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Cultura, identidad y ciudad: la nueva Valencia

Publicado: 02/02/2026 ·06:00
Actualizado: 02/02/2026 · 06:00
  • Exposición en Fundación Bancaja.
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Valencia vive un momento decisivo. A nuestra ciudad llegan cada día personas de fuera atraídas por nuestra calidad de vida, nuestro clima, nuestras oportunidades y nuestro potencial económico. Es una buena noticia. Pero también es un reto. Porque cuando una ciudad crece, cuando se abre al mundo, necesita algo más que infraestructuras y servicios: necesita identidad. Necesita saber quién es para no diluirse.  

Durante años, Valencia fue incapaz de ofrecer ese relato. Una ciudad con una tradición artística descomunal, con referentes universales y una historia riquísima, reducida a una suma de eventos efímeros, agendas infladas y sin presencia de aquellos que nos definen. Se buscaba el impacto inmediato y muy poco proyecto. Ocho años de gobierno de izquierdas sin una sola apuesta cultural estructural que dejara huella.

Esa etapa empieza a quedar atrás. Hoy, desde el Ayuntamiento de Valencia y bajo el liderazgo de la alcaldesa María José Catalá, estamos impulsando un cambio profundo: una política cultural con ambición, con raíz y con visión de ciudad. No se trata de inaugurar por inaugurar, sino de construir una infraestructura cultural estable que refuerce nuestra identidad colectiva y proyecte Valencia con personalidad propia.

Porque cuando una ciudad no se reconoce a sí misma, otros lo hacen por ella. Y eso es exactamente lo que ocurrió durante años: abandono de los referentes, desprecio por la historia común y una obsesión ideológica por diluir símbolos en lugar de fortalecerlos. No hubo legado cultural. No hubo nuevos grandes proyectos. Hubo sectarismo, activismo y mucha pancarta, pero muy poca ciudad.

Frente a eso, hoy se están tomando decisiones valientes. Decisiones que devuelven a Valencia a sus creadores, a su memoria y a su relato. El regreso de Manolo Valdés es mucho más que una operación artística: es un claro mensaje político. El futuro Espai Valdés, en el entorno del Parque Central, integra arte, naturaleza y vida urbana, convirtiendo la escultura en parte del paisaje cotidiano. Cultura compartida, accesible, arraigada.

La recuperación de Andreu Alfaro sigue esa misma lógica. Su obra monumental refuerza el carácter de una ciudad que se explica también desde la forma, el espacio y la memoria visual. Es identidad construida con rigor. Y por eso molesta a quienes, durante años, no hicieron nada y ahora critican todo.

Y si hay un nombre que conecta emocionalmente a Valencia con su esencia, ese es Joaquín Sorolla. El regreso de su obra gracias a la colaboración con la Hispanic Society es una operación cultural de primer nivel internacional, pero, sobre todo, un acto de autoestima colectiva. Sorolla vuelve a mirar la luz desde su ciudad natal y con él recuperamos una forma de entender Valencia: su obra nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y qué nos hace únicos.

A esta columna vertebral se suman proyectos que recuperan nuestra historia sin complejos. El futuro Museu de la Mar en la Casa dels Bous dignifica la memoria marinera de los Poblats Marítims. El futuro Centro del Santo Cáliz asume, con valentía en los tiempos que corren, que nuestra herencia histórica y religiosa también forma parte de nuestra identidad. Explicarla con rigor no excluye: suma.

Lo verdaderamente transformador es el modelo. Valencia está construyendo una red cultural distribuida, con espacios conectados y arraigados en los barrios. La zona marítima se convierte en el polo cultural que le corresponde. El Cabanyal- El Canyamelar y El Carme refuerzan las artes vivas y la cultura gráfica con proyectos como el futuro Centro de artes escénicas “Bombalino” o el Centro del Cómic “Micharmut”, respectivamente. Cultura clásica y contemporánea, conviviendo sin complejos.

Grandes eventos internacionales, como la recientemente anunciada competición de vela SailGP, encajan en esta lógica cuando se entienden bien: deporte, innovación, relación con el mar y proyección internacional, integrados en un relato coherente de ciudad.

Este modelo tiene un efecto clave: refuerza el sentimiento de pertenencia. Cuando una ciudad acoge, pero también se afirma; cuando crece, pero no se diluye; cuando integra sin renunciar a su carácter, se convierte en un lugar atractivo y sólido. 

Conviene recordar, frente a este avance, el vacío que dejó la oposición durante años. No hubo legado cultural ni visión de ciudad. Hubo sectarismo, activismo ideológico y ataques a símbolos compartidos. Hubo desde obsesión por diluir tradiciones hasta el abandono del Palau de la Música, cerrado durante cuatro años. 

Las ciudades que perduran no son las que se reinventan cada legislatura, sino las que saben dialogar con su historia para construir futuro. Valencia empieza, por fin, a hacerlo. En un momento de crecimiento y apertura, reforzar nuestra cultura, reencontrarnos con nuestros grandes referentes y con nuestra identidad no es una opción: es una responsabilidad.

Porque solo una ciudad que se reconoce a sí misma puede acoger al mundo sin perderse en él y avanzar con orgullo, sin complejos, con identidad propia.

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