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tribuna libre / OPINIÓN

Una conversación sincera

11/02/2021 - 

La izquierda debe tener siempre una vocación mayoritaria. Desde su propia definición se dirige a la mayoría de no privilegiados. No debe renunciar a nadie, pero no puede referenciar su acción política sin entender que la ejerce, ante todo, para ayudar a quienes más la necesitan. Se rebela contra las injusticias del nacer y del vivir.

Esto también aplica al diseño de las ciudades y a las movilizaciones urbanas. Claro que ser un ayuntamiento progresista consiste en aplicar una serie de mejoras inaplazables hacia la modernidad de nuestras ciudades. La peatonalización de la Plaza del Ayuntamiento en València o medidas como las que tomó la anterior corporación de Madrid para restringir el tráfico en su centro son evidentemente una homologación a cualquier modelo europeo al que nos gustaría aspirar. Hace poco leía sobre el proceso para convertir los Campos Elíseos en un enorme jardín. No obstante, es esto, pero no sólo esto. Algo así se explicaría en la multitud de análisis posteriores a las elecciones madrileñas, cuando se constato que la política apodada de magdalenas no conseguía interpelar a los barrios del sur de la capital, los más humildes. Simplemente fueron menos a votar. Probablemente hubo quien se sintió fuera de la conversación sobre la ciudad. Pero mirémonos también el ombligo, las anteriores elecciones en la ciudad de València mandaron un aviso para quien lo quiera escuchar. Fueron las elecciones con menor participación de nuestra historia, explicaciones hay muchas hasta las que atribuyen parte de la “culpa” a esa maravillosa final de Copa del Rey en Sevilla, pero la realidad es que mientras en el Eixample se votaba con normalidad en Benicalap menos gente iba a expresar qué quería de nuestra ciudad en las urnas.

Haríamos bien en interpelar de nuevo a esas mayorías. En no descuidar otros espacios importantes para la ciudad que, de hecho, son más determinantes en el día a día inmediato de una mayor parte de personas. Las dotaciones de barrio que no son otra cosa que el colegio al que llevan las personas a sus hijos e hijas, el centro de salud o sus instalaciones deportivas. El coste de vivir en su propio barrio, las opciones de que las siguientes generaciones puedan vivir, si así lo desean, donde han crecido. Evitando un envejecimiento paulatino que se está produciendo en las áreas urbanas, mientras se desplaza a las periferias a cohortes generacionales más jóvenes y lamentablemente más precarizadas. La opción de encontrar trabajo en el lugar donde se vive. Porque mucho hablamos de competencia fiscal, pero el entorno que genera una ciudad es mucho más determinante que el Impuesto de Bienes Inmuebles para que nazcan nuevos proyectos o vengan inversiones a un municipio. La posibilidad de desplazarme andando a todo aquello que necesito para vivir y la no necesidad del vehículo privado cuando deseo desplazarme. Internacionalmente se conoce a esto como ciudad a 15 minutos, pero en el fondo es lo que entendemos por un barrio cohesionado.

Lo más importante que puede hacer una ciudad y un gobierno progresista es prestar atención a estos elementos. No tienen el glamour de otros debates o de los grandes proyectos, pero determinan más la vida de las personas y construyen en mayor medida el derecho a la ciudad de quienes la vivimos. Al final tu ciudad es aquella que paseas, lo que tienes a mano y conforma tus vivencias. Como le ocurre al protagonista de Noruega, cada uno escribimos nuestra novela de València a raíz de aquello que tenemos cerca. Es nuestra verdad urbana.

Y la verdad no puede o no debe esconderse tras épicas de quienes pueden permitirse atenderlas. Pongamos que hablo de Benimaclet. Un barrio que carece de muchos de los elementos anteriores, porque ha quedado anclado en un desarrollo atascado durante décadas. La condena a que ya llegaría el parque, el campo de fútbol, los centros educativos, la conexión con la huerta y ya desaparecerían los solares. Un barrio atrapado en ese atasco y que tampoco puede ser únicamente una estación de paso de estudiantes de las universidades con las que hace frontera. La universidad lo vitaliza y lo hace vibrante, pero no puede hacernos olvidar que no es una enorme residencia al aire libre. No es un lugar de paso. No pueden existir tampoco dos barrios, el que ya existía y el que viene, ni reservado a muchos, ni a unos pocos. Ha de existir un único barrio y ha de formar parte de este las personas corrientes, dicho con la misma reverencia con la que Manel canta a la gent normal y de la que todos formamos parte, no nos creamos más que nadie.

Nosotros, las personas de izquierdas tenemos la obligación de hablarle a todas las personas, incluirlas en la idea de ciudad, ponerlas en el centro de las decisiones. Ninguno tiene derecho a excluirlas, ni las sociedades limitadas, ni quienes pretendan limitar la sociedad a aquello que les gusta, por bucólicos que sean los paisajes que pintan. Tenemos el deber de construir conversaciones sinceras sobre esta ciudad y esto solo es posible cuando se incluyen todas las voces.

Borja Sanjuán, portavoz del PSPV-PSOE en València

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