Hay noticias que, aunque duren apenas unas horas en los medios, permanecen bastante más tiempo en la cabeza de las personas y creo que eso es exactamente lo que ha pasado estos días con el hantavirus.
No tanto por el alcance real de la noticia, ni siquiera por el riesgo sanitario en sí, sino por lo que ha removido emocionalmente. Porque, en el fondo, la conversación nunca ha estado solo en el virus. Está en todo lo que nos recordó.
Han pasado años desde el COVID y, sin embargo, hay determinadas palabras, imágenes o titulares que siguen teniendo una capacidad inmediata para llevarnos mentalmente a aquella etapa. A esa sensación de incertidumbre constante, de vulnerabilidad compartida y de miedo silencioso con el que aprendimos a convivir durante demasiado tiempo.
Durante años pensamos que la pandemia terminaría cuando desaparecieran las restricciones, las mascarillas, los aplausos en los balcones o las ruedas de prensa interminables. Pero la realidad es que algunas cosas no desaparecieron del todo. Simplemente dejamos de hablar de ellas.
Porque el COVID no solo cambió la forma en la que trabajábamos. Cambió también nuestra relación con la estabilidad, con la salud, con el tiempo y con la sensación de control sobre nuestra propia vida. Y, aunque a veces intentemos actuar como si todo hubiera vuelto exactamente a su sitio, creo que emocionalmente seguimos arrastrando parte de aquel impacto colectivo.
No hace falta hablar necesariamente de trauma en términos clínicos para entenderlo. Basta con observar cómo reaccionamos. La rapidez con la que determinadas noticias sanitarias vuelven a activar miedo, hipervigilancia o incertidumbre revela que hay una memoria emocional todavía muy presente.
El COVID no fue solo una crisis sanitaria. Fue también una experiencia emocional profundamente dura"
Como ocurre en cualquier experiencia intensa, el cuerpo y la mente aprenden a detectar amenazas antes incluso de que las racionalicemos. Como si una parte de nosotros siguiera preparada para volver a encerrarse.
Y es lógico. Porque el COVID no fue solo una crisis sanitaria. Fue también una experiencia emocional profundamente dura. Hubo pérdidas de vidas, por supuesto, pero también pérdidas más silenciosas: rutinas, vínculos, seguridad, planes de futuro e incluso una determinada forma de entender el trabajo y la estabilidad.
Muchísimas personas vivieron durante meses en un estado de alerta permanente. Y eso deja huella.
Quizá por eso, años después, seguimos viendo determinadas consecuencias en el entorno laboral. No creo que la famosa “gran renuncia” pueda explicarse únicamente desde el mercado de trabajo o desde una cuestión generacional. En muchos casos fue también una respuesta emocional colectiva después de haber atravesado una experiencia límite.
De repente, millones de personas empezaron a replantearse cosas que antes daban por sentadas: cuánto tiempo dedicaban al trabajo, qué estaban sacrificando, cuánto compensaba vivir permanentemente agotados o qué lugar ocupaba realmente el bienestar en sus vidas.
El trabajo dejó de ser únicamente una herramienta de crecimiento para convertirse, muchas veces, en una pregunta mucho más profunda sobre el sentido, el equilibrio y la calidad de vida.
Y creo que ahí todavía estamos.
El verdadero reto era entender cómo habían cambiado emocionalmente las personas después de atravesar una experiencia colectiva así"
Desde Recursos Humanos hay algo que se percibe claramente: las personas gestionan hoy la incertidumbre de una manera distinta. Necesitan más información, más claridad y más sensación de estabilidad. También tienen menos tolerancia a determinados estilos de liderazgo excesivamente rígidos o deshumanizados, quizá porque después de haber vivido algo tan frágil colectivamente, determinadas prioridades han cambiado.
No creo que hayamos salido indiferentes de todo aquello. Solo creo que hemos aprendido a convivir con ello mientras intentábamos seguir adelante.
Por eso me parece interesante observar la reacción que generan noticias como la del hantavirus. Porque probablemente el debate importante no está en el virus en sí, sino en cómo determinadas palabras son capaces de reactivar emociones que creíamos más archivadas de lo que realmente estaban.
Y quizá ahí haya también una reflexión importante para las empresas.
Durante mucho tiempo las organizaciones se preocuparon por recuperar la productividad, la presencialidad o los resultados. Pero tal vez el verdadero reto era entender cómo habían cambiado emocionalmente las personas después de atravesar una experiencia colectiva así.
Porque algunas crisis terminan mucho antes en los datos que en las personas.
Y puede que todavía estemos aprendiendo algo que no habíamos entendido del todo: que la salud emocional de una sociedad también deja consecuencias laborales, culturales y humanas que permanecen bastante más tiempo del que imaginamos.
Elena Gil Ortega
Directora de RRHH Hozono Global Grupo Corporativo
Cátedra de la Mujer Empresaria y Directiva