Con veintitrés años era más estimulante montar en un vehículo que una mujer condujera tu vida. Al menos esa fue mi situación personal. La pubertad había quedado atrás años antes. El primer amor. El primer desamor. El Gol Gran me mantenía vivo, eso creía yo, pero estaba equivocado. La ciudad de Trainspotting era una realidad y la música indie lo copaba todo.
Empezaba a coquetear con el mundo empresarial. He de reconocer que con las finanzas he sido un auténtico desastre. Las matemáticas nunca se me dieron bien. El latín y el griego, mejor. La Caixa y Bancaja, entre otras entidades financieras, mantenían un pulso por el control de los préstamos al consumo y las pólizas de crédito. Después vendrían los seguros.
Mi viejo Volkswagen Polo blanco hueso lo había estrellado en un cruce. Su tumba fue el desguace. Asumí la mea culpa. Un coche de segunda mano, sin aire acondicionado, con radiocasete extraíble y con más kilómetros a sus espaldas que los que recorre la Ruta 66.
Gracias a mi viejo opté, en octubre del 98, por ser propietario, o eso pensábamos. El interlocutor fue un 'funcionario del Levante' que trabajaba en un concesionario de Ford. Había que barrer para casa. La marca americana sufragaba muchas nóminas de valencianos y así fue como me presenté ante aquel funcional vehículo con forma de huevo que no tendría término medio entre los aficionados al motor.
Con la adquisición vendría el plan Multiopción: pagar durante dos años una cuota y, al tercero, sustituirlo por otro. En mente tenía la ilusión de asaltar el fuerte que custodiaban los flamantes modelos Focus.
Aquel contrato mercantil era, literalmente, un avance de lo que la sociedad capitalista iba a ofrecernos como la panacea de un sistema sin propietarios ni proletarios; solo consumidores. Hipotecar nuestros sueños, pignorados a una cuota mensual, sin reserva de dominio, por algo que dos décadas después bautizaría como "sistema de pago por uso".
En la actualidad, la fórmula del renting ha conseguido desmitificar la épica del español medio: comprarse un coche con sus ahorros o a plazos para convertirse en propietario. Años después de experimentar con nosotros vendrían más productos financieros: el teléfono, el seguro médico, la televisión de pago entre otros. Si bien los socialistas de la chaqueta de pana ya se habían encargado de emitir los nuevos recibos de los servicios esenciales, girándolos contra nuestras libretas de ahorro.