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El arte de la criptografía: así mantenían los secretos en la Antigüedad

Desde la aparición del lenguaje, el ser humano mantiene secretos. La evolución de la civilización trajo consigo que reyes, califas, generales, visires, embajadores, papas o cardenales tuviesen la necesidad de guardar secretos y evitar que cayesen en manos enemigas, interesadas en sacar beneficio de esa preciada información. Puesto que era imposible que los mensajes escapasen a su escrutinio, se desarrollaron los códigos y el cifrado de textos.

Publicado: 05/02/2026 ·06:00
Actualizado: 05/02/2026 · 06:00
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En el pasado los países poderosos tenían secciones y divisiones enteras dentro de sus ministerios de exteriores y de la guerra dedicados totalmente a esta actividad, es decir, cifrar mensajes propios y descifrar los mensajes de otros países y ejércitos. Los miembros de estas divisiones solían ser individuos de lo que hoy llamaríamos un perfil alto de educación, como profesores, expertos en lingüística, conocedores de varios idiomas, aficionados a los jeroglíficos, al ajedrez o cualquier tipo de entretenimiento que hiciese trabajar duro a la mente. Muchas naciones los mimaban en extremo, ya que de ellos dependía la seguridad del estado y las relaciones con las demás potencias; no es de extrañar por ello que algunos estuvieran en posesión de títulos nobiliarios como ocurría en Inglaterra o Francia.

En los primeros escritos de la humanidad, como en las tablas de arcilla babilónicas y jeroglíficos egipcios, se pueden apreciar signos “extraños” que parecen estar intentando enmascarar cierto tipo de información. Las primeras referencias históricas claras a la ocultación de información vienen de la antigua Grecia, donde se describen varias historias relativas al encubrimiento físico del mensaje, también llamado esteganografía, del griego steganos, que significa tapado y graphein, que quiere decir escribir.

El historiador Herodoto menciona la historia de Demaratus, un griego desterrado en Persia que avisa a Esparta de la inminente intención de Jerjes de invadir Grecia. El mensaje lo hace llegar a su destino grabado en una tablilla de madera recubierta de cera como las usuales que se utilizaban en la época para escribir. Los espartanos, al recibir el aviso, esperaron a la flota persa para batalla en la Bahía de Salamis, lugar traicionero por sus vientos y corrientes. Los marineros persas, desconocedores del lugar, tuvieron muchas dificultadas para manejar sus naves, que quedaron casi todas destruidas. Plinio el Viejo, en uno de sus escritos, explica cómo confeccionar tinta invisible con savia de plantas. Histaieo escribió un mensaje en la cabeza rapada de un esclavo suyo, esperó a que le creciera el pelo y lo envío de visita a Aristágoras de Mileto, quien le afeitó de nuevo la cabeza y pudo leer el texto de apoyo a la causa de rebelión contra los persas. Esa revolución no parecía que fuese muy urgente si tuvieron que esperar a que le creciera el pelo al esclavo para enviarlo.

 

El método quedó con el nombre de Cifrado César, que consiste en desplazar las letras del alfabeto cifrado un número entero de posiciones"

 

Lo malo de la estenografía es que si se descubre el mensaje, este es leído sin ninguna dificultad. Para evitar eso lo que se hizo fue codificar el texto de manera que sólo pudiera ser comprendido por el receptor al que iba dirigido. El mensaje se codificaba con una clave que sólo era conocida por el emisor y el receptor. El arte o ciencia de codificar un mensaje es lo que se denomina criptografía, palabra que deriva de la palabra griega kryptos que significa oculto.

Uno de los primeros sistemas de cifrado del que se tiene noticia data aproximadamente del año 400 a. C. y es la denominada escitala espartana, que no era más que un listón de madera en el que se enrollaba una tira de cuero que llevaba caracteres impresos con el mensaje. La tira estirada muestra letras dispuestas de una manera aleatoria, pero liada alrededor del bastón aparece el mensaje tal y como se muestra en la figura.

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A este tipo de cifrado se le conoce como transposición, debido a que el mensaje contiene las mismas letras que el original, pero en desorden.

Otro sistema también griego, algo más evolucionado, era el Tablero de Polibio, basado en la sustitución de las letras del alfabeto por dos caracteres cualesquiera. En la figura siguiente se muestra un ejemplo de tablero:

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En él vemos que la letra “G” equivale a “BB” o que la “V” equivale a “EA”. Si queremos, por ejemplo, cifrar la sentencia “Tropas enviadas” quedaría (los espacios en blanco se eliminan): “DDDBCDCEAADCAECCEABDAAADDC”. Este sistema una vez conocido su funcionamiento es bastante sencillo de descifrar, aunque cambiemos las letras de lugar dentro de la tabla de coordenadas. El problema principal es que la clave de cifrado, es decir, el propio tablero, era fácilmente interceptable por el enemigo y complicado de sustituir por uno nuevo, ya que habría que distribuirlo por todos los lugares a los que querríamos enviar mensajes.

Un sistema más sencillo, pero a la vez más complicado de descodificar era el que utilizó Julio César para fines militares en la guerra de las Galias, con el que le mandó un mensaje a Cicerón, asediado y a punto de rendirse, donde le pedía que aguantara pues había enviado numerosos refuerzos. Ese método quedó con el nombre de Cifrado César y consiste en desplazar las letras del alfabeto cifrado un número entero de posiciones. Tal y como se muestra en el ejemplo.

 

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Aquí se muestra que el alfabeto cifrado está desplazado 4 posiciones respecto al alfabeto plano, es decir el que contiene el texto en claro. Se sustituye una “a” por una “D”, una “m” por una “P”, etc. Ahí vemos como quedaría el texto cifrado del mensaje “soldados a la espera”. Como siempre en esos textos se obviaban los espacios. Lo ventajoso de este sistema es que era suficiente con conocer el número de posiciones que se desplazaba un alfabeto respecto al otro, esa era la clave, fácil de recordar, distribuir y modificar.

En el mundo de la criptografía se habla de algoritmos y de claves; en el caso del Cifrado Cesar, por ejemplo, el algoritmo sería desplazar el alfabeto original respecto del cifrado un número de posiciones, la clave en este caso sería el número exacto de posiciones. Estos dos términos son importantes porque generalmente la seguridad e impenetrabilidad de un cifrado no depende del algoritmo, que puede ser conocido por mucha gente, sino que depende de la clave que deberían conocerla sólo emisor y receptor. En el Cifrado César sólo tenemos 25 claves, las 25 letras del abecedario sobre las que nos podemos desplazar, y podría probarse una tras otra hasta dar con el mensaje; pero en algoritmos posteriores y más evolucionados el número de claves posibles es casi infinito por lo que descifrar se convierte en una tarea muy, muy complicada.

Con la caída del Imperio Romano, según los historiadores, el desarrollo en Europa se frenó bastante debido al feudalismo, las luchas de religión y la conformación de nuevos reinos. Fue entonces cuando el desarrollo del saber se desplazó al mundo árabe donde la estabilidad política, el bienestar social y la paz produjeron un florecimiento de la cultura y las ciencias.

Durante el califato de los Abasidas, los árabes no estuvieron muy interesados en expandir los dominios, ni en la guerra santa; su principal preocupación fue el estructurar una sociedad organizada que les permitiera hacer su gobierno más sencillo. Para ello bajaron los impuestos por lo que se favoreció el comercio y la industria; al mismo tiempo endurecieron las leyes, lo que redujo enormemente la corrupción. Los grandes beneficiarios de estas medidas fueron, sin duda alguna, los ciudadanos.

 

El más importante avance que introdujeron los árabes fue lo que se denominó el criptoanálisis, es decir, intentar descifrar un mensaje ya cifrado"

 

La reducción de la corrupción requería comunicaciones seguras dentro de la administración para evitar que los mensajes fueran interceptados por posibles defraudadores o funcionarios corruptos por los que pasara la información. Una prueba clara de la importancia del cifrado en los comunicados era el denominado Manual de los Secretarios, de aproximadamente el siglo X y en el que incluyen secciones enteras dedicadas a la criptografía en la administración pública. En él se habla del cifrado monoalfabético que no es más que la sustitución de unas letras por otras, o por números o por algún símbolo extraño. El Cifrado César es, por ejemplo, un algoritmo monoalfabético muy sencillo.

El más importante avance que introdujeron los árabes en la criptografía fue lo que se denominó criptoanálisis, es decir, intentar descifrar un mensaje ya cifrado. Esto vino de la mano de los teólogos y estudiosos del Corán, que como sabemos lo componen las revelaciones de Dios al profeta Mahoma a través del arcángel Gabriel. Se trata de una serie de revelaciones dadas a Mahoma durante veinte años, hasta que murió, en sus visitas regulares a la cueva aislada del monte Hira en las afueras de La Meca.

Los teólogos musulmanes estaban muy interesados en establecer la cronología de esas revelaciones. Se pusieron a analizar palabra por palabra, catalogándolas desde las más antiguas a las más evolucionadas. Supusieron que, si un texto contenía más palabras antiguas, sería anterior en el tiempo a otro que contenía mayor cantidad de léxico moderno. Con estas premisas contaron la frecuencia con que cada palabra aparecía en cada una de las revelaciones realizando con ello una clasificación cronológica. También intentaron encontrar qué frases eran, atribuibles directamente a Mahoma para lo que se estudiaron etimológicamente las palabras y las estructuras de las frases para ver qué textos se adecuaban a los patrones lingüísticos del profeta. Sorprendentemente los estudiosos no se pararon en el estudio de palabras o frases, llegaron a analizar las letras individualmente y descubrieron que unas letras eran más comunes que otras, por ejemplo, observaron que el sonido “l” es el más común en árabe y que otro como el “j” que se pensaba de los más usados no llega al 20%. Este descubrimiento, aparentemente sin importancia, fue uno de los grandes hitos del criptoanálisis, permitiendo que esta disciplina empezara una brillante carrera que nos llevaría hasta nuestros días.

En el año 1987 fue redescubierta una obra de Al-Kindi conocido como “el filósofo de los árabes” en la Biblioteca Otomana de Estambul. Se trataba de un manuscrito titulado El Descifrado de Mensajes Cifrados y entre la interesantísima información de estadísticas de uso de la fonética árabe y de su sintaxis hay un par de párrafos que podría firmar cualquier criptoanalista moderno, donde se explica brevemente como descifrar un texto cifrado por el método de sustitución del alfabeto. El método sería contar las letras o signos que aparezcan. El símbolo que aparezca con más asiduidad casi seguro que se corresponde con la letra más usada en el idioma que creemos se ha escrito el mensaje, el segundo signo más usado deberá corresponder con la segunda letra más utilizada en ese idioma y así sucesivamente. Por ejemplo, en inglés, la letra más usada es la “e” seguida por la “t” y después la “a”; en español, en cambio, la más usada también es la “e”, seguida por la “a” y después la “s”. A este sistema se le denominó análisis por frecuencia y resultó bastante efectivo para el descifrado de textos durante muchos años.

Ese tipo de análisis se demostró muy potente y casi ningún sistema de cifrado de la época era invulnerable a su escrutinio. Este sistema se vuelve más potente cuanto más largos son los textos cifrados ya que la frecuencia de aparición de las letras se acercará cada vez más a las habituales del idioma. Puede que de aquella remota época se remonte la obsesión de los militares por reducir a la mínima expresión los mensajes a transmitir.

La criptología es un pilar fundamental de nuestra sociedad. Pensemos que nuestra firma digital, DNI, transacciones bancarias, mensajes y toda la información que circula por las redes de telecomunicaciones, si queremos que permanezca confidencial, debe ir encriptada. Las técnicas de cifrado han evolucionado mucho a lo largo de la historia y un artículo como este es totalmente insuficiente para ponernos en perspectiva, si queremos tratar el tema con algo de profundidad y rigor. Os adelanto que a este le seguirán otros artículos en los que intentaré seguir contando la apasionante historia de los sistemas de cifrado, los retos que han ido apareciendo durante los siglos, hasta nuestros días en los que los expertos dicen que a la computación cuántica, cuando sea desarrollada, no se le resistirá ningún código y que será el fin de los secretos… Aunque yo no estaría tan seguro de eso.

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