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crítica de concierto

Una correcta cuarta de Mahler que subió enteros por Marina Monzó

25/10/2020 - 
Palau de les Arts, 23 de octubre de 2020
Cuarta sinfonía de Gustav Mahler
Orquesta de València
Marina Monzó, soprano
Ramón Tebar, director musical

VALÈNCIA. Para Leonard Bernstein, uno de los directores que mejor entendió la música de Mahler, esta Cuarta sinfonía es la visión física de la Resurrección, y en cierta medida la concreción de esta representa algo muy atractivo, obsesivo incluso, para Gustav Mahler ante la falta de recompensa del judaísmo, la religión en la que fue educado, más allá de que Dios te amará si cumples con lo mandado. Mahler quiso convencerse del sinsentido que es una vida terrenal y no comprende que los sinsabores de la existencia no tengan una contraprestación en el más allá.

La cuarta de Mahler abría la temporada de la Orquesta de València en el auditorio del Palau de Les Arts por las razones que ya todos conocen. Una obra que hoy día es, una de las más populares de su catálogo sinfónico, pero que esta llena de escollos a la hora de traducir la transparencia y el tono pastoral que la envuelve. La cuarta actúa en el catálogo mahleriano como bisagra entre las tres primeras sinfonías Wunderhorn, y el resto de obras maestras. Una lectura la de Tebar y sus huestes que no pasó de correcta, pero que en el cómputo global subió enteros por la intervención de la soprano valenciana Marina Monzó.

Aunque los directores en ocasiones se saltan un tanto las indicaciones del autor, no hay que olvidar que primer movimiento está indicado en la partitura, sin prisa, adecuadamente mesurado”. Cierto, no hubo prisa por parte de Tebar pero hay que subrayar que lo llevó con bastante premura. Quizás fue el movimiento mejor llevado por los comparecientes y que nos hizo albergar esperanzas de una lectura global de mayores quilates. Cierto que faltó ese aliento clásico que caracteriza este movimiento. Una lectura correcta con una orquesta ofreciendo una buena respuesta, pero, sin embargo, carente de imaginación para ir más allá de las notas. Las versiones escuchadas y existentes en la discografía son tantas y tan buenas…

Foto: LIVE MUSIC VALENCIA

El segundo movimiento fue, sin duda, lo menos memorable de la velada. Una lectura con metrómono en mano, de carrerilla y por ello restándole todo el encanto de esta música bamboleante, como de danza macabra que es. Buscamos los rubatos por algún lado y salvo los que son más evidentes, no se vio por ninguna parte. Eché también en falta algunos silencios dramáticos como en la entrada de la trompeta a solo. Faltó también imaginación, por tanto, en el reparto del tiempo, es decir en el fraseo, lo que restó todo el misterio a este hipnótico magistral movimiento. Tuvo Tebar un detalle musical afortunado que se escucha en muy pocas ocasiones como es el de anticipar, mágicamente, el arpegio del arpa en el instante más lírico de todo el movimiento poco antes del final. El poco adagio no pasó de la corrección ya que pide mucho más lirismo e intensidad que las ofrecidas, sobretodo en lo que a las cuerdas se refiere, más mahlerianas aquí que nunca, portamentos incluidos, y que en esta ocasión no hicieron acto de presencia. Tampoco el clímax del final fue de esos que se recuerdan (véase Gatti con la Royal Philarmonic en el Palau hace muchos años).

No me pareció apropiado que la soprano hiciera acto de presencia cuando la música está sonando y más en medio de los clímax de toda la obra. Uno de los instantes más conmovedores de la partitura como es el citado gran crescendo con que culmina este tercer movimiento. Habitualmente la cantante aparece en el escenario entre el segundo y tercer movimiento permaneciendo junto al director a lo largo del Adagio. Dicho esto, vayamos a lo mejor: la intervención de Marina Monzó en el movimiento de cierre fue, sin duda lo verdaderamente sobresaliente de la velada. Bien acompañada por Tebar, y magnífica en lo que al canto se refiere, luciendo unos medios envidiables, y empleando regulaciones y fraseo impropias de una cantante tan joven y más teniendo en cuenta que quizás sea esta una de las primeras ocasiones en las que se acerca a la música del compositor bohemio. Sin que sea una música que haya que teatralizar especialmente quizás el único, pero fuera cierto hieratismo en la expresión; una cuestión menor que con el tiempo será sólo una anécdota puesto que vis dramática le sobra a la formidable cantante valenciana, tal como pudimos comprobar recientemente en el Cosí fan tutte mozartiano. 

Foto: LIVE MUSIC VALENCIA

La cuarta, como es habitual en el catálogo mahleriano, destina no pocos pasajes a los solistas. Aquí especialmente pues hay una mayor desnudez y transparencia que en el resto de sinfonías. Hay que decir que en términos generales estuvieron dentro de la corrección en sus cometidos tanto Enrique Palomares en el segundo movimiento con el violín en scordatura (desafinado respecto a la orquesta), Roberto Turlo en el oboe, Salvador Martínez a la flauta, pero en la tónica general de la lectura, faltó alma y expresión mahleriana en sus intervenciones. Éxito de público que prácticamente ocupaba la totalidad de los asientos seleccionados por medidas de seguridad.

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