Hay derbis que explican las ciudades. Rivalidades profundas como la de los católicos apoyando la causa irlandesa a través del Celtic, enfrentado a los unionistas protestantes del Rangers en Glasgow. La lucha de clases a través del equipo del pueblo contra los Millonarios en la capital argentina. La cicatriz del territorio de Mostar que, aunque reconstruyó su puente, sigue existiendo físicamente en el estadio arrebatado al Velez por su rival el Zrinjski, que los recibe allí como local. Fruto de su historia –normalmente, de las convulsiones de su historia– el significado que han adquirido narra, a través de lo deportivo, quiénes son sus habitantes. Y como el recuerdo no supone revivir lo ocurrido, sino revisitarlo y volverlo a habitar con los ojos del presente, algunos de esos motivos iniciales se han difuminado, romantizado. Otros han adquirido significados nuevos.
Pero hay otra categoría de derbis. Fotografías de otra época. Unos que no nacen de la rivalidad de sus habitantes, sino pese a la presencia de estos. Y estos también cuentan la ciudad.
De hecho, el enfrentamiento que mejor explica València hoy no es el Valencia CF – Levante UD, no solo porque carezca de la épica histórica que sí tienen los ejemplos anteriores, sino porque lo que hemos sido o somos sus habitantes cada vez cuenta menos.
La rivalidad más genuina del momento no tiene estadio y se encuentra en la calle La Paz. La que para muchos es la calle más bonita de la ciudad. En ella hace meses apareció el primer contrincante y he de reconocer que ante mi asombro.
Una tienda de centenares de productos de limón. Solo limón. Muchos limones en el escaparate. Limón en el nombre. Limón en el logo. Saturación cítrica para deleite del visitante, sin mucha razón de ser. O eso pensaba yo.
Pero te das cuenta de que la ciudad no circula por tus mismas apetencias, cuando tras pensar que poco durará esto abierto, descubres en septiembre que, lejos de cerrar, a Lemon & Lemon le ha salido un competidor.
Justo enfrente ha abierto una tienda de centenares de productos de naranja. Me confirman que hay cosas parecidas –idénticas, para que nos vamos a engañar– en otras partes. Si el fútbol te contaba lo genuino, esto te explica su pérdida.
Y a 550 metros de la ubicación de este derbi guiricítrico, en el Debate del Estado de la Ciudad, la alcaldesa pronunció su compromiso para que València no se convierta en una ciudad franquicia.
Una actitud sorprendente, no ya por que se choca con la realidad, sino porque también trata de chocar con los actos propios de quienes han defendido la ausencia de regulación y la libertad de mercado. Escuchar a una liberal hablar de evitar ser una ciudad franquicia sirve de medida sobre cómo de grande es el problema. Tanto que no se puede ocultar. Tanto que, al menos, se debe aparentar estar en contra.
Una dificultad equiparable a la que se han enfrentado algunos opinadores patrios, que esta semana cuando han tratado de salvar de la quema pública a los tres jugadores del Madrid, que se negaron a sumarse a la campaña de la Asociación Valenciana de Empresarios de apoyo a Ceuta. Una acción que invisibilizaba, cuanto menos, a los migrantes como víctimas de esta tragedia. Fútbol y deporte. Madrid y nación. Libertad y cierre de filas. Vaya filón sociológico.
Pues como ellos, la alcaldesa, en otro equilibrio imposible, opinó también contra natura. Ella está a favor del turismo actual de València, pero en contra de que le culpen de ella. Ella va con los limones y con las naranjas. De centro, que es tanto como decir que el problema no va conmigo. Eso en el deporte tiene un pase, aunque te haga poco de fiar, pero a una alcaldesa, hasta la fecha, no se le permitía ser solo espectadora o tertuliana.
Los vecinos tenemos derecho a exigir alguna cosa. En un sentido o en el otro. Pero, al menos, a abandonar esta noción de que a la ciudad le lleva la corriente de lo que toque o imponga el momento. Mira que se ha criticado la futbolización de la política, no sin razón. Pero a veces, la crítica podría ir en sentido inverso. La ciudad debería poder elegir sus colores. Lo que quiere ser.