El despertar verde en García Lorca

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TRIBUNA LIBRE
Publicado: 18/07/2026 · 06:00
Actualizado: 18/07/2026 · 06:00
  • Figuración del futuro paseo García Lorca, según el proyecto municipal.
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Michel Houellebecq lleva media obra sosteniendo la misma tesis deprimente: Occidente ha dejado de creer en el futuro y se dedica a administrar su propia decadencia con folletos de colores y sonrisa de comercial. No hace falta ser tan francés ni tan cascarrabias como él para verlo aquí, en versión de saldo. Me vino a la cabeza —no me pregunten por qué atajo mental— el otro día en la sala del edificio Iturbi, llena hasta la bandera de vecinos y vecinas que llevan cuarenta y tres años esperando un parque. Un gobierno que, teniendo escrito un pulmón verde, elige la autovía y la disfraza de paseo, es justo eso: la gestión resignada del retroceso vendida como progreso. Prometieron verde y traen una autovía pintada de pistacho para que parezca otra cosa.

Hubo una vecina que lo dijo mejor que ningún informe. No habló de decibelios ni de intensidades medias diarias: dijo que ese parque lo rozaban con los dedos y que ahora ya no existe. Ahí está toda la elegía del sur de la ciudad, la gente que compró su casa en Jesús, en La Raiosa, en Malilla, mirando unas vías a ras de suelo y confiando en que algún día verían árboles. El día llegó a estar escrito. Y alguien lo metió en un cajón.

Ese alguien tiene despacho y tiene nombre, pero no es quien dio la cara. A Iturbi lo mandaron a él, al concejal de Movilidad, Jesús Carbonell, a comerse el marrón en una sala llena y hostil, y hay que reconocerle que aguantó el tipo. Acorralado y sin escapatoria, ejecutó su número: "A mí me encargaron un estudio de movilidad". Y a otra cosa. Pilatos con acta de concejal, lavándose las manos mientras la sala aplaudía a la vecina y no a él.

Quien no apareció —quien no aparece jamás cuando huele el marrón— fue la alcaldesa. María José Catalá tiene un talento envidiable para desaparecer en esas. El plano del antiproyecto es suyo, pero el día que toca dar la cara en un barrio cabreado manda al operario y se queda en el despacho, a resguardo, para reaparecer sonriente cuando ya ha escampado. Carbonell no diseña, ejecuta: aprieta el botón mientras la mano que da la orden se retira un paso antes de que salpique. Siempre podrá alegar que solo cumplía órdenes; la pega es que esa coartada nunca ha librado a nadie de su responsabilidad. No ironizo del todo. Piénsenlo, concejal, alcaldesa.

Y aquí está el meollo, porque un estudio de movilidad funciona exactamente como ChatGPT: le metes una premisa y te escupe, obediente, justo lo que le has pedido. Si le pides mover 27.000 coches, te devuelve una carretera. Si le pides preservar un corredor verde continuo y resolver el tráfico alrededor, te devuelve un parque. Mismo equipo, mismo dinero, misma ciudad. Carbonell jura que la premisa que le dio a IDOM fue "hacer el máximo verde posible". No quiere decir que mienta, pero meter entre 24.000 y 27.000 vehículos diarios a metros de las ventanas —más que por la Avenida del Puerto, y lo dice el propio estudio de IDOM, no un servidor— es una forma muy personal de entender el verde. El resultado no se lo dictó la ciencia. Se lo pidió él y ahora finge sorpresa.

Los vecinos de Iturbi hicieron entonces la única pregunta sensata: ¿a cambio de qué? A cambio de un parque descuartizado en diez trozos separados por calzada. A cambio de cambiar el ruido intermitente del tren por 65 o 75 decibelios continuos, el zumbido de fondo del capitalismo del parabrisas. A cambio de un cerco de cuatro vías alrededor de su edificio. En el expediente hay informe de movilidad, cómo no, pero ni rastro de informe de salud, ni de contaminación, ni de por dónde narices cruza a pie una criatura. Se estudia lo que le importa al coche. Lo que le importa a la gente, ya otro día.

Porque este no es un debate de carriles, es un debate moral, y lo pierden por goleada. València va a seguir comiéndose olas de calor cada verano más largas, y estos asfaltócratas, herederos directos del urbanismo desarrollista que se comió la huerta a cambio de ladrillo, nos ofrecen más alfombra negra donde hacen falta árboles. Dos vecinas lo resumieron con una sencillez que desarma: lo que necesita el barrio no es asfalto que caliente, sino sombra que enfríe. Toda la demoscopia del mundo cabe en esa frase.

Nos prometieron, además, un proceso participativo. La participación han sido dos semanas de plazo arrancadas a la fuerza —"ni siquiera son alegaciones", avisaron— para presentar unas observaciones que el Ayuntamiento archivará con la misma diligencia con que rebautizó el "bulevar" como "paseo", que es el AliExpress del urbanismo: le cambias la etiqueta y esperas que el vecino no note que el producto es el mismo mojón.

Lo esperanzador es que esta ciudad tiene la costumbre de rectificar cuando se planta. El Cabanyal se salvó. El Saler se salvó. Las 50.000 firmas dicen que esta vez también nos hemos plantado. Solo le pido una cosa al concejal, y va sin ironía: valentía. Que cambie la premisa, que apueste por el parque y resuelva la movilidad después. Y a la alcaldesa, otra: que salga del despacho y dé la cara.

València ya enterró una autopista para ganarse el Túria, y hoy nadie concibe la ciudad sin su jardín. Al enfant terrible, Houellebecq, habría que invitarlo a Iturbi para enseñarle lo que no cabe en sus novelas: una sala entera negándose a resignarse. Porque la València meninfotista, la que agacha la cabeza y traga asfalto porque total, para qué, no la vamos a aceptar por una razón muy sencilla: ya no existe. Está despierta, y aquella tarde, en aquella sala, lo demostró. La próxima generación no nos juzgará por los coches que dejamos pasar, sino por la sombra que fuimos capaces de dejarles. Que tomen nota: en García Lorca ha despertado algo verde, y no piensa volver a dormirse.

Miguel Sánchez es presidente de la Associació Veïnal La Roqueta, miembro de la Plataforma Corredor Verd

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