Opinión

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El gato en la talega

Cansancio ciudadano, luciérnagas cívicas

"Necesitamos más gente que use su altavoz con un mínimo de coherencia; no se trata de héroes ni de grandes discursos, sino de gestos que resisten la tentación del cinismo"

Publicado: 01/03/2026 ·05:59
Actualizado: 01/03/2026 · 05:59
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Abrumada por la ingente cantidad de información que se cuela por cualquier rendija. Agobiada por la multitarea o, mejor dicho, los frentes abiertos que se multiplican cual panes y peces. Ante un correo electrónico que no cesa entre demandas ajenas y exigencias propias. Pasan las horas de una jornada laboral como un suspiro y comienzan a invadirse las necesarias de recarga e introspección personal. La creatividad queda agazapada en un rincón, esperando que le abran la puerta para caminar libre, sin límites estancos ¿Quién lo diría? A veces echo en falta la era en la que solo existía el teléfono fijo, y yo ni siquiera podía utilizarlo.

El peligro que acecha, cual virus sin vacuna, es que ese cansancio nos lleve al estado de “no quiero saber nada más”. Siendo este el estado ciudadano ideal para el éxito de cualquier propuesta disparatada. Donde nace la sensación de violencia múltiple, que abarca tres esferas clave: política, social y ambiental. Porque las tres son transversales, afectan a todo el mundo y su regulación es compleja.

Hemos ido pasando del exceso de información al bloqueo mental. La acumulación de noticias sobre continuas crisis, escándalos, guerras, catástrofes y sinvergüenzas nos satura hasta llevarnos a la situación de no saber, o bien de saber por encima, ¿cuál es el objetivo de esta indolencia? Precisamente, hacernos creer que es el camino para no sufrir más. Así es como se construye la democracia de enjambre. Sin debate, con reacciones en masa, consignas y con individuos agotados y confusos. El cansancio generado es el caldo de cultivo para el autoritarismo blando, que no la autoridad.

Estar cansado solo puede significar delegar, o pasar del asunto. Delegar en personas que funcionan como lo establecido. Cansancio ante problemas crónicos que nunca se resuelven del todo y permanecen en abierto, adornados de los mismos discursos inoperantes y, aún peor, de la misma aplastante realidad. Debatirnos entre la rabia y resignación es completamente natural en estos casos. Y así van las decisiones.

 

Bad Bunny, que podría limitarse a cantar y multiplicar cifras, eligió sostener un relato coherente con lo que defiende fuera del escenario; si bien no va a salvar la democracia, lo cierto es que, en tiempos de cinismo, es muy estimulante"

 

En un estado de apatía motivado por el agotamiento, no vencida por mi incesante espíritu combativo, me senté a pasar canales buscando una señal para dar manotazos al cansancio a base de motivación. Me detuve en el que emitía el acontecimiento planetario de la Super Bowl, pensando que estaría medio mundo ante la pantalla para encontrar show, ruido, evasión, consumo rápido y poca sinapsis. Sin embargo, apareció alguien en este escenario inesperado, alguien que se mostraba en su compromiso activo. Bad Bunny, que podría limitarse a cantar y multiplicar cifras, eligió sostener un relato coherente con lo que defiende fuera del escenario. Si bien no es que este artista vaya a salvar la democracia, lo cierto es que, en tiempos de cinismo, es muy estimulante. Se posiciona sin ambages, en la casa del contrario y ante sus narices, en temas políticos y sociales sin dejar de ser un súper mainstream, lo que pone el contrapunto en una figura masiva que no es neutral. Ni apática. Ni cobarde. Así nos encontramos con el espectáculo global, donde se acata lo establecido por el poder -sin autoridad, por cierto- y se evita el conflicto, en algo auténtico. Se esté o no de acuerdo. Alguien que se convierte en altavoz incorporando mensajes y gestos coherentes con su trayectoria, respetuosos para con los demás. Y lo hace maravillosamente bien, profesionalmente impecable. Surgiendo una figura cultural que es un atajo de confianza. En este punto: ¿confiamos más en un artista que se conduce con esa coherencia a pesar de su poder? ¿O en los representantes políticos?

La coherencia no está solo en los focos globales. A veces surge en el tranvía de Murcia, entre la ciudadanía de a pie. Inesperada. Como una luciérnaga que ilumina el bosque. El otro día me contaba mi hijo que volvía de la universidad en el tranvía, cansado pero tranquilo, tras una jornada intensa en las diferentes materias que componen el Grado en Biotecnología. Escuchaba música en sus airpods cuando por encima de ese agradable sonido comenzó a atronar la voz de un señor mayor que increpaba a un niño de unos cinco años. Desconectó los auriculares para intentar comprender. El motivo del griterío era que el pequeño tenía el volumen del móvil en el que veía dibujos, audible por el señor. Así que reivindicaba su derecho a ir en el tranvía en absoluto silencio: “Apágalo, que no tengo por qué ir aquí escuchando nada”, decía. El niño iba acompañado de dos señoras, posiblemente su madre y su abuela. La de más edad le respondió educadamente que era un niño. A lo que el otro le contestó algo similar a esto: “Cállese, que en Ecuador no tienen ni transporte público”. Mi hijo, en ese momento, la empatía le hizo actuar de forma natural, se acercó y le interpeló: “¿Tiene usted algún problema?” El hombre se dio la vuelta y se marchó mientras mascullaba, sonando a sus espaldas la voz del chico impregnando el aire con un firme y sonoro “impresentable”. La señora mayor le tocó suavemente el brazo y le dio las gracias. El resto de ocupantes de un tranvía lleno, observaba.

Este es el cansancio que nos divide: el que grita por un móvil a un niño, el que calla por no meterse en líos o no saber expresarse, y el que actúa por instinto, por empatía. Ninguno fácil.

Y ahí está la clave del cansancio que nos ahoga: necesitamos más gente -en el tranvía, en el escenario, en las instituciones- que use su altavoz con un mínimo de coherencia. No se trata de héroes ni de grandes discursos, sino de gestos que resisten la tentación del cinismo. ¿Por qué seguimos aceptando promesas que se deshacen con el viento? Frenemos el cansancio que obnubila. Urge recuperar el juicio, simplemente mirando mejor a los que sí lo conservan.

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