VALÈNCIA. Los aviones vuelan bajos sobre el Barrio del Cristo. El ruido de los motores obliga al silencio durante unos segundos, hasta que se alejan y la conversación puede retomarse. Ocurre hasta diez veces en una misma mañana. El aeropuerto de Manises queda a pocos minutos por la A-3, la gran infraestructura que rodea este núcleo urbano de 7.500 habitantes y apenas dos kilómetros cuadrados.
Los aviones compiten con el tráfico de la autovía y el trasiego de los polígonos que abrazan el barrio. También son habituales otras escenas menos amables: solares a la espera de un desarrollo urbanístico que nunca llega, espacios que necesitan más mantenimiento, basura acumulada en distintos puntos y un alcantarillado que los vecinos consideran "obsoleto" y que vuelve a dar problemas cuando las lluvias azotan con fuerza la zona.
Frontera invisible entre Aldaia y Quart de Poblet
A simple vista, nada hace pensar que el Barrio del Cristo esté partido entre dos municipios. Hay que ser muy observador para advertir que, junto al mercado municipal, una marca imperceptible en la fachada de una vivienda separa la parte que pertenece a Aldaia de la que corresponde a Quart de Poblet. No hay una calle que se interrumpa, una acera que cambie de aspecto ni una señal que avise al vecino de que ha cruzado de término municipal. La vida sigue igual a ambos lados de una línea diminuta que solo importa a efectos administrativos.

- La señal que separa los términos de Quart de Poblet y Aldaia en el Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
Los vecinos comparten calles, comercios, colegios, servicios y una misma identidad, aunque sus casas no pertenezcan al mismo pueblo. Y no fue una decisión administrativa la que creó esta singularidad, sino justo lo contrario: el núcleo comenzó a crecer en los años 40 sobre el límite que separaba los términos de Aldaia y Quart y fue extendiéndose a ambos lados hasta formar una única realidad urbana.
Antes se conocía como "Barrio de Porta", por el pozo tradicional que había en la zona. Hasta mediados del siglo XX, el entorno era agrícola y rural, con una granja, una fábrica de ladrillos y zonas de extracción de tierra. Las primeras viviendas aparecieron en los años 40 y el núcleo se consolidó en las décadas siguientes con la llegada de familias, sobre todo de Castilla-La Mancha y Andalucía, en busca de trabajo y de una vida mejor.
No hubo urbanización previa ni un proyecto que dibujara las calles antes de que llegaran sus habitantes. Las casas fueron apareciendo a medida que lo hacían las familias. Algunas de las primeras viviendas se levantaron de noche, en una época en la que construir sin autorización podía significar que la policía derribara al día siguiente lo que se había hecho. El solar se convertía en vivienda y la vivienda, en hogar. Así fue creciendo el núcleo, primero por necesidad y después como comunidad, hasta que su tamaño hizo inevitable que las administraciones tuvieran que encontrar una fórmula para atenderlo.

- El polideportivo del Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
Una administración creada para un barrio
De esa urgencia nació, en 1965, la Mancomunidad Intermunicipal del Barrio del Cristo, creada mediante el Decreto 3349/1965. No era una mancomunidad al uso, en la que varios municipios deciden compartir servicios, sino una estructura concebida para administrar una única realidad urbana repartida entre dos términos municipales. Más de seis décadas después sigue existiendo como entidad local con personalidad jurídica propia y constituye "un modelo único" en España.
La presidencia de la Mancomunidad se alterna cada cuatro años entre los dos municipios. En el actual mandato corresponde a Quart de Poblet y la ostenta su alcaldesa, Cristina Mora, mientras que el vocal delegado es José Antonio Zapata –también concejal en este municipio– y ejerce funciones de representación y gestión. La Mancomunidad recibe recursos de ambos ayuntamientos y presta determinados servicios en el núcleo, mientras que cada consistorio mantiene competencias propias sobre la parte del territorio que le corresponde.
Sobre el papel, la distribución permite organizar una realidad que sigue siendo una sola. En la práctica, los vecinos plantean una cuestión mucho más sencilla: cuando algo falla, ¿quién tiene que resolverlo? Antes de llegar a esa pregunta conviene entender de dónde viene la respuesta. Mucho antes de que existiera la Mancomunidad, sus vecinos ya habían empezado a construir algo más difícil de delimitar: una identidad propia.
Dani Segura es vecino, activista y creador de contenido en redes sociales. Su padre y sus abuelos vivieron en las primeras casas del núcleo, y él las señala mientras camina por calles que un día fueron caminos entre campos. "Principalmente fue creado por los propios vecinos", explica. Las familias llegaban, construían y se quedaban. El barrio iba ocupando el espacio rural que quedaba entre Aldaia y Quart de Poblet y, con las casas, se multiplicaba una vida comunitaria que acabaría siendo su principal elemento vertebrador.

- Las primeras viviendas que se construyeron en el Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
La parroquia fue uno de los primeros puntos de encuentro, y junto a ella se construyó una escuela de monjas que durante años escolarizó a los niños del barrio. Después llegaron las asociaciones, los clubes deportivos, las fiestas, las fallas y los espacios culturales. No era solo que faltaran servicios: los vecinos aprendieron a organizarse para conseguirlos. Esa tradición explica buena parte del carácter reivindicativo del barrio y también de quienes hoy siguen reclamando mejoras.
Segura lo hace desde las redes sociales, donde documenta problemas cotidianos y pone nombre a lo que, de otro modo, corre el riesgo de convertirse en paisaje. Por su parte, Paula García, número 1 de Decidix Aldaia, también ha crecido en el barrio y desarrolla parte de su actividad profesional y personal allí. Los dos parten de una misma idea: no hablan de un lugar que haya que construir desde cero, sino de una comunidad que lleva décadas resolviendo sus necesidades y que se pregunta si la estructura creada para atenderla sigue siendo suficiente.
Un núcleo "a medio desarrollar"
El Barrio del Cristo no es un lugar sin servicios. Hay colegios, instalaciones deportivas, comercio y espacios de convivencia. El problema aparece cuando se mira cómo se mantienen y cómo responden a las necesidades actuales. En algunos puntos, el núcleo transmite la sensación de haber quedado a medio camino: viviendas consolidadas junto a solares pendientes de desarrollo, equipamientos que necesitan renovación y espacios públicos cuyo mantenimiento no siempre llega cuando debería.
"Lo que no puede ser es que tengamos que esperar desde los años 60 para que nos mejoren, por ejemplo, la red de alcantarillado", lamenta Segura. La crítica no apunta a una obra pendiente, sino a que determinadas necesidades básicas hayan quedado atrapadas durante décadas en una estructura administrativa que ha sobrevivido a los cambios del barrio. La Dana de octubre de 2024 volvió a poner el foco sobre el saneamiento, pero para quienes viven aquí el problema venía de mucho antes.

- Paula García, número 1 de Decidix Aldaia, junto a una señal de tráfico.- Foto: MARGA FERRER
El propio Plan de Actuación Integrado de Aldaia identifica al Barrio del Cristo como "un ámbito con vulnerabilidad pluvial estructural", vinculada a su baja cota y a las limitaciones de drenaje y saneamiento, y plantea actuaciones para mejorar la evacuación y reducir los problemas recurrentes. La incorporación del barrio a este plan es significativa porque muestra que una de las necesidades más antiguas del núcleo sigue siendo también una de las prioridades actuales.
Las actuaciones forman parte de una estrategia municipal que opta a financiación europea y que plantea intervenir tanto sobre el drenaje como sobre el espacio público para mejorar la respuesta ante episodios de lluvia intensa. Algo parecido ocurre con el mercado municipal, que durante décadas fue uno de los centros de la vida cotidiana y que ahora se transforma para incorporar nuevos usos, entre ellos la escuela de música y la escuela de adultos.
El proyecto ha necesitado años para llegar a la fase de obras. Como buena parte del barrio, habla de una época en la que la población crecía más deprisa que los servicios y de otra, la actual, en la que toca adaptar instalaciones concebidas para una realidad que ya no existe.

- Estructura de las obras junto al mercado municipal del Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
El recorrido deja además pequeñas escenas: un elemento de un parque que lleva meses pendiente de reparación, un tobogán que, según Segura, lleva años deteriorado, un solar donde se acumula el agua cada vez que llueve, restos de suciedad en determinados puntos o una parada de autobús que los vecinos reclaman. Por separado, ninguna explica qué ocurre en el barrio. Juntas dibujan una población que tiene servicios, pero que considera que algunos llegan tarde, se mantienen peor o no evolucionan al ritmo de sus necesidades.
"Aquí las cosas van al ritmo que van, que es un ritmo inexistente", dice Segura mientras señala uno de esos elementos. La frase resume la percepción de algunos vecinos: no tanto que nadie se ocupe del barrio, sino que las soluciones se demoran hasta que la deficiencia termina convertida en paisaje. Y ahí aparece el problema que atraviesa toda esta historia. ¿Quién se ocupa?

- - Foto: MARGA FERRER
Tres administraciones para un núcleo urbano
La respuesta no es sencilla, porque en el Barrio del Cristo conviven tres niveles de gestión. La Mancomunidad administra determinados servicios, mientras Aldaia y Quart de Poblet conservan competencias propias sobre el territorio que les corresponde. Sobre el papel, cada función tiene su responsable. En la calle, explican los vecinos, la frontera es bastante más difusa. "Hay una duplicidad de servicios", señala García.
Cuando un vecino reclama una actuación, puede recibir como respuesta que corresponde a la Mancomunidad; si acude a la Mancomunidad, se le puede trasladar que los recursos dependen de uno de los ayuntamientos. "Se pasan la pelota de unos a otros", asegura. El problema no es solo quién paga o quién ejecuta, sino que el vecino pueda identificar con claridad quién debe responder cuando algo no funciona.
Segura conoce bien esa sensación y la ha convertido en una crítica recurrente en sus redes: cuenta cómo vecinos con necesidades concretas han acabado peregrinando entre servicios para averiguar si una prestación corresponde a Aldaia, a Quart o a la Mancomunidad. Resulta desconcertante en un lugar donde nadie percibe tres niveles administrativos al salir a la calle.

- Acumulación de basura en el Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
La paradoja es que esta estructura nació para facilitar las cosas. Fue una solución singular para una situación singular. Lo que se preguntan ahora algunos vecinos es si una fórmula diseñada hace más de sesenta años sigue respondiendo a un barrio que ya no se parece al de entonces.
Segura cree que hay que revisar el modelo. No plantea que el Barrio del Cristo se convierta, sin más, en un municipio independiente: admite que no existe la capacidad económica y administrativa para plantearlo en esos términos. Lo que cuestiona es que los estatutos y la estructura de la Mancomunidad sigan arrastrando una lógica concebida para otra época. "Se necesita que la gestión de la Mancomunidad del Barrio del Cristo evolucione y que se replantee la forma en la que se está gestionando", sostiene.
El carácter reivindicativo de sus vecinos
Durante años, el barrio ha cargado con la imagen de zona periférica, con la sensación de que siempre quedaba algo pendiente. Sus vecinos han construido una identidad que, en ocasiones, parece más fuerte que la adscripción administrativa: primero son del barrio; después, de Aldaia o de Quart. Los pisos rojos forman parte de esa historia. Las viviendas de acción social quedaron marcadas durante los años más duros de la epidemia de heroína por la llegada de personas en situación de exclusión y por la actividad relacionada con las drogas.
Aquello dejó una reputación que todavía pesa, aunque las familias que hoy viven allí sean, en muchos casos, las mismas que llevan décadas formando parte del barrio. Reducir esos edificios a aquella época sería contar solo una parte de la historia: también son la casa de vecinos que han trabajado, criado a sus hijos y envejecido allí.

- - Foto: MARGA FERRER
Ese carácter organizado tiene su símbolo más visible en la pasarela sobre la A-3. Hubo una época en la que la autovía no era solo la infraestructura que permite llegar al aeropuerto en unos minutos, sino una barrera. Los vecinos se movilizaron para reclamar un paso seguro y llegaron a ocupar la propia carretera. La pasarela que se construyó después es una especie de monumento cotidiano a aquella pelea: nadie se detiene a mirarla, pero miles de personas la utilizan cada día.
Segura pertenece a una generación distinta de la de aquellos vecinos, pero entiende su activismo como parte de la misma tradición. Su herramienta ya no es una pancarta, sino un teléfono móvil: señala, graba, explica y vuelve a señalar. Para él, todo lo que el barrio ha conseguido se debe a la lucha de sus vecinos.

- Dani Segura, activista vecinal y creador de contenido, graba unas viviendas en el Barrio del Cristo.- Foto: MARGA FERRER
Esa capacidad de movilización, sin embargo, se ha ido debilitando. Los protagonistas de aquellas primeras reivindicaciones son hoy mayores y las generaciones posteriores no han mantenido con la misma intensidad la cultura asociativa. El barrio sigue teniendo vecinos dispuestos a reclamar, pero ya no existe, según Segura, aquella respuesta colectiva que sacaba a la calle a una generación entera.