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EL CALLEJERO

Francesc, el Hermano Mayor que resiste en el Cabanyal

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VALÈNCIA. La plaza de los Ángeles vuelve a estar a rebosar otro Miércoles Santo. Allí se mezclan nazarenos con turistas, devotos y ociosos. Tipos con cámaras tochas y familias con bolsas llenas de bollos pascueros. Es el entretenimiento del día en esta València tomada por el turismo mires donde mires. Allí, en mitad de ese bullicio entre religioso y festivo, está Francesc Amat, un hombre pequeño vestido con una túnica negra, unas sandalias y un capirote. Con una mano sujeta un báculo, un cayado metálico coronado con unas ramas de olivo y las iniciales JHS: Jesús Hermano Salvador. La procesión del silencio está a punto de comenzar y él, el Hermano Mayor de la Cofradía de la Oración de Jesús en el Huerto, observa con orgullo la imagen de su hermandad: el Ángel Egudiel confortando al Señor de Getsemaní, arrodillado en oración, delante de un olivo.

La víspera, el martes, con ese impagable sol primaveral lamiendo todo el barrio del Cabanyal, Francesc nos abre su casa, una hermosa vivienda donde entra mucha luz y que tiene, en la parte de atrás, una amplia terraza. Dice que le han ofrecido un dineral por venderla pero que él, a los 79 años, ya no piensa moverse de allí. La sala donde transcurre la charla está llena de libros. Las habitaciones con libros siempre son más acogedoras. En un lado, las novelas se mezclan con los retratos de un Francesc lozano, con 33 años, que luce un bigote que, asegura, le recuerda a Freddie Mercury. Al otro lado, en otra estantería, mandan los 70 volúmenes de la enciclopedia Espasa-Calpe que, dice, les costó 120.000 pesetas en su día.

En una esquina, de una burra, cuelgan las túnicas y toda la indumentaria de su hermandad. Además del bigote, otra cosa que llama la atención de este hombre casi octogenario pero con la cabeza y el humor de un jovenzuelo, son las gafas al estilo de Valle-Inclán. Las lentes eran de su abuela y tienen más de cien años.

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Su familia siempre ha sido del Cabanyal. Una rama viene de un abuelo que tenía una carpintería en la calle Escalante de la que salieron muchas de las puertas del barrio. La otra, del abuelo con un gran ultramarinos en el Mercado del Cabanyal. Él se quedó en el barrio, salvo diez años en los que estuvo dando clases, como profesor de bachillerato, en Tarragona.

La conversación se ve interrumpida por su teléfono móvil, que reproduce un fragmento del ‘Vesperae solennes de confessore’ (Vísperas solemnes de confesor), de Mozart. Francesc vuelve después de hablar y cuenta que la madre de su padre, Rosario Gimeno, posó para Joaquín Sorolla en un cuadro que pintó en 1896 y que tituló ‘Cosiendo la vela’. Una copia cuelga de la pared del comedor. "La mujer vendía pescado y su marido tenía una barca. En la casa de la playa estaba reparando una vela y Sorolla, que venía aquí a veranear, la pintó cosiendo. El cuadro llegó a viajar a una exposición a París y luego se vendió a la República de Venecia. Todavía está allí y yo he ido a verlo varias veces en un museo que se llama Ca’ Pesaro. Nos moriremos todos y mi abuela seguirá en Venecia".

Francesc es un tipo socarrón con muy buen humor. Un hombre mayor que viste con unos pantalones cargo y que se calza unas Converse blancas. De joven estudió en los Jesuitas y después pasó por la facultad de Filosofía y Letras para hacer la especialidad de Historia del Arte. Con el tiempo se hizo profesor y dio clases de Geografía e Historia.

Sus raíces nunca salieron del Cabanyal, donde su familia, históricamente, siempre celebró la Semana Santa. Una de sus abuelas salía de samaritana desde la parroquia de los Ángeles. "Antes las mujeres solo salían en las escenas bíblicas porque imperaba el machismo. En mi familia, desde pequeños, hemos estado vinculados a la Iglesia y hace 25 años, entre varios, organizamos una cofradía de la que soy el Hermano Mayor. La Semana Santa antes no era tan fashion. Después de la guerra estaba hecha polvo, después empezó a recuperarse y en los 70, cuando las familias comenzaron a irse a los chalets, volvió a decaer. Ahora es muy conocida, tenemos 31 cofradías y participamos más de 3.000 personas".

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Francesc es de esos vecinos del Cabanyal que todavía dicen que se van a València cuando tiene que ir al centro. Es de la generación que vivía una semana santa sin coches, cuando las cofradías iban a las casas a sacar a los personajes bíblicos de los zaguanes. "Y los chiquitos, como no había tráfico, íbamos detrás de las cofradías viendo cómo las sacaban. Todas eran ricas y poderosas. Eso es importante saberlo".

Eran otros tiempos, cuando la ciudad se quedaba desierta y era imposible encontrar un comercio abierto en toda València. Las televisiones, con dos canales únicamente, solo ofrecían durante esos días misas, procesiones y, como la gran diversión del día, alguna película de corte religioso como ‘Los diez mandamientos’, ‘Ben-Hur’, ‘Quo Vadis’ o ‘La túnica sagrada’. Largometrajes que se veían en familia en aquellos aparatos en blanco y negro. “Y en los mercados, cuando abrían, estaban cerradas todas las paradas de carnicería, salvo una, para dar servicio a los enfermos”.

Ahora parece que se ha puesto de moda ser católico. Francesc está muy al tanto de esta corriente y hasta se sabe el nombre de Hakuna, uno de los grupos cristianos de música pop que cuenta con numerosos seguidores. "Yo creo que todo esto surge de una necesidad. La juventud siente que tiene que llenar el vacío que le producen las redes sociales y la IA y todas esas cosas. Por eso hay como una vuelta a lo religioso, pero me parece que es un movimiento bastante derechizado".

La cofradía la pusieron en marcha en 2001, cuando Francesc ya había regresado de Tarragona. "Tenía que ser en la Iglesia de los Ángeles, que es la parroquia que más hermandades tiene y donde más se vivió el tema de la Semana Santa. Había que elegir un nombre y un paso de Semana Santa y, como la procesión del entierro es muy larga, buscamos salir de los primeros y formamos la cofradía de la Oración de Jesús en el huerto. Por eso y porque había un paso que era la Oración en el huerto que lo guardaban en la calle Escalante, en el antiguo cine Imperial, que era de una familia muy católica". Francesc se pone un poco místico y comienza a hablar de que ese paso es uno de los momentos de la pasión que hace más humano a Jesucristo, y se remonta a la época en la que Tomás Moro abordó la tristeza del Señor en ‘Tristitia Christi'.

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Francesc Amat, como buen amante de la historia, la iconografía y la iconología, ha estudiado y ha asistido a muchos congresos sobre la Semana Santa. "Había que poner un poco de orden porque la gente se desmadra mucho y al final cada uno va como quiere", protesta. Esta misma semana ha estado en el colegio Pureza dando una charla a los niños y allí, para atrapar la atención de los alumnos, les cuenta la historia de las Gildas, que coge el nombre de la película que protagonizó Rita Hayworth en 1946 y que supuso todo un escándalo porque la actriz aparecía con una falta que tenía un corte a un lado. Y como había dos mujeres que salían de samaritanas en procesión con una falda parecida, eran conocidas como las Gildas.

A los chavales también les cuenta que la película ‘La caída del Imperio romano’ se rodó en España y que pasó por Sagunto y València, y que antes de llevarse el vestuario lo usaron para vestir como nunca la Semana Santa Marinera de 1964. Francesc cree que ahora se vuelve a cuidar mucho la indumentaria. Lo que peor le sienta es que se haya perdido el respeto a un acto religioso. "La gente antes iba en silencio y ahora van comiendo pipas y haciendo fotos sin parar con el móvil. A la Semana Santa le está pasando lo mismo que a las Fallas, una excusa para juntarse los amigos a comer y a beber. Yo me considero una persona libre que respeta que todo el mundo haga lo que quiera, pero las cofradías son asociaciones públicas de fieles de la Iglesia. No me gusta que la gente se desmadre". Lo que más le gusta, a cambio, es la procesión del entierro y el desfile de Pascua, algo que solo se hace aquí. "Ni en Sevilla, ni en Zamora, ni en ninguna parte. Eso hace que la segunda semana se sigue celebrando la resurrección". 

Francesc no ha tenido descendencia. "Yo soy célibe, soltero y entero, pero tengo una hermana que se quedó viuda a los 24 años", suelta. Atrás quedan también los años de Salvem el Cabanyal y la lucha enconada contra el plan de Rita Barberá de prolongar la avenida Blasco Ibáñez hasta el mar. "Eso hubiera sido una barbaridad. Ahora tenemos el problema de los apartamentos turísticos, que los políticos no lo quieren remediar. Creo que se ha perdido el carisma del barrio, pero también digo que el barrio ahora está mejor porque se han rehabilitado los edificios. Mi casa, que me costó un millón de pesetas en los 80, tiene 107 años y hemos tenido que arreglarla".

La habitación está llena de motivos religiosos. En una esquina, en un altarcito, hay una talla de san José. “Es el regalo que le hizo mi iaio a mi iaia en 1908, cuando se casaron. Es de la escuela del escultor José Capuz”. Francesc Amat, un hombre curtido y jovial, es un superviviente de la Riada del 57. “Yo tenía 11 años y tuvimos que subir al piso de arriba, donde nos tiramos todo el día viendo pasar agua. Una experiencia única. El barrio quedó arrasado pero hubo mucha unidad entre los vecinos y salimos adelante. Fíjate que entonces, en 1957, nos avisaron de que venía una riada porque estuvo cuatro días sin parar de llover”.

La procesión arranca. Suena la música, se mueven las imágenes y los cofrades se colocan en formación para procesionar por el viejo barrio marinero tomado por ‘foodies’ y turistas. Bienvenidos al siglo XXI.

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