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el cudolet / OPINIÓN

València, franquicia hasta su periferia

11/01/2020 - 

En pocos años, ejercer de sereno al circular la ronda por el centro histórico de València en busca de un comercio tradicional será igual de complejo que encontrar a un Piel Roja paseando por las calles de Manhattan. Es decir, visualizaremos un paisaje sin sentido. A ojos de Instagram una imagen fresca, actual y moderna. Lo describía muy bien Paul Kingsnorth en una reciente entrevista concedida a un diario generalista: Lo que llevamos décadas haciendo-le faltó matizar, en el mundo occidental- es crear un sistema económico global y como podrás comprobarlo Dublín se parece más a Londres, que cada vez se parece más a Ámsterdam. València city pedalea en el mismo sentido que las agujas del reloj de las principales cabeceras europeas. Cierta obediencia alimenticia pasa por atender con una desmedida excelencia a un próspero y temporal vecino, el forastero. Digo vecino porque, a fin de cuentas, a los nuevos comunitarios los encuentras en el elevador de cualquier Torre de Babel de finca urbana.

A propósito de ello, hace pocos días me llevé un gran disgusto al leer Después de muchos años, cerramos nuestras puertas. Gracias por dejarnos formar parte de nuestras vidas, esperamos que esto solo sea un HASTA PRONTO. Les sitúo, estas letras de defunción son las escritas de puño y letra, a mano y en rotulador permanente, por los propietarios de la Pastelería de Santa Catalina. Baja la persiana una emblemática expendeduría del arte del panquemao. La encontraban situada en la estrechez del paseo desde San Vicente a Lope de Vega. Antes de alcanzarla, a la derecha, Horchatería El Siglo había desaparecido de nuestras vidas, no de la memoria, ni del apunte literario que he vivido en tantos momentos en este palacio de la horchata y del chocolate. El fondo del problema de la gentrificación del comercio de los pasteles ha radicado en el alto coste del precio del alquiler del inmueble. El asunto en cuestión es complejo, también hay que ponerse en la piel de la propiedad. 

Franquicia de Tim Hortons en la calle San Vicente. Foto: VP

A la misma vez que cerraba este local maestro chocolatero, icono de la pastelería valenciana, en la periferia del bajo Ensanche, en el cruce de Peris y Valero con Regne de València, a orillas de Monteolivete, en una manzana y adyacentes tomada por un efervescente conjunto de circulantes negocios hoteleros y hosteleros con dedicación exclusiva a los turistas, abría las puertas de par en par el rey del pollo frito. A pocos metros, antes lo había hecho un gigante de las pizzas. En resumidas cuentas, una de cal y otra de arena. 

El primer aviso globalizador del comercio de calle vino del sector pizzero en los años noventa, masificando el extrarradio del centro histórico de locales de comida rápida. Posteriormente vendrían otros sectores como el de los juguetes, la telefonía, el tabaco al vapor, las clínicas dentales, las panaderías, y con mayor efervescencia el de la restauración, colocando locales a diestro y siniestro ambientados por las salchichas, las hamburguesas, los sándwiches, los yogures... Entre este surtidor de locales franquiciados resoplaba con fuerza el idioma mandarín en las tiendas multiprecio o en las barras de bar. El segundo aviso y más serio fue tras la liberalización de los horarios comerciales de las grandes superficies. 

Recuerdo haber coqueteado a principios de siglo con una firma franquiciadora valenciana, siendo el responsable nacional de la expansión. Por aquel entonces, una abogada especialista en la materia, Carmen Quiles, lideraba tal aventura empresarial. Era una gran conocedora del tema, experta en expansión y desarrollo. La Feria de València contaba con un importante salón. Su presidente era Jaime Ussía, el hermano del promotor de las memorias del Marqués de Sotoancho, Alfonso Ussía,  ácido y polémico escritor de la alta alcurnia mesetaria. Con un madrileño de cuna de Presidente ¿dónde acabaría a los años consolidándose la mejor feria de las franquicias? pues lógicamente en el faro de Levante, en la capital de España. En aquel momento me pareció un modelo de negocio exportable para un neófito iniciar una primera actividad empresarial con el respaldo de una gran firma. A los pocos años empecé a cuestionármelo. En la actualidad prefiero secundar iniciativas comerciales más independientes y menos parentales. 

El comercio de calle valenciano va perdiendo fuelle. La balanza comercial va poniéndose en contra de lo autóctono. Cada ciudadano cree querer lo mejor, o lo más natural para el pulmón comercial de su ciudad. Es cuestión de gustos ¡Y de sabores! Me encuentro en la sana disputa mental basada en una gran contradicción personal, respecto al paralelismo surgido entre el comercio propio, liberado de otros aditivos con la libre circulación de ciudadanos -no de capitales-, es decir, la no existencia de “fronteras“. 

A varios pasos del precipicio de una frontera controlada por globalistas y nacionalistas, estos últimos años la ciudad vive abducida por los grandes beneficios que reportan las carteras repletas de billetitos de un turismo de masas. Preocupa la deslocalización de nuestro comercio de calle, empujado por nuevas fórmulas de una extensión de la industria autómata 4.0, evaporándose la pintoresca esencia del valenciano ¿Qué quieren que les diga? me gustaba más cuando callejeaba por el centro histórico y visitaba la clásica casa de comidas Esma ubicada en la calle Zurradores, en la que al pedir el huevo duro como extra en la ensalada te cobraban 60 pesetas adicionales. Aunque eso no ha diferido mucho de los actuales tiempos. Ahora lo hacen con las salsas o el kétchup, versión radicalmente opuesta en color y sabor al alioli que sirve para todo.

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