Entro cada día en casa de mi padre para comer con él y, en estas últimas fechas, me confiesa su fatiga. “No paran de hablar del virus del barco”, me dice, mientras señala con la cabeza la televisión, que en esos momentos suele estar aparcada en la emisión de un concurso que mantiene la cabeza libre de humos. Tiene toda la razón. No hay manera de evitar la zozobra de navegar entre las dudas de unos y las certezas de otros. Los primeros quieren transmitir un sosiego que la ciencia no es capaz de garantizar porque su territorio natural es un arenal de incertidumbres. Los segundos comercian con el miedo, una de las grandes monedas de curso ilegal desde que la humanidad salió de la cueva. Y ambos quieren captar adeptos, probablemente.
Los primeros, entre los más jóvenes y ajenos, por tanto, a la información tradicional, que sospecho que son los que peor llevan la amenaza de una nueva pandemia, con su correspondiente confinamiento. Y necesitan leer buenas noticias, aferrarse a un tablón de roble para no hundirse otra vez. Los segundos, entre los que ya están asustados y necesitan que todos los demás lo estemos para no acomplejarse. Y en esa disputa, nace el bombardeo, la saturación. El hastío.
Inserto aquí un anuncio publicitario, para no hurgar en la llaga. A mí, en realidad, me habría gustado escribir sobre la normativa de Lorca que impide tender la ropa a la vista de cualquiera. Es curioso, porque lo que para algunos es el caos, para mí es la vida. Que, probablemente, es lo mismo. Recuerdo una visita a Lisboa. En los barrios altos de la capital portuguesa las sábanas flameaban en los balcones. Y me parecía una parte de su encanto, porque solo en el sur podemos secar la ropa al sol, solo en el sur podemos conversar con los vecinos de balcón a balcón, solo en el sur podemos demostrar que estamos vivos a la luz blanca del Mediterráneo, una mañana de marzo. La ropa tendida es el síntoma de un pueblo vivo, capaz de despejar sus preocupaciones en una terraza bajo un tendal de ropa de cama y manteles a cuadros, frente a un horizonte que se recorta de vez en cuando con la silueta de un barco que procede del confín del mundo.
Fin del anuncio. Vuelve por tanto la realidad a imponerse en todo tipo de programas de televisión, en todo tipo de emisoras de radio, en todo tipo de periódicos impresos o no. En todas las redes sociales. El virus y su amenaza o su definitiva desaparición de los titulares. Para distraernos, hablo con mi padre de otras cosas. Del nuevo campeonato de liga del Barça, por ejemplo. De la lista de la compra pendiente. Hasta de trámites engorrosos, si sirven para escapar del peso de la actualidad. Y entre tanto, a mí se me va la cabeza detrás del itinerario del barco, que sale de la frontera más fría del planeta y recala en islas atlánticas de difícil acceso. Un crucero con escala en Santa Elena, qué barbaridad. Y entonces me doy cuenta de que me habría encantado embarcarme en una travesía como esa. Por lo cual necesito quitarme cualquier miedo de encima, desembarazarme de la fatiga del día a día. Escapar de las certezas que solo sirven para amenazar. Y me sitúo, sin duda, en el bando de las dudas.
@Faroimpostor