Cada semana aparece una nueva herramienta de inteligencia artificial, y cada semana crece también el miedo. En solo un año, los españoles que han usado la IA han pasado del 51% al 69% (Observatorio IAON, 2026), y los directivos siguen reforzando su inversión en ella (KPMG, 2025). Al mismo tiempo, más de la mitad de la población teme que destruya empleo (Observatorio IAON, 2026), y solo el 18,8% de los trabajadores siente que su empresa le está preparando para lo que viene (SD Worx, 2026).
Pero hay otra realidad que viene de mucho antes y de la que se habla menos: personas que van a trabajar sin sentirse vistas, equipos agotados, talento que se apaga en silencio. La Organización Mundial de la Salud estima que cada año se pierden en el mundo 12.000 millones de jornadas de trabajo por depresión y ansiedad (OMS, 2024). En España, las bajas por salud mental han crecido un 111% en cinco años y ya son la primera causa por duración de las incapacidades temporales (Adecco Institute, 2026).
Solemos mirar estas realidades por separado: la tecnología por un lado, el bienestar por otro. Pero cuando las unimos, aparece una imagen que cambia la conversación. Por eso hoy quiero ser más revolucionaria que la propia IA. En un mundo obsesionado con la eficiencia, lo verdaderamente disruptivo no es otra herramienta más. Es atreverse a decir, en voz alta y en un contexto profesional, que lo que necesitamos en las empresas, en los equipos y en el mundo, al menos en la misma medida que la tecnología, es amor.
El pegamento invisible
Sé que la palabra incomoda en un entorno profesional. Suena blanda, poco rigurosa, fuera de lugar en un comité de dirección. Pero en más de veinte años liderando equipos en multinacionales, y ahora acompañando a directivos y organizaciones, he comprobado una y otra vez lo mismo: los equipos que funcionan no son los que tienen mejores procesos, sino los que están mejor conectados.
Pienso en las personas que han marcado mi vida profesional. No recuerdo sus informes ni sus presentaciones. Recuerdo cómo me hicieron sentir"
Cuando hablo de amor en la empresa no hablo de romanticismo. Hablo de lo que nace de él y se traduce en comportamientos concretos: la empatía para entender lo que el otro necesita, la confianza que permite equivocarse y aprender, el cuidado que hace que alguien quiera quedarse, la colaboración que multiplica en lugar de sumar. Son el pegamento invisible que mantiene unido a un equipo cuando llegan la presión, el cambio o la incertidumbre.
De amenaza a oportunidad
Aquí está la paradoja que me ilusiona. La IA puede liberarnos de buena parte de las tareas administrativas y repetitivas que hoy consumen nuestras jornadas. Si lo hacemos bien, nos devuelve tiempo. Y la pregunta clave es: ¿para qué vamos a usarlo?
La IA no va a acabar con el absentismo ni con la falta de bienestar. Ningún algoritmo va a devolverle la energía a un equipo agotado. Pero sí puede darnos el espacio para poner el foco en lo que de verdad lo resuelve: crear entornos donde las personas se sientan conectadas, aportar espíritu crítico, generar debates constructivos, potenciar la creatividad. Ahí la amenaza se convierte en oportunidad, y también en reto: el de poner la IA a nuestro servicio para potenciar lo humano. Los propios directivos lo intuyen: al 68% de los CEO españoles le preocupa el impacto de la IA en la cultura de su empresa (KPMG, 2025).
Empezar por el sistema
Los datos de Gallup nos dicen por dónde empezar. El compromiso de los empleados cayó al 20% en 2025, su nivel más bajo desde 2020, y la caída del compromiso entre los mandos explica la mayor parte de ese descenso (Gallup, 2026). Es lo que Adrienne maree Brown (2017) llama fractalidad: lo que ocurre a pequeña escala refleja el patrón del sistema entero.
Y cuando un equipo no está conectado, rara vez es porque sus miembros no quieran. Casi siempre hay algo más profundo: dinámicas que no se ven, conversaciones pendientes, lealtades a formas de hacer que ya no sirven, emociones que nadie se atreve a nombrar. Es lo que desde la mirada sistémica llamamos lo invisible. Hacerlo visible no se consigue con una formación puntual. Requiere acompañar al sistema en su conjunto, de manera continuada en el tiempo.
Probablemente implique también redefinir estructuras y crear roles que hoy apenas existen, como facilitadores del cambio en tiempos de IA: personas cuyo trabajo sea cuidar las conversaciones, la confianza y la colaboración que hacen que cualquier transformación arraigue. Exige paciencia, pero la meta merece la pena: espacios donde las personas quieran estar, quieran aportar y puedan diferenciarse de lo que la IA nos va a dar.
Lo que ninguna máquina puede hacer
Pienso en las personas que han marcado mi vida profesional. No recuerdo sus informes ni sus presentaciones. Recuerdo cómo me hicieron sentir: la jefa que confió en mí antes de que yo misma lo hiciera, el compañero que se quedó conmigo una noche difícil, el equipo que celebró conmigo un logro como si fuera suyo.
Eso es lo que queda. Eso es lo que nos hace crecer, quedarnos, dar lo mejor de nosotros.
La inteligencia artificial puede escribir, calcular, analizar y predecir. Pero hay algo que nunca podrá hacer: mirarnos a los ojos, sostenernos cuando fallamos, alegrarse de verdad con nosotros.
Amar no es una de sus funciones. Es la nuestra.
Y quizá, en estos tiempos de inteligencia artificial, la decisión más revolucionaria que podemos tomar como líderes, como equipos y como sociedad sea esta: no tener miedo a poner el amor en el centro.
Por Ester Ballarín Remiro
Coach PCC y Facilitadora Sistémica
Liderazgo & Equipos de Alto Rendimiento
Cátedra de la Mujer Empresaria y Directiva