OLIVA. “Parecía una montaña de electrodomésticos apilados unos encima de otros, y el olor era insufrible: apestaba a una mezcla de comida, aceite y agua estancada”. Así describe Sylvia Mañó la primera visita al restaurante de su madre tras el paso de la dana. “El sentimiento que teníamos cuando llegamos era de rabia, de impotencia y de pena”.
La Duna Gastrobar se encuentra en la playa de Oliva, en segunda línea de mar. Su propietaria es María Luisa Peiró, de 63 años, quien, al borde de la jubilación, duda entre volver a empezar o echar el cierre definitivo. El día de la dana, el restaurante abrió hasta mediodía, momento en que, con el inicio de las lluvias, decidieron cerrar. El local presenta una arquitectura compleja, pues está por debajo del nivel del suelo y, aunque dispone de una bomba para achicar agua, esta vez no fue suficiente.

El restaurante cuenta con cámaras de vigilancia mediante las cuales veían, en un primer instante, cómo se encontraba el interior. Con el aumento de la intensidad de la lluvia, se cortó la luz y las cámaras dejaron de funcionar. “Sabíamos de la evolución del local porque los vecinos de enfrente nos enviaban fotos de cómo iba entrando el agua”, cuenta Sylvia. Al mismo tiempo, la vivienda de María Luisa, que reside cerca de La Duna, también se estaba inundando.
Al día siguiente de las lluvias lograron llegar al restaurante, pero no pudieron acceder al interior porque el agua acumulada aún lo impedía. Algunos vecinos les prestaron bombas para extraerla, pero la cantidad era tal que no conseguían vaciar la superficie. Se vieron obligadas a contratar a una empresa privada para hacerlo, con el objetivo de entrar al local, evaluar los daños y comenzar con las tareas de limpieza. Todo ello aún sin agua potable, lo que dificultaba gravemente el proceso.
Cuando pensaban que ya habían sacado prácticamente toda el agua de la terraza, el martes volvió a subir el nivel de la calle y el agua anegó el espacio de nuevo. Las bombas volvieron a ser insuficientes y necesitaron la ayuda de los Bomberos para descolmatar y vaciar la zona.

La reapertura, todo un reto
“Ahora todo lo que tenemos son pérdidas, no solo los electrodomésticos y el género, sino que, además, tenemos que pagar los salarios de los trabajadores sin estar facturando. A esto se suma que vienen los meses de menor actividad para las cafeterías de la playa por la bajada del turismo”, afirma Sylvia. Las dificultades son mayúsculas, por lo que reclama agilidad en las ayudas, al mismo tiempo que agradece a las administraciones la rapidez con la que se han puesto en contacto con ellos para interesarse por su situación.
Desde La Duna ya han contactado con los proveedores para solicitar mobiliario, pero dudan de que dispongan de suficiente suministro para todos los locales afectados: “Hay muchos negocios perjudicados, aunque nosotros, por nuestra ubicación, hemos sido de los mayores damnificados”. No obstante, reconoce que lo más importante es no haber sufrido daños personales.

Por otro lado, Sylvia denuncia que hay quienes se quieren aprovechar de esta complicada situación: “Hay gente que, en vez de ofrecer su ayuda, estaba esperando a que tiráramos cosas para llevárselas y hacer negocio con ellas”. Durante estos días, en la playa de Oliva se han producido robos y saqueos en viviendas y negocios, incluso han llegado a amenazar a Sylvia y a su familia con entrar por la noche a robar los electrodomésticos que aún están llenos de agua y barro.