Cómo nos transforma la travesía por las etapas difíciles de la vida

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"La verdadera naturaleza del navegante emerge cuando debe avanzar contra viento y marea"

Publicado: 09/08/2026 · 06:00
Actualizado: 09/08/2026 · 06:00
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Cualquier marinero sabe que es muy fácil sentirse un experto cuando el mar está en calma. Con el viento de popa empujando la embarcación, el cielo despejado y la costa todavía visible, navegar parece una tarea sencilla. En esos momentos todo fluye. Los planes salen adelante, las decisiones parecen acertadas y uno llega incluso a convencerse de poseer un talento innato para navegar.

Sin embargo, navegar por aguas tranquilas no es para siempre, pues tarde o temprano llega la tormenta. Un día te levantas, y lo que iba rodado empieza a tambalearse. Esa relación que creías sólida se rompe. El negocio que parecía estable empieza a hacer aguas. Un día normal se convierte en el día en que recibes esa noticia que nunca esperabas. No importa lo bien que navegas cuando el mar está en calma; lo que importa es cómo afrontas el oleaje cuando llega. Es precisamente en ese momento cuando descubrimos quiénes somos realmente. Mientras el mar permanece tranquilo apenas necesitamos poner a prueba nuestras capacidades. La verdadera naturaleza del navegante emerge cuando debe avanzar contra viento y marea. Allí es donde aparecen el miedo, la incertidumbre y la duda. Allí es donde muchas de las certezas que parecían sólidas empiezan a desmoronarse. Los planes cuidadosamente diseñados dejan de funcionar y las creencias que antes parecían fuertes resultan incapaces de responder a lo que estamos viviendo.

 

La adversidad tiene la capacidad de desorientarnos porque destruye muchas de las expectativas sobre las que habíamos construido nuestra identidad"

 

En medio de la tormenta nos invade la sensación de haber perdido las referencias que guiaban nuestra existencia. El horizonte desaparece y la dirección correcta deja de ser evidente. Algunas personas incluso llegan a quedarse a la deriva, incapaces de decidir hacia dónde continuar o qué significado atribuir a lo sucedido. No es extraño que ocurra. La adversidad tiene la capacidad de desorientarnos porque destruye muchas de las expectativas sobre las que habíamos construido nuestra identidad.

En esos momentos difíciles, la experiencia humana demuestra que las tormentas también contienen una enseñanza profunda. Cuando el oleaje nos obliga a reducir la velocidad y abandonar nuestras falsas seguridades, comenzamos a amarrar cabos y darnos cuenta de nuestros errores. Empezamos a comprender aspectos de nuestra vida que antes pasaban desapercibidos. Entendemos mejor nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Descubrimos quién permanece a nuestro lado cuando las circunstancias se complican y qué valores siguen teniendo sentido cuando todo lo demás parece derrumbarse.

Esa es precisamente la dimensión catártica del fracaso. La tormenta rompe algo de nosotros, como las certezas a las que nos aferrábamos y que nos impedían seguir avanzando. Al hacerlo, nos obliga a reconstruirnos de una manera más consciente. El marinero que sale del temporal no es el mismo que entró en él. Ha aprendido a leer mejor el mar, a respetar sus fuerzas y a confiar más en su capacidad para navegar.

 

La experiencia adquirida durante la tormenta permite entonces poner proa hacia nuevos horizontes"

 

Cuando finalmente las aguas recuperan cierta calma, llega el momento de echar un ancla. No para detenerse para siempre, sino para reflexionar sobre lo vivido, integrar los aprendizajes y recuperar las fuerzas necesarias para continuar el viaje. La pausa forma parte de la navegación. También forma parte del crecimiento humano. Y, una vez realizada esa tarea interior, llega el instante más importante: levantar anclas. Ninguna derrota tiene la última palabra mientras exista la voluntad de seguir navegando. La experiencia adquirida durante la tormenta permite entonces poner proa hacia nuevos horizontes.

Si nos ponemos a recordar los momentos que más han influido en nuestra vida, lo más seguro es que no aparezcan aquellos años en los que todo funcionaba bien. Más probablemente recordaremos una pérdida, una decepción, una decisión difícil o una situación que nos obligó a replantearnos muchas cosas. Y eso ocurre porque las etapas tranquilas nos permiten vivir, pero son las difíciles las que nos obligan a cambiar. Nadie desea atravesar una tormenta. De la misma forma que ningún marinero sale de puerto esperando encontrarse con un temporal. Sin embargo, cuando el mar vuelve a la calma, algo suele haber cambiado. A veces cambian nuestras prioridades. Otras veces cambia nuestra forma de valorar a las personas que tenemos cerca. La tormenta pasa, pero rara vez deja intacto al navegante que la ha atravesado. Como escribió Haruki Murakami: "Cuando salgas de la tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta".

Quizá esa sea una de las mejores definiciones de lo que representan las etapas difíciles de la vida. No llegan necesariamente para destruirnos, sino para transformarnos. Nos obligan a revisar nuestras certezas, a cuestionar nuestras prioridades y a descubrir recursos personales cuya existencia desconocíamos. Después de determinadas batallas, algo cambia en nuestro interior. Lo que cambia después de una tormenta no suele verse desde fuera. Seguimos teniendo el mismo nombre, habitamos en la misma casa y, muchas veces, seguimos teniendo la misma vida. Pero ya no somos los mismos. Hay preocupaciones que dejan de parecernos tan importantes y certezas que desaparecen para siempre.

Quizá por eso admiramos a determinadas personas, no porque hayan vivido sin problemas, sino porque han sabido seguir adelante cuando los problemas llegaron. Casi todos podemos navegar cuando el mar está en calma; lo realmente difícil es mantener la dirección cuando aparecen las olas, el viento sopla en contra y el puerto de destino deja de verse en el horizonte. Las etapas difíciles no nos muestran únicamente quiénes somos. También nos obligan a decidir quién queremos llegar a ser.

 

Dr. Pedro Juan Martín Castejón

Profesor de Marketing en la Universidad de Murcia y ENAE Business School

Miembro del Consejo Directivo de Marketing y Comercialización (CGE) 
 

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