CASTELLÓ. Esta España mía —tan mía como la de esos que dicen que es solo de ellos— todavía tiene alma. Tiene alma y corazón. La tragedia del choque de alta velocidad entre Los Yébenes y Urda ha puesto de manifiesto la talla moral de un país que se agiganta cuando vienen mal dadas, muy por encima de los miserables de peor catadura que solo buscan rédito entre los escombros. Ante el espanto, la retórica sobra: solo cuentan los nombres propios y los brazos tendidos.
Cuenta Antonio Acedo, el maquinista del tren que, sintiendo en la nuca el aliento helado de la parca, tuvo el cuajo y los arrestos de clavar el freno de emergencia para evitar una carnicería aún mayor. Cuenta Eduardo que, junto a dos peones de su finca, no lo pensó dos veces: tenazas en mano, rajó las alambradas del trazado para abrir una gatera de escape a los pasajeros aturdidos. Cuenta el vecino de Urda que transformó su coche particular en una ambulancia para hacer cuarenta viajes al centro de salud; y ese padre y su hijo que, tras saltar del vagón, pellizcarse y verse enteros, se dieron la vuelta hacia los hierros retorcidos para sacar a quienes no podían valerse por sí mismos.
Cuentan los cuarenta hinchas del Rayo Vallecano que mandaron frenar en seco su autobús en plena carretera para lanzarse a socorrer víctimas; los docentes que aparcaron pancartas y huelgas para colapsar los centros de transfusión ante la escasez de plasma; y los agricultores que metieron sus tractores en el barrizal para que sus faros abrieran paso a las camillas.
Cuentan los taxistas y conductores de autobús comarcales que apagaron los taxímetros para convertirse en lanzaderas de auxilio; las familias del pueblo que abrieron sus casas de par en par, ofreciendo sopa caliente, un sofá y una manta limpia a los viajeros ilesos que deambulaban en shock; y esa red silenciosa de psicólogos y traductores improvisados que se quedaron a pie de vía, templando los ataques de pánico y prestando su voz a los extranjeros que no acertaban a explicar dónde les dolía.
Y cuentan, por descontado, la Guardia Civil, la Policía Nacional, la UME, los sanitarios, los bomberos, el personal de Renfe y Adif, y las administraciones que, por una vez y sin importar el color de la papeleta, están remando juntas en la misma orilla.
Dicen que este país vive roto. Mentira. Cuando el suelo tiembla y las vías se quiebran, no fallan los de siempre: la gente común que, sin pedir carnet ni recompensa, vuelve a coser a España con el hilo de su propia decencia. Mi tierra, España, es un gran país. Tiene alma y corazón. Solo sobran los miserables.
Carlos Laguna, periodista y activista social de Castelló.