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crítica de concierto

Una novena de Beethoven con más sombras que luces

23/11/2019 - 
Palau de les Arts, 21 de noviembre
L. V. Beethoven, sinfonía número 10 (primer movimiento completado por Barry Cooper) y número 9 sinfonía “Coral”
Raquel Lojendio, Cristina Faus, Vicente Ombuena, José Antonio López
Orfeón Pamplonés
Orquesta de Valencia
Tebar, director musical

Gran éxito por partida doble: en primer lugar porque se colgó el cartel de no hay billetes en el auditorio del palau de les Arts, lo que siempre es una buena noticia, y en segundo lugar por el veredicto del público por lo escuchado. Las cosas como son: un éxito indiscutible de todos los comparecientes.

 Una sinfonía “coral” beethoveniana que, sin embargo, para el que escribe tuvo más sombras que luces a lo largo y ancho de la hora larga que dura esta obra maestra. En primer lugar una lectura escasa de personalidad e imaginación y que se movió en el terreno de lo convencional y lejos de la trascendencia. Tebar es un maestro al que le preocupa que todo esté en su sitio: su gesto, sus entradas son claras y en ese sentido los músicos no pueden poner ningún pero, pero se echa en falta escuchar cosas diferentes aunque estas sean más o menos discutibles. Se echó en falta también la intensidad emocional, el ardor, la incandescencia que esta sinfonía demanda. Por otro lado formación no lució el sonido denso cási corpóreo que sí pudimos disfrutar hace pocas semanas en un programa también de corte germánico. Los primeros violines mostraron un timbre desabrido, con falta de peso, y las cuerdas graves, en esta ocasión colocadas a la izquierda del director, un tanto amaneradas y con falta de tensión.

El allegro se fue a poco más de catorce minutos lejos de las versiones históricas (Klemperer, Furtwangler, Bohm…) que están más cerca de los diecisiete y dieciocho, pero sin embargo no se apreció esa ligereza en momento alguno, sino todo lo contrario. Sin ser una versión plana, se echó en falta un mayor juego de contrastes dinámicos, moviéndose todo en el terreno de la corrección pero sin emocionar en ningún instante. Se pasaron ciertos detalles por alto en una lectura ordenada, correcta, pero de alguna forma rutinaria. Algo se arreglaron las cosas con un molto vivace con excelentes intervenciones solistas que cumplieron con nota desde un omnipresente Javier Eguillor que ofreció una enorme gama de matices en los timbales a lo largo y ancho de una obra que a este instrumento Beethoven le regala una increíble y compleja partitura; se unieron María Rubio en sus intervenciones a la trompa, así como Juan Enrique Sapiña al fagot, y el oboe de Roberto Turlo. Tebar, como decíamos, intentó y en buena medida logró llevar todo a su sitio, que no es poca cosa en esta compleja sinfonía, pero siempre faltaron varios grados para llegar a una interpretación memorable, de esas que nos remueven por dentro. La vehemencia con que en ocasiones se aplicó marcando las entradas no parece que tuviera toda la respuesta deseada en unos músicos un tanto apáticos. Después de un adagio que transcurrió dentro de una fría corrección en la que sí hay que destacar al trompa solista en una intervención más que meritoria, el gran movimiento de cierre tuvo algunos de los instantes más inspirados que coincidieron con las intervenciones corales y otros al borde del precipicio con un cuarteto cuya intervención no pasará a los anales. Tebar supo equilibrar todos grupos intervinientes aunque de nuevo faltó intensidad y riesgo. Como anécdota, uno ya no sabe si fue debido a la acústica de la sala, especialmente brillante para ciertos timbres y frecuencias, o por designios interpretativos del maestro, la solista de piccolo, excelente por otro lado, se hizo dueña de buena parte de la coda escuchándose su línea melódica por encima de toda la masa orquestal, aportando, quizás, uno de los instantes más originales de la velada.

Como decíamos, el cuarteto, colocado tras la orquesta en el lado derecho del maestro, no tuvo su mejor día individualmente hablando y no llegó a funcionar como tal por falta de equilibrio en las voces, (condición sine qua non), por tanto en este caso no podemos estar satisfechos. La soprano Raquel Lojendio se movió en la corrección pero pasó muchos apuros para alzar los temibles agudos escritos por Beethoven lo que se hizo especialmente patente en una escritura tan transparente, la mezzosoprano Cristina Faus  pasó un tanto desapercibida entre unos y otros. El tenor Vicente Ombuena cumplió con un timbre hermoso, que bien conocemos, aunque su voz que ya no es tan fresca como antaño quedó poco proyectadada y no logró correr por la sala, al contrario de la voz del barítono José Antonio López lució potencia y proyección sobradas desde la primera intervención en fortísimo aunque, ciertamente, le falto cierto refinamiento en su canto.

Muy bien el amplio orfeón pamplonés, sin duda lo mejor de la velada, que lució empaste, potencia sin recurrir en ningún momento al grito, y un precioso timbre en cada una de sus cuerdas. En esta ocasión bien dirigido por el maestro valenciano acostumbrado a estas lides por su experiencia operística. Fue la formación coral la que llevó la mejor parte del éxito de público.

Casi a modo de anécdota, como aperitivo se ofreció, previamente a la obra principal, una pieza (no la calificaremos siquiera de movimiento sinfónico) que comúnmente tiende a denominare “décima sinfonía de Beethoven”-no, este crítico no ha bebido más de la cuenta- puesto que se trata de una reconstrucción de un movimiento a cargo del musicólogo Barry Cooper realizado 1988 y revisado más tarde, escrita a partir de retazos contenidos en distintos manuscritos, razón por la cual me parece poco riguroso, por no decir un exceso fuera de todo lugar, denominarla “décima”.

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