El pasado 19 de junio, Mónica Oltra cerró el acto del Parc de Capçalera junto a Gabriel Rufián con una simpática alusión al sermón de la montaña. La imagen tenía sentido: un espacio lleno de gente ávida de escuchar algo nuevo, una invitación a reconstruir un espacio político fraternal y la promesa de una recompensa colectiva para quienes se unan al movimiento.
Pero, puestos a seguir con la metáfora evangélica, quizá el momento político se parece más a la multiplicación de los panes y los peces. No por el milagro, sino por el gesto: cada cual puso en común lo que tenía, nadie perdió lo suyo, todos comieron y todavía sobró.
Esa debería ser la lógica de cualquier candidatura amplia: compartir para multiplicar, no diluir para sobrevivir. Abrir puertas, sí. Sumar sensibilidades, también. Construir una mayoría más ancha, por supuesto. Pero sin perder de vista una cuestión esencial: Compromís no llega a este debate como un espacio en ruinas, ni el valencianismo político como una tradición agotada. Llegamos con implantación municipal, cargos públicos, cultura de gobierno, base social y expectativa electoral. Puede que la más alta de nuestra historia.
Por eso conviene ir con mucho cuidado. Una cosa es desbordar las siglas y otra muy distinta es desorientar el proyecto. Una cosa es construir una candidatura amplia y otra dar la sensación de que estamos organizando una operación para salvar los muebles de grupos que hoy no tienen representación suficiente. Esa imagen sería fatal. No solo porque sería injusta con Compromís, sino porque transmitiría debilidad justo cuando deberíamos transmitir liderazgo.
Los sondeos llevan meses dibujando una tendencia consistente. Antes incluso del regreso de Mónica Oltra, el espacio político de Compromís ya aparecía en condiciones de obtener un gran resultado. Eso significa que Compromís no necesita aliados para resistir; necesita una candidatura amplia para liderar lo que bauticé como el "espacio Oltra". No era un homenaje, sino una llamada a su vertebración. La diferencia lo cambia todo: la cooperación no es una operación de rescate, sino la condición para una operación de victoria.
Ahí está el verdadero debate. Si hay un paraguas capaz de ordenar ese espacio, ese paraguas es Compromís. No porque sea una marca electoral más, sino porque es la herramienta que ya existe. Y, dentro de Compromís, Més no debería olvidar cuál ha sido históricamente su mejor aportación: imaginar instrumentos políticos capaces de convertir las ideas valencianistas en mayorías sociales e institucionales.
La espina que nos queda clavada a muchos de los que, desde el Congrés de l’Eliana de la UPV en 1996, nos conjuramos para construir una opción política al servicio de la nació dels valencians, es el grupo propio en el Congreso. No por encerrarnos en nosotros mismos, sino precisamente por todo lo contrario: porque siempre entendimos que había que cooperar con todo aquello que se declarara de obediencia valenciana y tuviera voluntad de país.
Somos de actuar localmente pensando globalmente. Por eso somos verdes, violetas, naranjas, rojos y de todas las causas justas. Hace tiempo que nos autodesbordamos, pero siempre sabiendo hacia dónde remamos. Nunca se trató de diluir el valencianismo, sino de convertirlo en una herramienta capaz de sumar más, representar mejor y gobernar más lejos.
Por eso el grupo propio no es un capricho identitario ni una nostalgia orgánica. Es la consecuencia lógica de una estrategia que empezó hace décadas: construir una voz valenciana con fuerza propia, capaz de pactar, cooperar y sumar, pero sin renunciar a decidir desde aquí. Si ahora hablamos de candidaturas amplias, espacios de cooperación y nuevas mayorías, el cabet en la faena debería estar precisamente ahí: en que todo ese esfuerzo sirva también para conseguir, por fin, un grupo parlamentario valenciano en el Congreso.
Y aquí el calendario importa. Puede ocurrir que antes de las municipales y autonómicas lleguen las elecciones generales. Si eso pasa, la primera carrera del nuevo ciclo será el Congreso. Y no podemos llegar a esa carrera con el paso cambiado, pensando todavía en términos de reparto interno, acomodo de siglas o equilibrios estatales.
No se trata de elegir entre València, la Generalitat o Madrid. Va todo junto. Se trata de construir una estrategia de país capaz de disputar el Ayuntamiento de València, condicionar o encabezar el próximo cambio en la Generalitat y conseguir grupo parlamentario valenciano en el Congreso. Cada pieza refuerza a la otra. Una candidatura potente al Congreso ayuda a las municipales. Una expectativa municipal fuerte ayuda a las autonómicas. Una estrategia valenciana coherente ayuda a que el electorado progresista desencantado encuentre una casa común antes de buscar refugio en la abstención o en soluciones improvisadas.
No damos nada por perdido. Precisamente por eso hace falta acumular fuerza en todas las instituciones. Si el PSOE se hace pedazos, alguien tendrá que ofrecer estabilidad, ambición de gobierno y una casa común al electorado progresista valenciano. Y esa estructura no se improvisa en campaña. Se empieza a construir ahora.
En 2023, Sumar y Compromís obtuvieron el 15,23 % de los votos y cuatro diputados en la Comunitat Valenciana. La base electoral ya existe. Se trata de mantener ese resultado, ensancharlo y recoger una parte del voto que previsiblemente dejará de apoyar al PSOE. Ese escenario permitiría aspirar a tres diputados por València, dos por Alacant y disputar el último escaño de Castelló, hoy en manos de Vox. Eso como mínimo. Cinco diputados significan grupo parlamentario propio. Y grupo propio significa presupuesto, visibilidad, agenda, tiempo de intervención, capacidad negociadora y autonomía política.
Conviene recordar que esta intuición no nace de la nada. En 2011 fue posible construir Compromís como una herramienta política nueva cuando muchos pensaban que el valencianismo estaba condenado a la irrelevancia. Cuatro años después gobernaba la ciudad de València y algunos de los mayores escépticos acabaron siendo alcaldes, concejales, altos cargos y hasta consellers. Las mayorías no aparecen por casualidad; se diseñan desde la inteligencia política y también desde la generosidad.
Esa generosidad tiene nombres y memoria. La de Enric Morera, a quien tantas veces se le exigió ser cabeza de cartel y tantas otras supo poner la construcción del espacio por delante de su posición personal. O la de Papi Robles, que se aparta cuando las encuestas podrían invitar justamente a lo contrario. Ahí hay una cultura política que no deberíamos despreciar: la de entender que, a veces, el valencianismo avanza porque alguien decide hacer "lo que més convinga".
Eso es lo más alejado del desahogo personal. Es sacrificar lo propio en beneficio de lo común. No para que el esfuerzo acabe en una operación menor, ni para que Compromís pierda su centralidad, ni para que Més renuncie a su aportación histórica. Al contrario: para que toda esa potencia acumulada sirva a una ambición mayor.
Hoy no estamos intentando construir un coche con piezas de desguace. Tenemos un proyecto consolidado, una organización viva, una expectativa de crecimiento y una oportunidad política evidente. Si se me permite la metáfora, tenemos un Ferrari en el túnel del viento. La cuestión ya no es si el coche puede correr. La cuestión es si sabremos poner toda esa potencia al servicio de un objetivo compartido.