VALENCIA. El pasado jueves, el ex-expresidente del Gobierno, como él mismo se ha definido en alguna ocasión con su incisivo sentido del humor, dio en el Paraninfo de la Universitat de València una conferencia que reproducía el título de su último libro, Mi Idea de Europa.
La presencia de Felipe González en Valencia tenía un significado bastante especial. No solo por el peso específico de la personalidad de González y por la persistente influencia de sus aportaciones al debate público. También porque su visita suponía la consagración en toda regla del Forum d´Electes, un proyecto que -hace ya más tiempo del que parece- puso en marcha un socialista muy ejemplar fallecido recientemente: Joan Ballester.
Para alguien como yo -que se afilió al PSOE en el año 2000- el entierro de Joan Ballester el pasado diciembre fue la representación más contundente de lo que habían sido los tiempos de una cultura de la Administración pública valenciana en una época que se antoja ya bastante lejana y que se nutrió de unos cuadros dirigentes que serían ahora inimaginables en el marco de un decepcionante presente, que ha degenerado en una pérdida de calidad bastante acusada en todos los ámbitos de actividad de la vida pública valenciana.
La conferencia vino precedida de una cierta polémica por la declinación del rector a comparecer en la mesa junto al secretario general de los socialistas valencianos y Felipe González, alegando que se trataba de un acto del Partido Socialista.
Los partidos políticos son instituciones constitucionales y por el momento no disponemos de otro sistema para organizar la representación de la ciudadanía. En Valencia está muy extendida una mentalidad bastante insana (a mi modo de ver al menos) que tiende a considerar la relación pública con los partidos políticos (si es el PSPV-PSOE más) como un gesto incorrecto de parcialidad.
Debería ser más bien al contrario. La parcialidad es no relacionarse normalmente con unas organizaciones que constituyen una parte tan importante de nuestro sistema institucional.
A Felipe González no le gustan mucho los preámbulos. No son su género literario, porque normalmente suelen servir para glosar lugares comunes y él es bien consciente de que lo que añade valor a un discurso político es precisamente lo que haya de decirse a continuación de tales lugares.
Felipe González, para equivocarse o acertar, pisa fuerte en el terreno de todo cuanto no sea juego floral. Es lógico. Porque a su capacidad, a sus lecturas, a su experiencia, sus viajes y sus relaciones, añade el componente que más contribuye a la formación de una opinión de calidad: la autonomía de criterio y la independencia personal.
Mucho he pensado estos días sobre la relación en que se encuentran los conceptos de lealtad, pertenencia y autonomía. Y he creído ver en las actitudes de Felipe González un equilibrio muy adecuado entre tales requerimientos.
Una de las explicaciones más convincentes sobre la pobreza dialéctica de los argumentos que contienden en la arena política actual, es precisamente el hecho de que todo el espacio disponible para esa rivalidad haya de dividirse de acuerdo a polaridades innegociables, a consignas y a culturas oficiales. Pero el futuro no puede descifrarse de acuerdo a los diagnósticos grupales, ni a un modelo de confrontación que parece inspirarse en la profesionalización del conflicto permanente.
Por lo demás, Felipe González fue al tajo de la cuestión y entre otras muchas cosas dejó bien claro que en Europa no falta talento, falta una cultura que apoye el talento. En Europa no falta conocimiento, en Europa faltan los mecanismos para transferir al modelo productivo ese conocimiento. En Europa no falta reflexión, faltan mecanismos ejecutivos para llevar las reflexiones a término. Además, incidió Felipe, en Europa se ha inoculado a los jóvenes una mentalidad de profunda aversión al emprendimiento y el riesgo.
Yo diría que en términos de mentalidad, Europa viene a ser como una entidad inmueble. Hace ahora un año escribí para una fundación vinculada a una entidad bancaria un extenso artículo que llevaba por título 'Decadencia cultural y perspectiva económica: una hipótesis sobre el problema de Europa'. Pero el artículo, a su vez, era la concreción de una propuesta de investigación bastante más amplia que se titulaba 'El Clima Cultural en las Sociedades Emprendedoras: indicaciones para una reforma de la mentalidad europea'.
En dicho artículo intenté llamar la atención sobre las motivaciones de carácter cultural que podrían entorpecer seriamente la recuperación económica del entorno regional europeo, intentando establecer una relación entre los elementos intangibles que estructuran nuestro espacio económico y los riesgos manifiestos de pérdida de competitividad e influencia económica de nuestro continente en el marco de una nueva arquitectura del poder global.
El mundo social, decía Pierre Bordieu, está enteramente presente en cada acción económica. En mi opinión, la crisis económica (y en particular las específicas dificultades europeas para enfrentarse a ella), no puede ser explicada sin explicar determinados antecedentes de decadencia cultural respecto de los cuales no parece existir demasiada conciencia.
Dicha decadencia básicamente vendría determinada, por una parte, por la profunda suspicacia que, en el fondo, despiertan el conocimiento y la innovación como presupuestos de una acción económica eficaz. Por otra, por la perduración de numerosas formas de privilegio derivadas de una lógica estamental, muy contraria al esfuerzo, al mérito y al riesgo.
Si Europa quiere continuar desempeñando algún papel en el mundo necesita acometer profundas reformas. En mi opinión es preciso especificar algo más: Europa necesita, fundamentalmente, una reforma de su mentalidad.
Existen en Europa determinados elementos culturales subyacentes muy mal diagnosticados que están teniendo una alta efectividad en la evolución crítica de los acontecimientos. En muchos sentidos la sociedad europea continúa funcionando como una sociedad estamental, razón por la cual aquellas personas que no poseen más que el capital de sus ideas están condenadas a la irrelevancia social.
A pesar de las consignas oficiales las instituciones desconfían profundamente de los modelos productivos basados en el conocimiento, como certifica el estrepitoso fracaso de la Agenda de Lisboa. Es tan contundente el compromiso retórico con un incremento de la productividad mediante la mejora de la formación o el aumento de las inversiones en investigación, como las omisiones de la mayor parte de los estados de la Unión Europea para el cumplimiento de estos compromisos.
En 'La Ética Protestante y el Espítritu del Capitalismo', Max Weber explicó la relación entre una realidad espiritual, religiosa y cultural y un fenómeno de carácter económico. Tal vez nosotros podríamos preguntarnos, si el calvinismo produjo el capitalismo moderno, la actual mentalidad de Europa ¿produce qué?
Creo que el actual clima cultural ha hecho a los jóvenes europeos interiorizar la venenosa idea de que las ventajas están siempre del lado del estamento y no de la incorrección o del riesgo y que esto ha generalizado un peligroso sistema de aspiraciones que condena a cualquier sociedad a la mediocridad, al ridículo cultural y en el largo plazo, a la miseria económica.
Después de la conferencia de González fui a cenar con mi amigo Javier M., que dirige una importante organización para las relaciones intercontinentales y que me habló de la ingente tarea y las oportunidades inmensas de federar toda clase de sinergias entre España y el resto de Latinoamérica. Cuestión que también lleva años inquietando a Felipe González.
"¡Es increíble lo que aún queda por hacer!", sentencia Javier. Pero además de ello, también me transmitió su escepticismo por el hecho de que nuestra Administración pública pueda no estar capacitada para respaldar el peso de tanta iniciativa.
Si bien se piensa, entre España y Latinoamérica existe una infraestructura de conexión mucho más potente que cualquier línea de alta velocidad: una lengua común. Pero por lo que deduzco de mis conversaciones con Javier, el AVE España-Latinoamérica viaja siempre bastante vacío en relación a su inmensa capacidad de desplazamiento de oportunidades.
Después de la conferencia, casi ya de madrugada, aún tomé un taxi para trasladarme al hospital en el que acababa de nacer Aitana, la hija de mis buenos amigos Juan Ángel y María.
Aitana ha nacido en Valencia como un ser privilegiado. No sólo por la bondad innata de sus progenitores, sino porque jurídicamente va a disfrutar de la doble nacionalidad que heredará de su padre y de su madre, siendo simultáneamente ciudadana de España y de Brasil desde el primer día de su vida. Es una europea en una gran situación de ventaja competitiva inicial.
Sus lenguas maternas serán el español y el portugués, así es que su preparación lingüística y sus pasaportes la capacitarán para desenvolverse con enorme soltura en uno de los entornos regionales más prometedores del mundo. Aitana es una preciosa niña a la que no le afectarán jamás las consecuencias del Tratado de Tordesillas, ni probablemente los problemas derivados de la decadencia cultural europea.
En la habitación estaba también el abuelo de Aitana. Nació en Albacete en el año 1935 y resultó ser un excelente conversador. Es un hábito muy saludable preguntar a las personas que han vivido en otros tiempos y otros lugares cómo han sido allí sus condiciones de vida. Josep Pla aseguraba que la sabiduría no tiene más secreto que hablar con la gente.
Se dice que España tiene hoy la generación de jóvenes más preparada de su historia. Pero hablando con el abuelo de la recién nacida Aitana a uno le surgen muchas dudas sobre el particular. Este hombre -que lleva sesenta años de entrañable convivencia junto a su mujer- destila esa misma integridad que aquellos antiguos emigrantes españoles que no se resignaron jamás a la miseria de sus familias y se fueron con lo puesto a trabajar de sol a sol allí donde hiciese falta. Cada día estoy más convencido de que los emigrantes son los seres más valientes y más bellos de la humanidad.
Cuando decimos que Europa tiene la generación más preparada de la historia, tal vez deberíamos decir la generación más titulada de la historia, que es cosa diferente. Aunque la formación sea un importantísimo componente de la preparación, ésta es bastante más general que aquélla y comprende muchas más cosas.
Contemplando la curiosa escena de tantas generaciones europeas dentro de una misma habitación, creo que puede comprenderse algo sobre el problema de Europa.
Los jóvenes europeos desprecian la iniciativa y el riesgo y no han sido educados por sus padres en una cultura del esfuerzo. Imaginemos por un momento que a la formación académica de la actual generación de jóvenes españoles, pudiésemos sumarle la disposición al sacrificio que tuvieron nuestras anteriores generaciones.
Al despedirme para regresar a casa me concedí a mi mismo un instante de meditación en el trayecto descendente del ascensor. ¿Saben cuál es el problema de Europa? Que en muchas partes del mundo esos dos componentes confluyen ya en una misma generación.