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365 días para recuperar la dignidad valenciana

Publicado: 26/05/2026 · 06:00
Actualizado: 26/05/2026 · 06:00
  • Morant y Bernabé, se hacen un selfie juntas en una manifestación.
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Quedan 365 días para que la ciudadanía valenciana volvamos a decidir qué futuro queremos para nuestra tierra. Apenas un año para abrir una nueva etapa política en la Comunitat Valenciana y en la ciudad de València. Un año para recuperar la dignidad de unas instituciones valencianas que han dejado de mirar a la gente para mirar hacia otro lado. Un año para volver a poner en el centro aquello que de verdad importa: la vida cotidiana de la mayoría social.

Porque de eso van realmente las próximas elecciones autonómicas y municipales. No van de eslóganes vacíos ni de guerras culturales fabricadas para dividir. Van de decidir si queremos una Generalitat preocupada por proteger la sanidad pública o por deteriorarla lentamente hasta convertirla en un negocio. Van de decidir si la vivienda es un derecho o una mercancía reservada para quien pueda especular con ella. Van de decidir si la educación pública vuelve a ser un ascensor social o un sistema cada vez más desigual. Van, en definitiva, de escoger entre quienes entienden las instituciones como un servicio público y quienes las utilizan como un instrumento al servicio de unos pocos.

Y frente al ruido, frente al odio organizado y frente a la política del enfrentamiento permanente, aparecen dos mujeres que representan exactamente lo contrario: Diana Morant y Pilar Bernabé.

Dos mujeres que no compiten entre ellas, sino que se complementan. Dos mujeres que no necesitan destruir a nadie para construir esperanza. Dos mujeres que entienden que liderar no es imponer, sino escuchar, unir y avanzar juntas.

Hace apenas unas semanas, en el Comité Nacional del PSPV-PSOE, Diana Morant resumió el momento político en tres verbos: abrir, unir y liderar. Tres palabras sencillas, pero profundamente transformadoras. Abrir las instituciones para que vuelvan a parecerse a la sociedad a la que sirven. Unir frente a quienes viven de dividir. Y liderar desde la honestidad, el trabajo y la cercanía.

Porque la Comunitat Valenciana necesita recuperar precisamente eso: liderazgo político con humanidad. Un Consell que vuelva a ocuparse de los problemas reales de la ciudadanía. Que piense en las listas de espera sanitarias antes que en las batallas ideológicas. Que defienda la escuela pública como espacio de igualdad de oportunidades. Que entienda que el acceso a una vivienda digna no puede depender del salario de tus padres ni del apetito especulativo de fondos de inversión. Que vuelva a creer en unos servicios públicos fuertes como garantía de cohesión social.

Además, los valencianos y valencianas necesitamos volver a tener al frente de la Generalitat a alguien que no nos abandone cuando más falta hace. La tragedia de la DANA dejó algo más profundo que el dolor y las pérdidas irreparables: dejó la sensación insoportable de una ciudadanía sola mientras su president no estaba a la altura del momento histórico que exigía proteger, coordinar y acompañar. Y lo más grave es que nada de eso ha cambiado realmente. Porque Carlos Mazón continúa sostenido políticamente por quienes han decidido anteponer la estrategia partidista a la dignidad del pueblo valenciano. Juanfran Pérez Llorca representa precisamente esa continuidad: más de lo mismo, más dependencia de la extrema derecha, más cesiones a VOX y más ataques a derechos sociales y civiles que creíamos consolidados. Incluso han sido capaces de rechazar una propuesta de financiación autonómica inédita y necesaria para la Comunitat Valenciana simplemente porque provenía del Gobierno de Pedro Sánchez. No porque fuera mala para los valencianos, sino porque en la estrategia de Alberto Núñez Feijóo lo importante es no darle oxígeno al Gobierno de España, aunque eso signifique seguir infrafinanciando y ahogando a esta tierra. Y ahí está la gran diferencia: mientras unos utilizan la Comunitat Valenciana como pieza de una guerra política nacional, otros seguimos creyendo que gobernar consiste en defender a tu gente por encima de cualquier interés partidista.


También necesitamos recuperar una ciudad de València habitable. Una ciudad abierta, plural, luminosa y viva. Una ciudad pensada para quienes la viven y la trabajan, no únicamente para quienes la compran como producto financiero. Porque cada vez más valencianos sienten que los expulsan lentamente de sus propios barrios. Que los alquileres imposibles, la turistificación descontrolada y la especulación inmobiliaria están convirtiendo la ciudad en un escaparate donde la mayoría social ya no puede quedarse a vivir.

La alternativa a ese modelo no es cerrar la ciudad ni rechazar el progreso. Es entender que el desarrollo económico solo tiene sentido si mejora la vida de la gente. Que una ciudad moderna no puede construirse sobre la expulsión silenciosa de sus vecinos. Y ahí Pilar Bernabé representa una manera distinta de entender València: una ciudad amable, inclusiva, segura, culturalmente viva y socialmente justa.

Por eso resulta tan importante el mensaje que lanzó el alcalde de Vigo, Abel Caballero, cuando habló de la oportunidad histórica que supone que Diana Morant y Pilar Bernabé puedan liderar las dos principales instituciones valencianas. Porque entendió algo fundamental: que hay momentos políticos que trascienden a las personas concretas y se convierten en símbolos de una forma distinta de gobernar.

Y quizá eso es lo que más incomoda a quienes intentan alimentar constantemente la confrontación: que ambas representan la política de los afectos frente a la política del resentimiento. Son compañeras, pero también amigas. Se respetan, se quieren y trabajan juntas. Y en tiempos donde algunos pretenden convencernos de que la rivalidad permanente es inevitable, ellas demuestran que otra forma de hacer política sí es posible.

Porque el odio necesita división para crecer. Necesita enfrentarnos entre nosotras. Necesita que desconfiemos del vecino, del diferente, del feminismo, de la diversidad y de lo público. Frente a eso, las y los socialistas seguimos defendiendo algo profundamente revolucionario: la alegría de construir colectivamente. El amor al prójimo entendido no como consigna vacía, sino como compromiso político con la mayoría social.

Y ahí también hay una batalla cultural imprescindible. La de defender el feminismo frente a quienes intentan caricaturizarlo, atacarlo o hacerlo retroceder. Porque cuando las mujeres avanzan, avanzan también las democracias. Y porque todavía hoy hay quienes se sienten incómodos viendo a mujeres liderar con autonomía, con inteligencia y con poder propio.

Por eso el próximo año también será una oportunidad para reivindicar la sororidad como herramienta política. Esa alianza entre mujeres que tantas veces ha sido imprescindible para resistir, sostenerse y avanzar en espacios donde todavía persisten inercias profundamente machistas.

Quedan 365 días. Un año exacto para volver a abrir ventanas después de demasiado tiempo respirando aire viciado. Para recuperar instituciones que vuelvan a parecerse a la gente. Para recordar que la política sirve, sobre todo, para mejorar vidas.

Porque como advertía Margaret Atwood en su distopía El cuento de la criada, no debemos acostumbrarnos a las cosas porque existan. Y precisamente por eso necesitamos mujeres que se acompañen, que se sostengan y que no permitan que nadie convierta la igualdad en una excepción. Frente a quienes quieren devolvernos al miedo y al silencio, la sororidad seguirá siendo nuestra forma más poderosa de resistencia.

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