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GRAND PLACE (DESDE BRUSELAS) / OPINIÓN

Una muerte precarizada en Europa

Foto: KIKE TABERNER
28/05/2019 - 

La muerte de un repartidor de Glovo en Barcelona, arrollado por el camión de la basura, ha pasado desapercibida entre la vorágine electoral. Recordemos quién es Glovo: una de esas empresas que se llaman colaborativas y que obligan a sus trabajadores a trabajar como autónomos por una comisión en el reparto de comida a domicilio. Van en bicicleta. El trabajador atropellado mortalmente el fin de semana era un joven nepalí de 22 años que intentó cumplir su sueño europeo y se lo dejó en el asfalto. Pero lo más triste es que ni siquiera constaba como trabajador en ningún lado. Sin papeles y sin poder pagar la cuota de autónomo y el equipo de trabajo, le “subarrendaba” la bici y el servicio otro compañero.

¿Éste es el sueño europeo? No. Lo descubrí al volver a las trincheras del periodismo, después de un paréntesis forzoso. En medio de la noche electoral en Bruselas, en el centro del mundo Occidental y civilizado, vi que la explotación y la precariedad no son patrimonio de las castas más bajas, de los parias de la tierra. En una de las ruedas de prensa para dar los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, los jóvenes periodistas peleaban con los medios técnicos y sus redacciones para poder llegar a todo: a la crónica on line, al minuto a minuto, a la foto, al audio, a grabar en inglés, español y catalán tres piezas diferentes en una hora. Nunca pensé que ser periodista era una multifunción tan precarizada que se llega a perder el respeto al periodista y el amor a la profesión. Hagamonoslo ver…

Foto: KIKE TABERNER

Sobre todo, porque estamos en una Europa que pretende proteger y garantizar nuestros derechos como trabajadores, y dignificar nuestra vida como ciudadanos. Que se lo digan al más del 25%, es decir, a la cuarta parte de los votantes en estos comicios, que se han decantando por votar a los partidos de extrema derecha, a los fascistas, populistas, neonazis… No quedan calificativos -o mejor, descalificativos-. ¿Pero es que, de repente, estos ciudadanos europeos se han convertido en monstruos? No, son gente corriente, gente desencantada, gente enfadada, gente a la que el sistema intenta apartar…

Son los hijos de la crisis financiera mundial que las políticas neoliberales de tres gobiernos europeos -quince años- llevaron al rescate del euro, al rescate de la banca, pero no al rescate de los ciudadanos. Y no lo ha pagado caro. Aún no. La gran coalición populares/socialdemócratas se ha salvado in extremis, aunque sin la mayoría absoluta habitual que les permitía hasta ahora alternarse en la Presidencia de la Unión -ya le tocaba al socialista, que ya tardaba…-.

Ahora deberán pactar entre ellos y con otros, porque no suman. Verdes y Liberales exigirán un lugar en el cielo y el cambio en determinadas políticas demasiado asentadas en la comodidad de la Plaza Shumann. Pero no será suficiente. El 25% de descontento y euro-escepticismo es mucho, sobre todo porque se acerca el momento de la verdad, con el Brexit a las puertas, y una inminente recesión que se adelantará a 2021, cuando aún sufrimos los coletazos de la anterior. Si no, que se lo pregunten al pseudo-trabajador de Glovo subarrendado y a los periodistas multifunción de la noche electoral. Que se lo pregunten también al conductor del camión de la basura…

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