MANISES. El taller de Arturo Mora se ubica en una nave discreta de la calle Maestro Serrano, en el polígono de Manises. Desde fuera no hay nada que haga sospechar lo que ocurre dentro. Pero, al cruzar el umbral de la puerta, aparece un catálogo de piezas únicas de cerámica. Platos, jarrones o cuencos, todos brillan con un dorado casi angelical, imposible de concebir sobre la materia prima de la que están hechos: el barro. En una estantería kilómetrica, junto a la entrada, se alinean decenas de libros de arte, volúmenes gruesos que recorren la historia de la cerámica y a los que Mora recurre con frecuencia.
Entre el polvo del taller y las páginas desgastadas de estos tomos reposa buena parte del conocimiento de un oficio que, en la actualidad, está en peligro. Porque Arturo Mora es, en esencia, uno de los últimos supervivientes de la técnica medieval del reflejo metálico. En toda España solo hay dos ceramistas que se dedican profesionalmente a ella: Mora, en Manises y Miguel Ruiz, en Granada. Ambos trabajan en territorios vinculados al legado nazarí y andalusí, donde esta tradición arraigó hace más de siete siglos.

- Una pieza de cerámica elaborada por Arturo Mora.- Foto: EDUARDO MANZANA
Mora no llegó a la cerámica por casualidad. Nació en Manises y creció dentro de un taller. "Soy ceramista toda la vida. Mis padres ya hacían cerámica y yo aprendí a hacerla jugando, viniendo al taller desde niño", explica. Después del colegio, recuerda, acudía siempre al obrador familiar. Allí fue descubriendo el oficio, observando a los pintores, a los alfareros, a quienes preparaban esmaltes o cargaban los hornos. "Me cautivó la artesanía y hasta hoy", resume.
Durante años aprendió el oficio de manera casi natural, como se ha hecho siempre en los talleres. Pero la técnica del reflejo metálico apareció en su vida más tarde, de forma inesperada. "Mi padre tenía un libro de notas de mi tatarabuelo, del siglo XIX, donde aparecían recetas de colores de reflejo metálico, fórmulas y métodos", cuenta. Mora mostraba tanto interés por aquellas anotaciones que su padre decidió entregarle el cuaderno y empezó a estudiarlo. "Leí el cuaderno, empecé a probar las fórmulas, a experimentar", recuerda. Su padre había hecho alguna pieza de reflejo metálico, igual que otros miembros de la familia, pero nunca lo había desarrollado del todo. Él sí decidió hacerlo y nunca ha parado.

- Arturo Mora trabajando en su taller de cerámica en Manises.- Foto: EDUARDO MANZANA
Un reconocimiento a nivel mundial
La cifra actual de artistas dedicados al reflejo metálico sorprende si se piensa en lo que ha significado esta técnica. Se trata de una de las grandes aportaciones de la cerámica valenciana a la historia del arte europeo. En Manises se produce desde finales del siglo XIV y fue durante generaciones una de las exportaciones más prestigiosas del territorio. En 1383, el franciscano Francesc Eiximenis ya hablaba de ello en su Regiment de la Cosa Pública con una mezcla de admiración y asombro. Aquellas piezas doradas —escribía— fascinaban a papas, cardenales y príncipes que se preguntaban cómo era posible que de la tierra saliera una obra "tan excelente y noble".
La técnica, en realidad, venía de mucho más lejos. Sus raíces están en el mundo islámico medieval. En el califato abasí de Bagdad ya se trabajaba con pigmentos metálicos en el siglo IX, y desde allí el conocimiento viajó por el Mediterráneo hasta Al-Ándalus. En ciudades como Sevilla, Zaragoza, Murcia o Málaga se desarrollaron talleres que acabarían influyendo en la cerámica valenciana. Cuando algunos de esos maestros llegaron a València, trajeron consigo el secreto de aquel brillo metálico que imitaba el oro y la plata. Manises lo adoptó con entusiasmo y lo convirtió en marca propia.

- Piezas elaboradas por Arturo Mora en su taller de Manises.- Foto: EDUARDO MANZANA
Durante siglos, la loza dorada del municipio de l'Horta Sud circuló por las principales cortes europeas. Fue encargada por nobles italianos, comerciantes y familias poderosas de toda Europa. La familia Boïl, señores de Manises, impulsó su comercio y su prestigio. Algunas piezas, cuenta Mora, llegaron incluso a la corte de los Médici en Florencia. En cambio, otras acabaron en colecciones de la realeza francesa. Hoy muchas de esas obras se conservan en museos de todo el mundo. Mora los ha visitado para estudiar las piezas. "Hay colecciones muy importantes en el Louvre, en el Victoria & Albert de Londres, en el Metropolitan de Nueva York o en el Hermitage", explica el artesano. Pero también menciona con especial respeto el Instituto Valencia de Don Juan, en Madrid, donde se conserva una de las mejores colecciones medievales de cerámica de Manises.
El delicado proceso del reflejo metálico
Ese contacto con las piezas antiguas ha sido parte esencial de su aprendizaje. "Yo copio a los maestros de los maestros", dice Mora. No en el sentido literal, sino como ejercicio de estudio. Observa la pincelada, la composición y la manera de construir cada motivo decorativo. "Aprendo de ellos y también aporto algo nuevo, algo del siglo XXI", matiza Mora. El reflejo metálico es tradición, pero también experimentación constante. La técnica sigue siendo una de las más complejas de la cerámica. El proceso empieza hecho en torno, no en molde.
Mora se muestra tajante en esta cuestión: "Tiene que estar hecha a mano. Una pieza hecha a molde pierde mucho. La gente que busca esta cerámica quiere que sea lo más pura posible". Después llegan las cocciones. Tres en total. "La primera es la de bizcocho, la del barro. Luego viene la del vidriado. Y la tercera es la del reflejo metálico", explica Mora. Solo la primera cocción dura unas diez horas, la segunda alrededor de ocho y la última unas tres o cuatro. "Desde que empiezas una pieza hasta que está terminada pueden pasar tres semanas", calcula.

- Arturo Mora, junto a varias de sus creaciones.- Foto: EDUARDO MANZANA
El momento más delicado llega en la última fase. El pigmento, compuesto por cobre y plata, se aplica sobre el vidriado y vuelve al horno en una atmósfera reductora, con muy poco oxígeno. Antiguamente se conseguía quemando leña de romero. "El romero tenía una resina que generaba mucho humo y quitaba oxígeno al horno", explica. En la actualidad, Mora combina métodos tradicionales con gas para adaptarse a los costes actuales. Aun así, el resultado nunca está garantizado. "Es una técnica que se domina, pero no se domina", resume con cierta ironía. Cada horno responde de una manera distinta, lo que hace que las cocciones sean un pequeño experimento. "El ceramista tiene que entender al horno. Cuando estás cociendo estás en comunicación con él", apunta.

- Botes de pigmentos empleados en reflejo metálico.- Foto: EDUARDO MANZANA
Falta de relevo generacional e inestabilidad política
Precisamente, esa dificultad es lo que ha hecho que el reflejo metálico haya sido tan admirado durante siglos. Y también lo que pone en riesgo su continuidad. El problema no es que la técnica vaya a desaparecer, explica Mora, sino que el oficio se está quedando sin relevo generacional. "Lo que está en peligro es la artesanía tradicional, el saber pintar, el dominar el pincel. Eso requiere muchas horas de trabajo", reconoce. Hoy en día, dice, pocos jóvenes están dispuestos a dedicar años a un aprendizaje tan largo sin garantías económicas claras.
Ahí aparece otro factor que rara vez se menciona cuando se habla de artesanía: la presión fiscal. Mora lo dice sin rodeos: "No puede ser que un ceramista pague los mismos impuestos que alguien que está vendiendo productos importados de China". A su juicio, el sistema no distingue entre una producción artesanal lenta y un comercio rápido de mercancía global.

- Arturo Mora, en su taller de cerámica en Manises.- Foto: EDUARDO MANZANA
La consecuencia es evidente. "Cuando llega el trimestre, tiemblo como todos los autónomos", admite, y añade una reflexión que suena casi a advertencia: "Si fuese joven hoy, quizá me lo pensaría". Aun así, el taller sigue en marcha. Mora continúa produciendo piezas que viajan a coleccionistas, galerías y museos de distintos países. Entre esos proyectos se encuentra una colección destinada al Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Un ejemplo de cómo una técnica medieval sigue conectando Manises con el mundo.
Pero incluso esos proyectos dependen ahora de factores que escapan al control del ceramista. La escalada del conflicto en Oriente Próximo y las tensiones comerciales internacionales añaden incertidumbre a un mercado ya de por sí frágil para la artesanía. Mientras tanto, el horno sigue encendiéndose en la nave de la calle Maestro Serrano. Las piezas entran y salen, pasan por el torno, el pincel y el fuego. Mora sigue experimentando, estudiando y produciendo reflejo metálico como lo han hecho generaciones de ceramistas antes que él.