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Visiones y visitas / OPINIÓN

Valencia no sale al encuentro

6/01/2020 - 

Valencia, en lo que tiene de gran tesoro cultural, no sale a nuestro encuentro así como así. No se nos abalanza, facilona, sin exigirnos nada. No nos transfiere su enjundia de manera infusa, mágica o espontánea. Permanece accesible, muy a la vista, pero no nos aborda, no intenta hechizarnos, entrársenos por los ojos y embutírsenos en la mollera sin que pongamos algo de nuestra parte.

Debemos ir a buscarla in situ, a pelo, internándonos en sus calles, penetrando en sus edificios, acercándonos a sus cuadros y a sus esculturas, recorriendo sus vericuetos, informándonos anticipadamente y sincronizándonos con los latidos de su historia. Debemos hacer esto para entender lo que vemos; debemos hacerlo si no queremos acabar la visita in albis; y podemos lograrlo siguiendo los impulsos de nuestra iniciativa particular o apoyándonos en la que nos ofrecen otros. 

Héctor González, por ejemplo, es un periodista de raza y un estupendo cicerone que nos descubre las innumerables facetas de la ciudad a través de los geniales comentarios que agrupa bajo el rótulo «Curioseando Valencia»: unos comentarios en los que amalgama la riqueza del escolio erudito con la fresca perspectiva del andariego inquisitivo, del flâneur improvisado; unas notas breves y maravillosamente gráficas del rincón peculiar, del paisaje cercano pero inadvertido, del antaño relevante y hogaño modesto escenario de un lance histórico famoso... González nos hace recorrer, en la calesa de lujo de su escritura, la Valencia física, palpable y transitable, mientras que Francisco López Porcal, extraordinario novelista, nos brinda una inmersión sorprendente y reveladora en la Valencia literaria, en la ciudad que ha sido escenario narrativo de múltiples obras a través del tiempo: «Atrapados en el umbral», su primer libro, es un texto prodigioso, un espléndido carruaje, un ligerísimo landó que nos hace volar entre la pintura, la historia, el urbanismo y las letras del cap i casal

Maurice Clichy, el protagonista, es un profesor de la universidad francesa que viene a la capital del Turia para cotejar la imagen real de la metrópoli con los distintos retratos que varios intelectuales le han hecho a lo largo del tiempo, y para investigar la inquietante y tormentosa relación que tuvieron Dionís Vidal, el autor de los frescos de la iglesia de San Nicolás —la Sixtina valenciana—, y su maestro, el pintor Antonio Palomino. Una doble trama que nos pone delante, sin requerirnos otro esfuerzo que la lectura, el inmenso acervo cultural de la ciudad, y que nos marca, con llamativa fosforescencia, la maraña de senderos que conducen a sus diversas manifestaciones.

Trabajos como los de Francisco López y Héctor González son imprescindibles porque nos desvelan cómo esta ciudad que presumimos conocer se nos pierde bajo su misma exuberancia. Y porque nos demuestran que muchas veces pasamos ante lo exterior sin darnos apenas cuenta del interior; que deglutimos apariencias y ayunamos explicaciones; que miramos pero no comprendemos, y que de no comprender pasamos a ver sin percatarnos de que vemos, a percibir el continente sin sospechar la existencia de un contenido. Peor aún, incluso: sin preguntarnos en absoluto por él; sin extrañarnos de que la plaza de Alfonso el Magnánimo esté presidida por la figura ecuestre de Jaime I, ni de que la plaza del poeta Llorente albergue la estatua del pintor José Ribera, ni de que haya un monumento al marqués de Campo en la plaza Cánovas del Castillo. González, López Porcal y muchos otros nos interpelan con su mensaje. Algunas fundaciones, en momentos puntuales, nos recuerdan con sus iniciativas que tal o cual edificio sigue ahí, repleto de historia, rebosante de porqués luminosos y de vestigios esclarecedores. Pero a nosotros no nos llegará nada si nos convertimos en visitantes apáticos.

Valencia no sale al encuentro de nadie, por mucho que lo aseguren los cartapacios del turismo. Valencia se mantiene inmóvil, imponente, hiératica, con su tesoro dentro, esperando que demos un paso y lo hallemos. Valencia está disponible, pero nosotros quizá no estamos dispuestos. Un periodista que invierte su tiempo curioseándola y luego se detiene a escribirlo —a escribirse— con reconfortante aticismo, y un escritor que ha recorrido la novelística valenciana para fabricar una completa y original panorámica literaria de la ciudad nos invitan a redescubrirla con otros ojos. Valencia nos deja ver el cabo de la madeja, los cabos de las diversas madejas históricas y artísticas que guardan los muros de sus edificios; pero como todo lo que vale la pena, espera de nosotros un tironcito, un interés, algo de nuestra parte, que no nos limitemos a un vistazo superficial, a una inspección cutánea, sino que tratemos de profundizar. Entonces accederemos al jugoso trofeo que las centurias han amontonado en esta ciudad.

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