras maneras de vivir, que parte de la encrucijada entre el arte, la cultura, la inclusión social, la ciencia y la tecnología, donde el alicantino estará presente para trazar las líneas maestras que guiarán a las ciudades del futuro.

«yo no tengo ninguna obra más importante que otra porque en todas, hasta en la más pequeña, pongo todo de mí; no acepto nada si no creo en ello»

«Yo no tengo ninguna obra más importante que otra porque en todas, hasta en la más pequeña, pongo todo de mí; no acepto nada si no creo en ello, pero es cierto que estas últimas han conseguido que ahora se me abran muchas más puertas», confiesa. Él quería ser profeta en su tierra y ahora lo ha conseguido. En Alicante, su ciudad, este verano instalará varias estructuras de salvamento, en la conocida playa de San Juan, con una estructura similar a aquellas que aparecían en la famosa serie Los vigilantes de la playa (1989-2001), pero intervenidas artísticamente. Esta particular intervención que fue propuesta por él al área de Turismo del Consistorio será permanente y se unirá a otras obras de contratación pública y privada que el artista ha ido acumulando en los últimos meses en su provincia, en municipios como Elda, El Albir o Villena. Sin embargo, su proyecto más importante, en lo emocional, siempre será el que dio nombre a su hija. 

A pesar de los centenares de diversos proyectos que ya ha realizado, no son pocas las cosas que todavía le quedan por hacer. Uno de los principales retos que se ha propuesto es crear un monumento de Fogueres, pero también quiere pintar un medio de transporte que lleve el arte por todo el mundo: un avión, un buque, un helicóptero… Algunos ya le han dicho que está loco, pero terminará haciéndolo. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 81 (julio 2021) de la revista Plaza

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