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Amor Tres Delicias (I)

Publicado: 31/05/2026 · 06:00
Actualizado: 31/05/2026 · 06:00
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Hace unas semanas leí un artículo en The Economist que me llamó poderosamente la atención. El título era especialmente elocuente y sin duda diseñado para atrapar la curiosidad del lector: “Los hombres occidentales se van al extranjero a buscar esposas tradicionales”. Y cuando The Economist se refería a ese término ambiguo del extranjero, aludía más en concreto a Oriente. 

Tradicionalmente, los occidentales encaminaban sus pasos a Oriente para buscar sus innumerables y exóticas riquezas. Primero se buscó anexionar vastos territorios e imperios (Alejandro Magno) y consolidar atractivas rutas comerciales, luego fueron las suntuosas y muy valiosas sedas, más tarde las imprescindibles especias. A partir del siglo XVIII, las porcelanas, especialmente chinas, se convirtieron en un producto codiciado y motivo de conflictos cruentos como las tremendamente inmorales guerras del opio entre el Reino Unido y Pekín. Más recientemente, los occidentales persiguen revelaciones espirituales ante el no tanto sorpresivo rechazo a las religiones tradicionales occidentales que muchas veces, bien digeridas, ofrecen irónicamente las mismas respuestas que las religiones orientales. Ahora también buscan pareja. 

Puede considerarse un fenómeno reciente. Nada más lejos de la realidad. El mundo occidental desde hace siglos está fascinado por una visión de Oriente. Puccini, antes de que existieran las aplicaciones de citas, creó en 1904 y se enamoró de Cio-Cio-San en Madama Butterfly. Con anterioridad al necesario pero implacable imperio de Instagram, Tintín viajaba por China (esa maravillosa recreación que se refleja en uno de los mejores álbumes de la serie, quizás mi favorito, “El Loto Azul”) y ponía énfasis en algo revelador: la artificiosa mirada europea sobre China y Oriente en general era ¡más exótica que la propia China y Oriente a la vez! Y desde los años 50, y por lo tanto antes también de Bumble, James Bond recorría Hong Kong, Japón, Tailandia en busca de aventura y con la certeza de que en esa zona del mundo existían tesoros más preciados de los que encontraría en la vieja Londres. Por lo tanto, esta atracción hacia Oriente no es nueva. Y los occidentales hemos tenido siempre un ojo curioso por ese continente tan diferente y distinto.

Lo que ahora es diferente, es que un billete de avión está al alcance de todos, como lo está abrir una aplicación de citas y esto permite que un sueño de nuestro imaginario colectivo se pueda transformar en una realidad factible. No se trata de un fenómeno masivo y una revolución sentimental producto de la globalización, ni obviamente se está produciendo un reemplazo a gran escala de parejas occidentales por parejas mixtas asiáticas, pero sí que está resultando lo suficientemente explicito y manifiesto para llamar la atención de periodistas, sociólogos y observadores curiosos de la realidad como a los que pretendo dirigirme. 

Lo singular es que aquí Asia puede ser el pretexto, lo otro que desaparece según el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han, y realmente de quien estamos hablando es de lo que nos gusta hablar a todos: de nosotros mismos. Esto va de nuestro entorno, de Occidente. Y quizás esto tampoco va del amor. Ni del deseo. ¿O sí? A lo mejor este artículo trato de lo que las sociedades desean cuando se han cansado de si mismas. 

Nuestra querida civilización, ya talludita, manifiesta múltiples formas de cansancio. Y una expresión de esta fatiga singularmente interesante es la extenuación sentimental. Nos encontramos en una situación paradójica (y no solo en este ámbito): nunca se había gozado de mayores oportunidades para conocer gente, jamás se había tenido una libertad tan grande para la elección de la pareja. Y de hecho en la actualidad es extraordinariamente sencillo contactar con personas de otras ciudades e incluso de otros lugares remotos del mundo.

  • Ópera Madama Butterfly. -

No obstante, a pesar de que todo lo anterior es cierto, nunca hemos hablado más de las dificultades profundas en entablar relaciones sentimentales estables y duraderas, jamás se hablado más del miedo a la soledad, del desencanto emocional. Como sucede con la avalancha de información que nos rodea, la abundancia de posibilidades de encuentro no ha generado alegría o la conciencia del enriquecimiento de las relaciones, más bien al contrario: ha producido un desencanto evidente e incluso ansiedad. Esto es lo que analizó Zygmunt Bauman a través de su celebre concepto del “amor líquido”. Hace alusión a relaciones caracterizadas por su temporalidad, su debilidad estructural y su insuperable reversibilidad. No creo que el cambio esté en que las personas quieran menos. El problema es que están rodeadas de posibilidades infinitas. Y detrás de las posibilidades infinitas cualquier decisión se transforma en una duda incómoda. ¿Me estaré equivocando? ¿Tendría que haber optado por otra de las infinitas posibilidades que se me ofrecen? En la actualidad al gran reto no es encontrar a otra persona como sucedía en el pasado. No, la cuestión está en la decisión luminosa de quedarnos o no con esta otra persona. No es una diferencia pequeña, es colosal. 

Una explicación interesante de este fenómeno la da Byung-Chul Han en 2012 en su interesantísima obra “La agonía de Eros” y se basa en lo que filosofo denomina la desaparición del otro. Byung-Chul apunta a que una de las características más llamativas de la sociedad contemporánea es la progresiva desaparición de la alteridad, de lo que no soy yo, lo diferente de verdad, lo distinto. Lo que fascina y desespera. Así parece evidente que el capitalismo digital tiene como finalidad la venta de productos que nos satisfagan. Para ello, para que el consumo continue, se trata de productos que hablan de nosotros y que, obviamente tienen que comulgar con nuestros gustos. Así se nos ofrecen constantemente productos que nos van a atraer porque los algoritmos afinan y manejan esa información y así seguir consumiendo que es de lo que va la cosa.

Por otro lado, y con el mismo razonamiento, las redes sociales están encaminadas a acercarnos a gente con la que estemos cómodos porque piensan, son como nosotros. Todas las plataformas proceden a un filtrado implacable para que el resultado confirme nuestros gustos, inclinaciones y preferencias. De esta forma, todo el sistema está encaminado a suprimir la controversia, el dolor, la fricción. Y esto choca con las exigencias del deseo humano. En efecto, el deseo requiere duda, diferencia, voluntad de comprensión cuando no se comprende al otro. El amor necesita espacio, desconcierto y sorpresa. El deseo requiere necesariamente del otro. Y el otro es precisamente lo que no somos: no ratifica nuestras opiniones, no es una prolongación de nosotros mismos. El otro es esencialmente diferente. Y solo así se puede suspender el egocentrismo ensimismado en el que estamos instalados. Y aquí es donde volvemos a engarzar con Asía que se revela como esa otra realidad marcadamente distinta y romántica.  Asia no representa una realidad mejor, Asia representa lo distinto, lo diferente. Y solo en lo diferente el amor prevalece. 

En este sentido, y por esa alteridad, Oriente lleva siglos siendo pensado, imaginado por Europa. Oriente constituye una geografía sentimental para los europeos. Es la esperanza, la promesa de un mundo exótico y exuberante. De un lugar donde el espíritu encuentra la paz y la serenidad que busca. Allí las buscaron desde los viajeros románticos a los hippies de los años 60. También es el enigma, el misterio ansiado por los aventureros. Y de alguna forma, cada generación occidental ha buscado en Oriente aquello que necesitaba para complementarse. Por lo tanto, resulta complicado distinguir la realidad del sueño imaginado cuando los europeos hablamos de Oriente. 

Esta atracción en su más moderna expresión arranca en 1904 con el estreno de Madama Butterfly de Puccini. Cio-Cio-San encandiló a la opinión pública occidental. La legendaria protagonista de la ópera de Puccini tiene unas cualidades que justificaban esa reacción: quebradiza, sofisticada, delicada. Obviamente el Japón real ni estaba ni se le esperaba en la obra. Era un pretexto necesario para conectar con lo que imaginaban los europeos que era Oriente y traer sobre la mesa una feminidad que el público occidental entendía que se había perdido: un curioso cocktail de compromiso sentimental, profunda sensibilidad y elegancia moral y física. Su poder evocador resultante aplastante. Una fantasía convertida en mito.  Al ser un mito resiste a pesar de todos los cambios sociales experimentados. 

Y ese ideal se concentra en una mujer oriental que jamás existió. En efecto, se habla de la mujer oriental como si fuera una categoría singular. Y eso sencillamente no se da en la realidad, no existe. El continente asiático se caracteriza por una de las mayores diversidades del planeta. Nada tiene que ver la ingeniera de Tokyo con una profesora de Manila, ni la economista de Singapur con la médica de Seúl. Y no obstante desde Occidente se esquematiza y se adopta una actitud muchas veces estúpidamente reduccionista al atribuirles unas cualidades repetidas como la seguridad, la amabilidad, la aceptación de la tradición, la capacidad de compromiso. Se trata de percepciones sociales de hombres occidentales muy asentadas.

Y lo importante no es que sean ciertas o no, si no que la percepción exista y sea reiterada. Y aquí es interesante repasar los testimonios de muchos hombres para tratar de entender lo que buscan. Curiosamente hay determinadas respuestas coincidentes: los hombres buscan que se les valore, que se les escuche, estar tranquilos. No mencionan, quizás algo hipócritamente, que pretendan la sumisión o la obediencia. Por otro lado, se trata de necesidades psicológicas que resultan compartidas con las de las mujeres occidentales. Y que resultan de una experiencia emocional determinada que se da en Occidente y que hace que esos hombres miren hacia Asia. Es la percepción de que las relaciones se han convertido en algo transaccional, materialista, competitivo, frágil, pasajero e insatisfactorio en lo emocional. Esto hace que Oriente surja como contrapunto simbólico, como esperanza y como aspiración de algo diferente. Y aquí es cuando aparece nuevamente mi querido Tintín. Ahí lo dejo hasta dentro de dos semanas.  

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