CASTELLÓN

Más de ocho décadas endulzando Castelló: la Botiga de la Figa mantiene la tradición local durante el año

La tienda, que abrió en 2017 en la calle San Félix, hereda el trabajo artesanal y ambulante iniciado en los años 40

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CASTELLÓ. Entre el calendario festivo y la memoria del aroma doméstico, la figa albardà explica como pocos bocados gastronómicos la idiosincrasia de Castelló. El dulce, omnipresente en las Fiestas de la Magdalena, en las meriendas de invierno y en el imaginario colectivo, el producto —un higo seco rebozado y frito— funciona como una suerte de hilo invisible que conecta generaciones. Así, su textura densa y su dulzor característico arraigan en la capital de la Plana y lo convierten, más que en un alimento, en un gesto heredado. En la ciudad, al son de la tradición y la persistencia cotidiana, la Botiga de la Figa traslada al formato de tienda desde la calle San Félix una historia que comenzó a pie de calle.

De esta manera, el origen del establecimiento actual se remonta a 1940, en pleno inicio de la posguerra, cuando Anita la Monsagua comenzó a elaborar y vender figues albardaes de forma ambulante por Castelló. "La saga tiene su origen con mi abuela, que abrió la tradición con los buñuelos de aire y las figues", explica Toni Sebastián Cardo, tercera generación al frente del negocio. La primera etapa no solamente quedó marcada por la necesidad, sino también por una temprana innovación que define hasta la actualidad la identidad familiar: la figa cuadrada frente a la forma redonda habitual del fruto. En este sentido, Anita optó por triturar el higo, extenderlo en tiras y porcionarlo en rectángulos antes de freírlo. "Se trata de nuestra seña y hace que, muerdas por donde muerdas, siempre encuentres el dulzor de la figa", resume Toni. Más tarde, el hijo de la MonsaguaAntonio Sebastián, y su mujer, Paquita Cardo, tomaron el relevo e incorporaron los churros a la oferta de su puesto de venta ambulante.

De la calle a la tienda de la calle San Félix

El aprendizaje progresivo no resultó ajeno para la siguiente generación de la saga familiar. "Desde bien pequeño lo he vivido en casa. Iba a la escuela durante el periodo lectivo y en verano, fines de semana y fiestas populares acompañaba a mis padres", recuerda Toni Sebastián, hijo único. No obstante, la dureza de la venta ambulante y la voluntad de estabilizar el negocio empujaron un cambio de rumbo. "Quería un local donde establecerme", señala. Con ello, a las puertas de la Navidad de 2017, la Botiga de la Figa abrió en su céntrica ubicación. El paso al espacio físico junto a su pareja, Mati Charquero, ambos con formación en hostelería, no supuso una ruptura, sino una evolución de la tradición para mantener el producto, pero en un entorno fijo que permitiera ampliar la propuesta durante todo el año.

  • Charquero y Sebastián posan junto al padre de este, Toni Sebastián. -

Sin embargo, el proceso de elaboración permanece como el motor que mueve el comercio. Los higos —hoy procedentes de Extremadura— llegan y se someten a una preparación previa que no se aprecia en el mostrador, aunque se desarrolla a diario. "Primero los congelamos para tratarlos, después los secamos y los pasamos por una trituradora que extrae las tiras de pasta de higo", detalla Toni. Posteriormente, la masa se divide en cuadrados, se vuelve a dejar secar y se conserva en una película de harina antes de la fritura final, que se realiza en la trastienda. Por otro lado, la herencia material también se conserva, por ejemplo, en el hierro casi centenario de su abuela, dividido en seis cavidades, que sigue en uso para los buñuelos. "La preelaboración es más que la hora de freír y es algo que no se ve", subraya.

Más allá de la clásica receta, el comportamiento del comercio continúa ligado al pulso de la ciudad. "La Magdalena se nota; no hay punto de comparación", admite, en referencia a un incremento exponencial de las ventas durante la semana de las fiestas fundacionales. No obstante, el objetivo estriba en desestacionalizar un producto asociado al calendario festivo. "Reivindico que estamos aquí durante todo el año", insiste Toni. A tal efecto, la tienda funciona como un escaparate permanente de una tradición que, durante décadas, aparecía en momentos concretos.

La oferta se abre al futuro: más allá de la figa albardà

De esta manera, la continuidad anual ha dado la mano a una diversificación de los productos que no renuncia al eje original. A través de la formación adquirida en la Escuela de Hostelería, la pareja ha ampliado el catálogo hacia propuestas que dialogan con el dulce preferido. "Nos hemos reinventado y abierto dos campos, tanto con la figa como con los churros", explica Toni Sebastián. Así surgen bocados salados —como churros con chistorra y camembert, con boletus y salsa de trufa o versiones vinculadas al CD Castellón con un blanc i negre— y elaboraciones como bombones, tartas o barritas energéticas con higo. "Jugamos con el dulzor del producto para no añadir azúcar", apunta, en una lógica que combina tradición e innovación sin alterar la materia prima.

  • La forma rectangular del higo representa una seña de identidad del negocio. -

Paradójicamente, el siguiente movimiento de la tienda ha mirado hacia atrás para rescatar el origen. En este sentido, la incorporación de una food truck recupera el espíritu ambulante del principio para proyectarlo en clave contemporánea. "Nos hemos revalorizado con este sistema y vamos allí donde nos requieran", señala Toni, que ya ha participado en las populares fiestas de la calle San Roque o San Blas. La tienda cumplirá una década en breve, aunque la calle representa todavía "un buen caladero de ventas". En definitiva, la Botiga de la Figa articula un modelo híbrido entre el local y la movilidad que conecta el pasado y el presente. "Deseamos que la gente vuelva a casa a probar el bocado dulce típico de aquí", concluye. Ocho décadas después, la figa albardà cumple su función primigenia y aúna una parte reconocible de la ciudad.


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